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sábado, 24 de julio de 2021

Guarida de los poetas: Últimos días de una casa. Dulce María Loynaz. / Galería de la memoria, hermoso registro audiovisual

 © lacl 



Últimos días de una casa. Dulce María Loynaz

 

A mi más hermana que prima,

Nena A. de Echeverría



No sé por qué se ha hecho desde hace tantos días

este extraño silencio:

silencio sin perfiles, sin aristas,

que me penetra como un agua sorda.

Como marea en vilo por la luna,

el silencio me cubre lentamente.


Me siento sumergida en él, pegada

su baba a mis paredes;

y nada puedo hacer para arrancármelo,

para salir a flote y respirar

de nuevo el aire vivo,

lleno de sol, de polen, de zumbidos.


Nadie puede decir

que he sido yo una casa silenciosa;

por el contrario, a muchos muchas veces

rasgué la seda pálida del sueño

-el nocturno capullo en que se envuelven-,

con mi piano crecido en la alta noche,

las risas y los cantos de los jóvenes

y aquella efervescencia de la vida

que ha borbotado siempre en mis ventanas

como en los ojos de

las mujeres enamoradas.


No me han faltado, claro está, días en blanco.

Sí, días sin palabras que decir

en que hasta el leve roce de una hoja

pudo sonar mil veces aumentado

con una resonancia de tambores.

Pero el silencio era distinto entonces:

era un silencio con sabor humano.


Quiero decir que provenía de "ellos",

los que dentro de mí partían el pan;

de ellos o de algo suyo, como la propia ausencia,

una ausencia cargada de regresos,

porque pese a sus pies, yendo y viniendo,

yo los sentía siempre

unidos a mí por alguna

cuerda invisible,

íntimamente maternal, nutricia.


Y es que el hombre, aunque no lo sepa,

unido está a su casa poco menos

que el molusco a su concha.

No se quiebra esta unión sin que algo muera

en la casa, en el hombre... O en los dos.


Decía que he tenido

también mis días silenciosos:

era cuando los míos marchaban de viaje,

y cuando no marcharon también... Aquel verano

-¡cómo lo he recordado siempre!-

en que se nos murió

la mayor de las niñas de difteria.


Ya no se mueren niños de difteria;

pero en mi tiempo -bien lo sé...-

algunos se morían todavía.

Acaso Ana María fue la última,

con su pelito rubio y aquel nido

de ruiseñores lentamente desmigajado en su garganta...


Esto pasó en mi tiempo; ya no pasa.

Puedo hablar de mi tiempo melancólicamente,

como las personas que empiezan

a envejecer, pues en verdad

soy ya una casa vieja.


Soy una casa vieja, lo comprendo.

Poco a poco -sumida en estupor-

he visto desaparecer

a casi todas mis hermanas,

y en su lugar alzarse a las intrusas,

poderosos los flancos,

alta y desafiadora la cerviz.


Una a una, a su turno,

ellas me han ido rodeando

a manera de ejército victorioso que invade

los antiguos espacios de verdura,

desencaja los árboles, las verjas,

pisotea las flores.


Es triste confesarlo,

pero me siento ya su prisionera,

extranjera en mi propio reino,

desposeída de los bienes que siempre fueron míos.

No hay para mí camino que no tropiece con sus muros;

no hay cielo que sus muros no recorten.


Haciendo de él, botín de guerra,

las nuevas estructuras se han repartido mi paisaje:

del sol apenas me dejaron

una ración minúscula,

y desde que llegara la primera

puso en fuga la orquesta de los pájaros.


Cuando me hicieron, yo veía el mar.

Lo veía naturalmente,

cerca de mí, como un amigo;

y nos saludábamos todas

las mañanas de Dios al salir juntos

de la noche, que entonces

era la única que conseguía

poner entre él y yo su cuerpo alígero,

palpitante de lunas y rocíos.


Y aun a través de ella, yo sabía

adivinar el mar;

puedo decir que me lo respiraba

en el relente azul, y que seguía

teniéndolo, durmiendo al lado suyo

como la esposa al lado del esposo.


Ahora, hace ya mucho tiempo

que he perdido también el mar.

Perdí su compañía, su presencia,

su olor, que era distinto al de las flores,

y acaso percibía sólo yo.


Perdí hasta su memoria. No recuerdo

por dónde el sol se le ponía.

No acierto si era malva o era púrpura

el tinte de sus aguas vesperales,

ni si alciones de plata le volaban

sobre la cresta de sus olas... No recuerdo, no sé...

Yo, que le deshojaba los crepúsculos,

igual que pétalos de rosas.


Tal vez el mar no exista ya tampoco.

O lo hayan cambiado de lugar.

O de sustancia. Y todo: el mar, el aire,

los jardines, los pájaros,

se haya vuelto también de piedra gris,

de cemento sin nombre.


Cemento perforado.

El mundo se nos hace de cemento.

Cemento perforado es una casa.

Y el mundo es ya pequeño, sin que nadie lo entienda,

para hombres que viven, sin embargo,

en aquellos sus mínimos taladros,

hechos con arte que se llama nueva,

pero que yo olvidé de puro vieja,

cuando la abeja fabricaba miel

y el hormiguero, huérfano de sol,

me horadaba el jardín.


Ni aun para morirse

espacio hay en esas casas nuevas;

y si alguien muere, todos tienen prisa

por sacarlo y llevarlo a otras mansiones

labradas sólo para eso:

acomodar los muertos

de cada día.


