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domingo, 10 de junio de 2018

Sobre el desenmascaramiento, lacl / GUARIDA MUSICAL: L´OPERA IMAGINAIRE




La escritura se presenta, en innumerables ocasiones, como una máscara. Esa es una de las potestades de la escritura y tiene un sinfín de razones. Una de las principales, a mi modo de ver, es la de que permite enunciar asuntos que no se pueden decir de frente, a veces por razones meramente estilísticas o porque la sombra interior es tanto o más fuerte que la luz irradiada por el sol, pero hay casos en que es una fuerza imperante y exterior a la persona que escribe lo que impide la llana expresión de ciertos asuntos. Fuerzas tales que son capaces de inducir a una persona la creación de nuevos géneros, como aquel “Género del silencio” del que hablara en su momento Isaak Babel…

Como creo que puede verse, el texto que agrego debajo con el título de “Introito antipoético” acaso nació, más bien, como un desenmascaramiento.

Obedeció a una hartura: la de llevar en la piel por tantos años el traje del camaleón. Y, sobre todo, la de aceptar el vivir o convivir poético como algo que no es un pecado ni un estigma, como se pretende en ciertos medios para los que aquello que no tiene una utilidad práctica en la vida, no tiene tampoco derecho de existir o coexistir en nuestras vidas.

No es un pecado hacer del ars poética un ars vivendi, pero tampoco es un estado en el que una persona se coloque a una altura distinta del resto de los seres mortales. Es, simplemente, una condición tan terrena como el hecho innegable de que la tierra está en el cielo. Y todo ser humano porta en su fuero interior tal condición, todos estamos tocados, todos signados, para bien o para mal, por el toque de la poesía; algunos para vivirla (que es lo más importante) y otros para vivirla y cantarla y, si se quiere, echar un capote con ello para que otros puedan vivirla.

Pero sucede que, por regla general, el hombre no ve ni escucha al ángel o al duende, al hada o la diosa que viven cantando o musitando visiones y sonoridades detrás de los pabellones de sus orejas. 

Dicho esto, debo decir que comulgo con el sentir de Ezra Pound cuando dijo que "…siempre hay alguna razón por la cual el hombre permanece más digno de ser conocido que sus libros…"

Tomo ese introito de un cuaderno inédito que lleva por título Toma luz, toda la noche. Es un preámbulo algo impensado para mí mismo, dada la tesitura de mi ser y la manera en que siempre me he “enfrentado” a lo público. Me encanta la camaradería, soy sumamente gregario, pero me aterra la pérdida de soledad e intimidad.  Como escribiera alguna vez en un viejo adagio: “…Soy un solitario que se deleita en lo gregario…”

Salud!
lacl

P. S. Antepongo el epígrafe de ese cuaderno, por puro amor filial…

A mi hijo Sebastián,
por la vocación que yace
en el mirar...


  
Introito antipoético


Yo soy poeta.


Me importa un comino todo lo demás.

Soy un poeta solitario.

He tenido que aceptarlo, a mi pesar
y a pesar de los demás.
Soy un miserable poeta, un maldito;
no un poeta maldito,
ni alguien que añora ampararse
bajo la figura romanticona, mítica o Narcisa
de alguien juega a ser el poeta
o el elegido,
sino un hombre como cualquiera,
         que padece el arrobamiento
del extraño mundo que inventaron
otros hombres como yo;
un hombre que tan solo querría vivir
cantando a cántaros, hacia sus adentros,
buscando, sin prisas, armonizar con la voz
que brota del fondo de sí mismo
y desde más allá;
esa voz arcaica y lejana que se solaza y se besa
con cada esquina del cielo
y nos canta los padeceres
y el ritmo de un mundo
que, en fin de cuentas, no fue inventado
por hombre alguno.

Yo soy poeta.

He tenido que admitirlo.

No soy un buen poeta o un mal poeta,
no es eso lo que busco o me desvela
-ni literaria ni estilísticamente hablando-
pues, no se elige ser poeta;
sólo soy un hombre que vive en secreto,
delirando a sottovoce,
a espaldas del organigrama de vida que predica
el invento de mundo en que existo.

Soy poeta
a pesar de mis intentos sobrehumanos
-como los de un tozudo Sísifo-
por acoplarme a la miseria de orden
que se me exige exhibir como las plumas de un Pavo Real,
para luego poder demostrar en el circo
que cumplo con las metas
de un arduo oficio sin sentido
que no genera bien a nadie;
ocupación más absurda aún
que el pírrico esfuerzo de un Sísifo.

Soy poeta a pesar de mí mismo,
un hombre que vive en la noche,
sigilosamente contemplando
las visitas de la luna desde su cama
o devanando, en la barra de un bar
y ante la vista de cualquiera,
el hilo con el que habrá de coser las telas
de la angustia y la serena esperanza.

Yo soy poeta.
Nunca se lo dije a nadie,
ni tampoco se lo he aceptado a nadie,
porque la poesía, su descubrimiento,
es, acaso, lo único sagrado
que haya vivido en mi vida,
amén de los naturales dones
que nos sirve la vida misma.
Porque la poesía, su revelación,
está en la vida misma: tan cercana,
tan a flor de piel, tan parecida al asombro
y tan pocas veces convocada;
qué perogrullada decir esto, pero es así,
ella es la única religión
que no clama por golpes de pecho,
mi único culto posible,
tan vivido y padecido, como para andar por allí
mancillándolo con reiterativas y egóticas arengas,
que no son sino una grosera e imperdonable
falta de respeto hacia la madre de todas las cosas
y hacia nosotros mismos, sus engreídos bastardos.

Pero hoy me encuentro agotado
de tanta doble mentira
y de trajear, por tanto tiempo
tan solemne vestimenta.
Y hoy quiero decir
(confesar, sería la palabra justa),
por una vez,
que soy poeta,
muy a mi pesar
y a pesar de los demás.
Y que hoy estoy más huérfano que nunca.



Caracas, a pleno sol del seis de diciembre de 1996.


GUARIDA MUSICAL 
L´OPERA IMAGINAIRE 






Todas las fotos han sido captadas por nuestros lentes. Salud,. lacl

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