Tampoco nadie nace en ellas.

No diré que el espacio ande por medio;

mas lo cierto es que hay casas de nacer,

al igual que recintos destinados

a recibir la muerte colectiva.


Esto me hace pensar con la nostalgia

que le aprendí a los hombres mismos,

que en lo adelante

no se verá ninguna de nosotras

-como se vieron tantas en mi época-

condecoradas con la noble tarja

de mármol o de bronce,

cáliz de nuestra voz diciendo al mundo

que nos naciera allí un tribuno antiguo,

un sabio con el alma y la barba de armiño,

un héroe amado de los dioses.


No fui yo ciertamente

de aquellas que alcanzaron tal honor,

porque las gentes que yo vi nacer

en verdad fueron siempre demasiado felices;

y ya se sabe, no es posible

serlo tanto y ser también otras

hermosas cosas.


Sin embargo, recuerdo

que cuando sucedió lo de la niña,

el padre se escondía

para llorar y escribir versos...

Serían versos sin rigor de talla,

cuajados sólo para darle

caminos a la pena...


Por cierto que la otra

mañana, cuando

sacaron el bargueño grande,

volcando las gavetas por el suelo,

me pareció verlos volar

con las facturas viejas

y los retratos de parientes

desconocidos y difuntos.


Me pareció. No estoy segura.

Y pienso ahora, porque es de pensar,

en esa extraña fuga de los muebles:

el sofá de los novios, el piano de la abuela

y el gran espejo con dorado marco

donde los viejos se miraron jóvenes,

guardando todavía sus imágenes

bajo un formol de luces melancólicas.


No ha sido simplemente un trasiego de muebles.

Otras veces también se los llevaron

-nunca el piano, el espejo-,

pero era sólo por cambiar aquéllos

por otros más modernos y lujosos.

Ahora han sido todos arrasados

de sus huecos, los huecos donde algunos

habían echado ya raíces...

Y digo esto por lo que dolieron

los últimos tirones;

y por las manchas como sajaduras

que dejaron en suelo y en paredes.

Son manchas que persisten y afectan vagamente

las formas desaparecidas,

y me quedan igual que cicatrices

regadas por el cuerpo.


Todo esto es muy raro. Cae la noche

y yo empiezo a sentir no sé qué miedo:

miedo de este silencio, de esta calma,

de estos papeles viejos que la brisa

remueve vanamente en el jardín.


Otro día ha pasado y nadie se me acerca.

Me siento ya una casa enferma,

una casa leprosa.

Es necesario que alguien venga

a recoger los mangos que se caen

en el patio y se pierden

sin que nadie les tiente la dulzura.

Es necesario que alguien venga

a cerrar la ventana

del comedor, que se ha quedado abierta,

y anoche entraron los murciélagos...

Es necesario que alguien venga

a ordenar, a gritar, a cualquier cosa.


¡Con tanta gente que ha vivido en mí,

y que de pronto se me vayan todos!

Comprenderán que tengo que decir

palabras insensatas.

Es algo que no entiendo todavía,

como no entiende nadie una injusticia

que, más que de los hombres,

fuera injusticia del destino.


Que pase una la vida

guareciendo los sueños de esos hombres,

prestándoles calor, aliento, abrigo;

que sea una la piedra de fundar

posteridad, familia,

y de verla crecer y levantarla,

y ser al mismo tiempo

cimiento, pedestal, arca de alianza...

Y luego no ser más

que un cascarón vacío que se deja,

una ropa sin cuerpo que se cae.


No he de caerme, no, que yo soy fuerte.

En vano me embistieron los ciclones

y me ha roído el tiempo hueso y carne,

y la humedad me ha abierto úlceras verdes.

Con un poco de cal yo me compongo:

con un poco de cal y de ternura...


De eso mismo sería,

de mis adoleceres y remedios,

de lo que hablaba mi señor la tarde

última con aquellos otros

que me medían muros, huerto, patio

y hasta el solar de paz en que me siento.


Y sin embargo, mal sabor de boca

me dejaron los hombres medidores,

y la mujer que vino luego

poniendo precio a mi cancela;

a ella le hubiera preguntado

cuánto valían sus riñones y su lengua.


No han vuelto más, pero tampoco

ha vuelto nadie. El polvo

me empaña los cristales

y no me deja ver si alguien se acerca.

El polvo es malo... Bien hacían

las mujeres que conocí

en aborrecerlo...

Allá lejos

la familiar campana de la iglesia

aún me hace compañía,

y en este mediodía, sin relojes, sin tiempo,

acaban de sonar lentamente las tres...


Las tres era la hora en que la madre

se sentaba a coser con las muchachas

y pasaban refrescos en bandejas; la hora

del rosicler de las sandías,

escarchado de azúcar y de nieve,

y del sueño cosido a los holanes...


Las tres era la hora en que...

¡La puerta!

¡La puerta que ha crujido abajo!

¡La están abriendo, sí!... La abrieron ya.

Pisadas en tropel avanzan, suben...

¡Ellos han vuelto al fin! Yo lo sabía;

yo no he dejado un día de esperarlos...

¡Ay frutas que granan en mis frutales!

¡Ay campana que suenas otra vez

la hora de mi dicha!

La hora de mi dicha no ha durado

una hora siquiera.


Ellos vinieron, sí... Ayer vinieron.

Pero se fueron pronto.

Buscaban algo que no hallaron.

¿Y qué se puede hallar en una casa

vacía sino el ansia de no serlo

más tiempo? ¿Y qué perdían

ellos en mí que no fuera yo misma?

Pero teniéndome, seguían buscando...


Después, la más pequeña fue al jardín

y me arrancó el rosal de enredadera;

se lo llevó con ella no sé adónde.

Mi dueño antes de irse,

volvióse en el umbral para mirarme,

y me miró pausada, largamente,

como los hombres miran a sus muertos,

a través de un cristal inexorable...


Pero no había entre él y yo

cristal alguno ni yo estaba muerta,

sino gozosa de sentir su aliento,

el aprendido musgo de su mano.

Y no entendía, porque me miraba

con pañuelos de adioses contenidos,

con anticipaciones de gusanos,

con ojos de remordimiento.


Se fueron ya. Tal vez vuelvan mañana.

Y tal vez a quedarse, como antes...

Si la ausencia va en serio, si no vienen

hasta mucho más tarde,

se me va a hacer muy largo este verano,

muy largo con la lluvia y los mosquitos

y el aguafuerte de sus días ácidos.

Pero por mucho que demoren,

para diciembre al fin regresarán,

porque la Nochebuena se pasa siempre en casa.


El que nació sin casa ha hecho que nosotras,

las buenas casas de la tierra,

tengamos nuestra noche de gloria en esa noche;

la noche suya es, pues, la noche nuestra:

nocturno de belenes y alfajores,

villancico de anémonas,

cantar de la inocencia

recuperada...


De esperarla se alegra el corazón,

y de esperar en ella lo que espera.

De Nochebuenas creo

que podría ensartarme yo un rosario

como el de las abuelas

reunidas al amor de mis veladas,

y como ellas, repasar sus cuentas

en estos días tristes,

empezando por la primera

en que jugaron los recién casados,

que estrenaban el hueco de mis alas

a ser padres de todos los chiquillos

de los alrededores...

¡Qué fiesta de patines y de aros,

de pelotas azules y muñecas

en cajas de cartón!

¡Y qué luz en las caras mal lavadas

de los chiquillos,

y en la de Él y la de Ella, adivinando,

olfateando por el aire el suyo!


Cuenta por cuenta, llegaría

sin darme cuenta a la del año

1910, que fue muy triste,

porque sobraban los juguetes

y nos faltaba la pequeña...

Así mismo: al revés de tantas veces,

en que son los juguetes los que faltan;

aunque en verdad los niños nunca sobren...


¡Pero vinieron otros niños luego!

Y los niños crecieron y trajeron

más niños... Y la vida era así: un renuevo

de vidas, una noria de ilusiones.

Y yo era el círculo en que se movía,

el cauce de su cálido fluir,

la orilla cierta de sus aguas.


Yo era... Pero yo soy todavía.

En mi regazo caben siete hornadas

más de hombres, siete cosechas,

siete vendimias de sus inquietudes.

Yo no me canso. Ellos sí se cansan.

Yo soy toda a lo largo y a lo ancho.


Mi vida entera puede pasar por el rosario,

pues aunque ha sido ciertamente

una vida muy larga,

me fue dado vivirla sin premuras,

hacerla fina como un hilo de agua.


Y llegaría así a la Nochebuena

del año que pasó. No fue de las mejores.

Tal vez el vino

se derramó en la mesa. O el salero...

Tal vez esta tristeza, que pronto habría de ser

el único sabor de mi sal y mi vino,

ya estaba en cada uno sin saberlo,

como en vientre de nube el agua por caer.


Ahora la tristeza es sólo mía,

al modo de un amor

que no se comparte con nadie.

Si era lluvia, cayó sobre mis lomos;

si era nube, prendida está a mis huesos.

Y no es preciso repetirlo mucho:

por más que no conozca todavía

su nombre ni su rostro,

es la cosa más mía que he tenido

-yo que he tenido tanto-... La tristeza.


¿Y de qué hablaba aquí? Resbalo

en mis propios recuerdos... La memoria

empieza a diluirse en las cosas recientes;

y recental reacio a hierba nueva,

se me apega con gozo

a las sabrosas ubres del pasado.


Pero de todos modos,

he de decir en este alto

que hago en el camino de mi sangre,

que esto que estoy contando no es un cuento;

es una historia limpia, que es mi historia:

es una vida honrada que he vivido,

un estilo que el mundo va perdiendo.


A perder y a ganar hecho está el mundo,

y yo también cuando la vida quiera;

pero lo que yo he sido, gane o pierda,

es la piedra lanzada por el aire,

que la misma mano que la

lanzó no alcanza a detenerla,

y sola ha de cortar el aire hasta que caiga.


Lo que yo he sido está en el aire,

como vuelo de piedra, si no alcancé a paloma.

En el aire, que siendo nada,

es vida de los hombres; y también en la Epístola

que puede desposarlos ante Dios,

y me ofrece de espejo a la casada

por mi clausura de ciprés y nardo.


La Casa, soy la Casa.

Más que piedra y vallado,

más que sombra y que tierra,

más que techo y que muro,

porque soy todo eso, y soy con alma.

Decir tanto no pueden ni los hombres

flojos de cuerpo,

bien que imaginen ellos que el alma es patrimonio

particular de su heredad.

Será como ellos dicen; pero la mía es mía sola.

Y, sin embargo, pienso ahora

que ella tal vez me vino de ellos mismos,

por haberme y vivirme tanto tiempo,

o por estar yo siempre tan cerca de sus almas.

Tal vez yo tenga un alma por contagio.


Y entonces, digo yo: ¿Será posible

que no sientan los hombres el alma que me han dado?

¿Que no la reconozcan junto a ella,

que no vuelvan el rostro si los llama,

y siendo cosa suya les sea cosa ajena?


Amanecemos otra vez.

Un día nuevo, que será

igual que todos.

O no será, tal vez... La vida es siempre

puerta cerrada tercamente

a nuestra angustia.


Día nuevo. Hombres nuevos se me acercan.

La calle tiene olor de madrugada,

que es un olor antiguo de neblina,

y mujeres colando café por las ventanas;

un olor de humo fresco

que viene de cocinas y de fábricas.

Es un olor antiguo, y sin embargo,

se me ha hecho de pronto duro, ajeno.


Súbitamente se ha esparcido por mi jardín,

venida de no sé dónde,

una extraña y espesa

nube de hombres.

Y todos burbujean como hormigas,

y todos son como una sola mancha

sobre el trémulo verde...


¿Qué quieren esos hombres con sus torsos desnudos

y sus picas en alto?

El más joven ya viene a mí...

Alcanzo a ver sus ojos azules e inocentes,

que así, de lejos, se me han parecido

a los de nuestra Ana María,

ya tan lejanamente muerta...


Y no sé por qué vuelvo a recordarla ahora.

Bueno, será por esos ojos,

que me miran más cerca ya, más fijos...

Ojos de un hombre como los demás,

que, sin embargo, puede ser en cualquier instante

el instrumento del destino.

Está ya frente a mí.

Una canción le juega entre los labios;

con el brazo velludo

enjúgase el sudor de la frente. Suspira...

La mañana es tan dulce,

el mundo todo tan hermoso,

que quisiera decírselo a este hombre;

decirle que un minuto se volviera

a ver lo que no ve por estarme mirando.

Pero no, no me mira ya tampoco.

No mira nada, blande el hierro...

¡Ay los ojos!...


He dormido y despierto... O no despierto

y es todavía el sueño lacerante,

la angustia sin orillas y la muerte a pedazos.

He dormido y despiértome al revés,

del otro lado de la pesadilla,

donde la pesadilla es ya inmutable,

inconmovible realidad.


He dormido y despierto. ¿Quién despierta?

Me siento despegada de mí misma,

embebida por un

espejo cóncavo y monstruoso.

Me siento sin sentirme y sin saberme,

entrañas removidas, desgonzado esqueleto,

tundido el otro sueño que soñaba.


Algo hormiguea sobre mí,

algo me duele terriblemente,

y no sé dónde.

¿Qué buitres picotean mi cabeza?

¿De qué fiera el colmillo que me clavan?

¿Qué pez luna se hunde en mi costado?


¡Ahora es que trago la verdad de golpe!

¡Son los hombres, los hombres,

los que me hieren con sus armas!

Los hombres de quienes fui madre

sin ley de sangre, esposa sin hartura

de carne, hermana sin hermanos,

hija sin rebeldía.


Los hombres son y sólo ellos,

los de mejor arcilla que la mía,

cuya codicia pudo más

que la necesidad de retenerme.

Y fui vendida al fin,

porque llegué a valer tanto en sus cuentas,

que no valía nada en su ternura...

Y si no valgo en ella, nada valgo...

Y es hora de morir.


(Dulce María Loynaz, 1958)


Galería de la memoria, hermoso registro audiovisual 




© [Luis Alejandro Contreras Loynaz/LetrasContraLetras - contracorrientes]. Todos los derechos reservados. Fecha de creación del blog: 2007. ©

Robert Graves. La Canción de Amergin. The song of Amergin. / Galería de Orfeo, colecta audiovisual. / Galería de la imagen

© lacl 


Uno de los primeros deslumbres que me sobrevinieron al abrir las páginas de ese maravilloso libro que se intitula LA DIOSA BLANCA,  de Robert Graves, fue cuando me tocó leer este compendio de magia que es el poema o Canción  de Amergin. Me hizo recordar de inmediato al mago Merlín y lo que sobre él nos cuenta Walter Muschg en la HISTORIA TRÁGICA DE LA LITERATURA. Este poema habla de los orígenes mágicos de la poesía; es, a los ojos de un servidor (y a un tiempo mismo) canto mágico y sencillo, oda deslumbrante y cegadora, amén de verso  llano para el lector o, acaso, para el escucha que es, primero y ante todo, cada inopinado lector. 

Sin más acá les dejo con la Canción de Amergin, con unas pocas palabras del propio Graves, a manera de introito.  

¡Salud! 

lacl

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Robert Graves. La Canción de Amergin. 

La educación poética inglesa debería comenzar, en realidad, no con los Cuentos de Canterbury, ni con la Odisea, ni siquiera con el Génesis, sino con la "Canción de Amergin", un antiguo calendario- alfabeto Celta, formado con diversas variaciones irlandesas y galesas deliberadamente escogidas y que resume brevemente el primer mito poético.  He intentado restaurar el texto como sigue:

Soy un venado: de siete púas,

soy una creciente: a través de un llano,

soy un viento: en un lago profundo, 

soy una lágrima: que el Sol deja caer,

soy un gavilán: sobre el acantilado,

soy una espina: bajo la uña,

soy un prodigio: entre flores,

soy un mago: ¿quién sino yo

inflama la cabeza fría con humo?

Soy una lanza: que anhela la sangre,

soy un salmón: en un estanque,

soy un señuelo: del paraíso, 

soy una colina: por donde andan los poetas,

soy un jabalí: despiadado y rojo,

soy un quebrantador: que amenaza la ruina, 

soy una marea: que arrastra hacia la muerte,

soy un infante: ¿quién sino yo

atisba desde el arco no labrado del dolmen?

Soy el matriz: de todo los bosques,

soy el fuego: en todas las colinas,

soy la reina: de todas las colmenas,

soy el escudo: de todas las cabezas,

soy la tumba: de todas las esperanzas.


La Diosa Blanca de Robert Graves fue publicado en dos tomos por Alianza Editorial. 


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The song of Amergin.


I am a stag: of seven tines,

I am a flood: across a plain,

I am a wind: on a deep lake,

I am a tear: the Sun lets fall,

I am a hawk: above the cliff,

I am a thorn: beneath the nail,

I am a wonder: among flowers,

I am a wizard: who but I

Sets the cool head aflame with smoke?

I am a spear: that roars for blood,

I am a salmon: in a pool,

I am a lure: from paradise,

I am a hill: where poets walk,

I am a boar: ruthless and red,

I am a breaker: threatening doom,

I am a tide: that drags to death,

I am an infant: who but I

Peeps from the unhewn dolmen, arch?

I am the womb: of every holt,

I am the blaze: on every hill,

I am the queen: of every hive,

I am the shield: for every head,

I am the tomb: of every hope.


Song of Amergin translated by Robert Graves, from The White Goddess, Faber and Faber Limited, 24 Russell Square London WC1. It appears here under the principle of Fair Use.

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Galería de Orfeo. 

Colecta audiovisual. 





Otro enlace recomendable de la CANCIÓN DE AMERGIN:

https://youtu.be/YGBWdEnN3fg?si=dXluMBvsD2_qsZkZ

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Galería de imágenes.








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Libros de citas. Borges y sus amigos. / Entrevistas: Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges / Estampas.

 © lact


Uno de mis primeros acercamientos a Jorge Luis Borges fue a través de un libro acrisolado en donde se atesoraban maravillas; es una recopilación en la que, en colaboración con Adolfo Bioy Casares, se nos entregaban maravillas de la imaginación. Me refiero al libro "Cuentos breves y extraordinarios"; ese libro lo pude adquirir siendo yo muy joven y lo apreciaba grandemente. 
Lo perdí por caer en un error que siempre recomiendan evitar: presté ese libro y nunca más lo volví a ver, hasta que un día, hurgando en una librería de remates, me lo topé de nuevo frente a mí y lo tomé como quien estaba robándose un tesoro. 
Estos trabajos en colaboración con sus amigos no son algo menor entre la obra de Borges, pues la verdad es que ha alimentado el mundo mítico del lector con estas colaboraciones. No son pocas las horas en que me he deleitado entre esas páginas. Dejamos acá una pequeña muestra.
Y más abajo agregamos un par de entrevistas, una con Bioy Casares y otra con Borges, amén de algunas estampas.  
¡Salud!
lacl

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El poeta es un amanuense o instrumento casual para el poema que se escribe. 

Jorge Luis Borges.

Cortínez, 1967. Ediciones Siruela. La biblioteca de Babel. 

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Chuang Tzu soñó que era una mariposa y no sabía al despertar si era un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que ahora soñaba ser un   hombre. 

Herbert Allen Giles,  Chuang Tzu, 1889.

Fuentes: 

Cuentos breves y extraordinarios. Compiladores: Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. Editorial Losada. 1976.

Libro de los sueños, Jorge Luis Borges. Biblioteca Borges. Alianza editorial. 2001. 

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El Ming Tang era un edificio mágico, que aseguraba poder sobre el universo y tenía su forma. Según los libros antiguos debía ser una choza con el techo de paja. La emperatriz Wu Hou no se resignó a tanta humildad y levantó un  Ming Tang enorme y  suntuoso que desagradó al cielo. 


Arthur Walley, Li Po. 

Cuentos breves y  extraordinarios, Editorial Losada. Biblioteca clásica y contemporánea, 1976.


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POST MORTEM


En el paraíso nos atenderían las huríes,  vírgenes de ojos como estrellas, de inmarcesible virginidad que renace bajo los besos y de saliva tan suave que sí una gota cayera en los océanos toda el agua endulzaría. 


Du Ryère, Le Coran  (Amsterdam, 1770).


Libro del cielo y del infierno.

Selección de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares.

Emecé Editores. 1999.


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SALA DOCUMENTAL

 Entrevistas












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jueves, 22 de julio de 2021

LA FLOR DE COLERIDGE, Jorge Luis Borges. / Jessye Norman. You'll never walk alone / Panis Angelicus

 © lacl 


"La flor de Coleridge" es uno de los ensayos más hermosos y acrisolados que haya escrito Borges, entre los muchos que de esa calidad escribió. En él propone una tesis que a mí me sedujo desde niño: aquella que nos es susurrada por los efluvios de madre Natura, la cual nos induce a pensar que uno forma parte del todo y que todo o todos somos uno. 

Con los años, a medida que iba creciendo y  tomando los, por llamarlos de algún modo,  derroteros del gusto, comencé a amar la palabra, la letra, el verbo, sea en forma escrita o dicha e, incluso, cantada, y vine a pensar o, más bien, a presentir que esa palabra no es de nadie y es de todos, tal como lo planteara en un breve texto de septiembre de 2007, publicado en este blog, el cual se refiere a un poema anónimo titulado Demonio de la colina del tigre, un poema que fue hallado en una inscripción del siglo VIII, Dinastía Tang China, y que tradujera el poeta Octavio Paz en sus Versiones y diversiones...

Sin más acá dejamos esa flor de Coleridge, de la mano de Borges...

¡Salud!

lacl



LA FLOR DE COLERIDGE, Jorge Luis Borges.

Hacia 1938, Paul Valéry escribió: “La Historia de la literatura no debería ser la historia de los autores y de los accidentes de su carrera o de la carrera de sus obras sino la Historia del Espíritu como productor o consumidor de literatura. Esa historia podría llevarse a término sin mencionar un solo escritor.” No era la primera vez que el Espíritu formulaba esa observación; en 1844, en el pueblo de Concord, otro de sus amanuenses había anotado: “Diríase que una sola persona ha redactado cuantos libros hay en el mundo; tal unidad central hay en ellos que es innegable que son obra de un solo caballero omnisciente” (Emerson: Essays, 2, VIII). Veinte años antes, Shelley dictaminó que todos los poemas del pasado, del presente y del porvenir, son episodios o fragmentos de un solo poema infinito, erigido por todos los poetas del orbe (A Defence of Poetry, 1821).

Esas consideraciones (implícitas, desde luego, en el panteísmo) permitirían un inacabable debate; yo, ahora, las invoco para ejecutar un modesto propósito: la historia de la evolución de una idea, a través de los textos heterogéneos de tres autores. El primer texto es una nota de Coleridge; ignoro si éste la escribió a fines del siglo XVIII, o a principios del XIX. Dice, literalmente:

“Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿entonces, qué?”.

No sé qué opinará mi lector de esa imaginación; yo la juzgo perfecta. Usarla como base de otras invenciones felices, parece previamente imposible; tiene la integridad y la unidad de un terminus ad quem, de una meta. Claro está que lo es; en el orden de la literatura, como en los otros, no hay acto que no sea coronación de una infinita serie de causas y manantial de una infinita serie de efectos. Detrás de la invención de Coleridge está la general y antigua invención de las generaciones de amantes que pidieron como prenda una flor.

El segundo texto que alegaré es una novela que Wells bosquejó en 1887 y reescribió siete años después, en el verano de 1894. La primera versión se tituló The Chronic Argonauts (en este título abolido, chronic tiene el valor etimológico de temporal); la definitiva, The Time Machine. Wells, en esa novela, continúa y reforma una antiquísima tradición literaria: la previsión de hechos futuros. Isaías ve la desolación de Babilonia y la restauración de Israel; Eneas, el destino militar de su posteridad, los romanos; la profetisa de la Edda Saemundi, la vuelta de los dioses que, después de la cíclica batalla en que nuestra tierra perecerá, descubrirán, tiradas en el pasto de una nueva pradera, las piezas de ajedrez con que antes jugaron… El protagonista de Wells, a diferencia de tales espectadores proféticos, viaja físicamente al porvenir. Vuelve rendido, polvoriento y maltrecho; vuelve de una remota humanidad que se ha bifurcado en especies que se odian (los ociosos eloi, que habitan en palacios dilapidados y en ruinosos jardines; los subterráneos y nictálopes morlocks, que se alimentan de los primeros); vuelve con las sienes encanecidas y trae del porvenir una flor marchita. Tal es la segunda versión de la imagen de Coleridge. Más increíble que una flor celestial o que la flor de un sueño es la flor futura, la contradictoria flor cuyos átomos ahora ocupan otros lugares y no se combinaron aún.

La tercera versión que comentaré, la más trabajada, es invención de un escritor harto más complejo que Wells, si bien menos dotado de esas agradables virtudes que es usual llamar clásicas. Me refiero al autor de La humillación de los Northmore, el triste y laberíntico Henry James. Este, al morir, dejó inconclusa una novela de carácter fantástico, The Sense of the Past, que es una variación o elaboración de The Time Machine. (1) El protagonista de Wells viaja al porvenir en un inconcebible vehículo que progresa o retrocede en el tiempo como los otros vehículos en el espacio; el de James regresa al pasado, al siglo XVIII, a fuerza de compenetrarse con esa época. (Los dos procedimientos son imposibles, pero es menos arbitrario el de James.) En The Sense of the Past, el nexo entre lo real y lo imaginativo (entre la actualidad y el pasado) no es una flor, como en las anteriores ficciones; es un retrato que data del siglo XVIII y que misteriosamente representa al protagonista. Éste, fascinado por esa tela, consigue trasladarse a la fecha en que la ejecutaron. Entre las personas que encuentra, figura, necesariamente, el pintor; éste lo pinta con temor y con aversión, pues intuye algo desacostumbrado y anómalo en esas facciones futuras… James, crea, así, un incomparable regressus in infinitum, ya que su héroe, Ralph Pendrel, se traslada al siglo XVIII. La causa es posterior al efecto, el motivo del viaje es una de las consecuencias del viaje. 

Wells, verosímilmente, desconocía el texto de Coleridge; Henry James conocía y admiraba el texto de Wells. Claro está que si es válida la doctrina de que todos los autores son un autor (2) tales hechos son insignificantes. En rigor, no es indispensable ir tan lejos; el panteísta que declara que la pluralidad de los autores es ilusoria, encuentra inesperado apoyo en el clasicista, según el cual esa pluralidad importa muy poco. Para las mentes clásicas, la literatura es lo esencial, no los individuos. George Moore y James Joyce han incorporado en sus obras, páginas y sentencias ajenas; Oscar Wilde solía regalar argumentos para que otros los ejecutaran; ambas conductas, aunque superficialmente contrarias, pueden evidenciar un mismo sentido del arte. Un sentido ecuménico, impersonal… Otro testigo de la unidad profunda del Verbo, otro negador de los límites del sujeto, fue el insigne Ben Jonson, que empeñado en la tarea de formular su testamento literario y los dictámenes propicios o adversos que sus contemporáneos le merecían, se redujo a ensamblar fragmentos de Séneca, de Quintiliano, de Justo Lipsio, de Vives, de Erasmo, de Maquiavelo, de Bacon y de los dos Escalígeros.

Una observación última. Quienes minuciosamente copian a un escritor, lo hacen impersonalmente, lo hacen porque confunden a ese escritor con la literatura, lo hacen porque sospechan que apartarse de él en un punto es apartarse de la razón y de la ortodoxia. Durante muchos años, yo creí que la casi infinita literatura estaba en un hombre. Ese hombre fue Carlyle, fue Johannes Becher, fue Whitman, fue Rafael Cansinos-Asséns, fue De Quincey.

Jorge Luis Borges

(1) No he leído The Sense of the Past, pero conozco el suficiente análisis de Stephen Spender, en su obra The Destructive Element (páginas 105-110). James fue amigo de Wells; para su relación puede consultarse el vasto Experiment in Autobiography de éste.  

(2) Al promediar el siglo XVII, el epigramista del panteísmo Angelus Silesius dijo que todos los bienaventurados son uno (Cherubinischer Wandersmann, V, 7) y que todo cristiano debe ser Cristo (op. Cit. V, 9)
















Jessye Norman. You'll never walk alone / Panis Angelicus

Nota: los vídeos que no pueden contemplarse en el blog pueden disfrutarse directamente en la red YouTube.




Haga click en el subrayado que dice MIRAR EN YOUTUBE y podrá disfrutar de este PANIS ANGELICUS maravilloso de la señora Norman...


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sábado, 17 de julio de 2021

LOS POETAS MALDITOS, Paul Verlaine: STÉPHANE MALLARMÉ. / Galería de Orfeo. Verlaine y Mallarmé : su poesía en la música.

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Verlaine

Paul Verlaine escribe una defensa de Stéphane Mallarmé. Y lo hace no apoyándose en sus versos que revolucionaron la poesía moderna en forma y contenido, sino con un soneto sencillo y versos escritos a la manera que imponían los cánones de la época; cánones que sin embargo Mallarmé  zarandearía con "un golpe de dados", aquel ejercicio de la Libertad en el arte de crear, si hacemos valer las redundancias.
Salud!
lacl

LOS POETAS MALDITOS - STÉPHANE MALLARMÉ.

          Paul Verlaine 


No hace mucho tiempo escribimos, en un libro que no se publicará, a propósito del Parnaso contemporáneo y de sus principales redactores:

“Un poeta, y no el menor, pertenecía a este grupo”.

“Vivía entonces en provincias de un empleo de profesor de ingles, pero sostenía con París frecuente correspondencia. Proporcionó al Parnaso versos de una novedad que escandalizó a los periódicos. Preocupado –¡en verdad!– de la belleza, consideraba la claridad como un don secundario, y con tal que su verso fuera numeroso, musical, raro y, cuando era menester, lánguido o excesivo, burlábase de todo por agradar a los delicados, de los cuales él era el más descontentadizo. ¡Cuán hostilmente acogido por la crítica fue ese puro poeta, que permanecerá mientras haya una lengua francesa para atestiguar su gigantesco esfuerzo! ¡Cómo se encarnizó la burla en su “deliberada extravagancia”, según la manera de expresarse asaz indolente de un maestro fatigado, que quizá le hubiera defendido mejor en la época en que era el león, de tan buena dentadura como revuelta melena, del movimiento romántico! En las hojas festivas, “en el seno” de las Revistas graves, en todas partes, o en casi todas, vino a ser moda, tomándolo a chacota, el querer reintegrar al idioma al escritorio cabal, al sentimiento de lo bello al firme artista. De los más influyentes no faltaron majaderos que trataran de loco a aquel hombre. Un síntoma más acabó de honrarle: algunos escritores dignos de este nombre, hicieron la concesión de mezclarse a la incompetente publicidad. Se vio “permanecer estúpidos” a gentes de espíritu y de gustos altivos, maestros de la audacia justa y del gran sentido común –¡ay!– al señor Barbey d’Aurevilly. Irritado por la im-pa-si-bi-li-dad meramente teórica de las Parnasianos (era necesaria UNA consigna ante lo desgalichado por combatir), aquel novelista maravilloso, polemista único, genial ensayista, el primero, sin duda, de nuestros prosistas reconocidos, publicó contra el Parnaso, en el Enano amarillo, una serie de artículos, en los que el ingenio más encarnizado y feroz sólo dejaba paso franco a la crueldad más exquisita; el medalloncito consagrado a Mallarmé fue particularmente bonito, pero de una injusticia tal que a cada uno de nosotros nos irritó más y peor que cualquiera de las afrentas personales. Mas, por otra parte, ¡qué importaban, y qué importan aún esos entuertos de la opinión a Stéphane Mallarmé y a aquellos que le quieren como se le debe querer (o detestar) –inmensamente!” (Viaje de un francés por Francia. –El Parnaso contemporáneo).

Nada hay que modificar en esta apreciación, de hace seis años apenas, y que además podría estar fechada con el día en que leímos por primera vez los versos de Mallarmé.

De entonces a esta parte, el poeta ha podido enriquecer su técnica, hacer más aún cuanto quería; ha permanecido idéntico a sí mismo –¡de ninguna manera estacionario, santo Dios!–, fulgente con una luz graduada –de amanecer a mediodía, de mediodía a siesta– normalmente.

Por eso queremos, esquivando por ahora el fatigar con nuestra prosa a nuestro corto público, ponerle ante los ojos un soneto y una terza rima antiguos e incógnitos –creemos– con los cuales, al punto, quedará subyugado por nuestro querido poeta y amigo en los albores de su talento, cuando se adiestraba en todos los tonos con su incomparable instrumento.


INSTANCIA


Ha tiempo que he soñado, Duquesa, ser la Hebe

que en jícara ríe si a tu beso se entrega.

Yo no estoy en el Sèvres en que tu boca bebe,

pues no soy más que un vate que ni aun abate llega.

Rubia que a quien te peina, tu divino oro mueve

a obras de orfebrería, puesto que éste no alega

méritos y consigue que tu mirada leve

desdeñe los bombones y el gozquejo que juega,

nómbrame del rebaño de tus almibaradas

sonrisas, que cual blancas ovejas amansadas

pacen en corazones y balan indecisas.

Nómbrame... que Boucher me pintará en un rosa

abanico, arrullándolas con mi flauta amorosa.

Nómbrame a mí, Duquesa, pastor de tus sonrisas.



¡Vaya una inapreciable flor de estufa! ¡Y de cuán gentil manera está cortada! De la poderosa mano del maestro artificio que forjaba. 


EL MAL SINO


Dominando el rebaño de la humanidad horrenda,

mostraban las hirsutas melenas por momentos

los mendigos de azul, perdidos en la senda.

Su estandarte agitaban encenizados vientos

que en sí llevan del mar la divina hinchazón,

y en torno a ellos abrían grandes surcos sangrientos.

Retaban al Infierno, la frente ante el ciclón,

y viajaban sin pan, sin cayado y sin urnas,

chupando del amargo Ideal el limón.

Casi todos murieron en barrancas nocturnas,

embriagados de gozo al verse malheridos.

La Muerte les besó las frentes taciturnas.

Es ángel poderoso quien les tiene vencidos;

enrojece el ocaso de su espada el fulgor,

pero están sus espíritus por el orgullo henchidos.

Ayer amamantados de Ensueño, hoy el Dolor

les da el pecho. Al medir sus llantos voluptuosos

se levanta su madre, se arrodilla en su honor

el pueblo; les consuela el ser majestuosos.

Mas a sus pies están los hermanos que humilla

en martirio irrisorio de azares tortuosos.

Surca el salobre llanto su pálida mejilla

y tragan las cenizas con idéntico amor;

la suerte les enroda, burlesca y ramploncilla.

Pudieron conseguir a toque de tambor

de razas ojizainas falsa compasión tierna,

Prometeos sin un buitre devorador.

Mas no; viejos, frecuentan desiertos sin cisterna;

caminan bajo el látigo de un espectro rabioso:

El Mal Sino. Sus mellas ríen si se prosterna

la gente; él trepa encima, jinete pegajoso,

y del torrente lleva al barrizal que enfanga

y cambia en sucio orate al nadador brioso.

Quien por tocar la propia bocina se remanga,

gracias a él se verá por rapaces befado,

que soplando en sus puños remeden su charanga.

Gracias a él, si quieren tentar un pecho ajado

con flores que consiguen encender la impureza

le nacerán babosas al ramo condenado.

Gusanera es su axila, y en su monda cabeza

lleva chapeo de plumas el esqueleto enano.

Es, para ellos, el colmo de la humana tristeza,

y si, zurrados, retan al perverso tirano,

su estoque rechinando sigue al rayo de luna

que bruñe la osamenta y la atraviesa en vano.

Sin el orgullo austero de la mala fortuna,

aunque quieren odiar, sólo guardan rencor;

de la afrenta desdeñan tomar venganza alguna.

Y así, son el sarcasmo de cualquier rascador

de rabel, de los chicos, de la astrosa ralea

que con la andorga huera danza de buen humor.

Predican sabios vates vengadora pelea,

y sin saber su mal, al verles fracasados,

los juzgan impotentes, les niegan toda idea:

“Pueden, sin recoger suspiros mendigados,

cual se encabrita el búfalo que aspira la tormenta,

saborear ahora males eternizados.

De incienso embriagaremos al Fuerte porque alienta

en lucha con los fieros serafines del Mal;

cada farsante de éstos sin ropa roja intenta

detenernos.” Y escupen su desprecio mortal

al desnudo que implora, de inmensidad indigente.

Y estos Hamlets ahítos de zozobra jovial

a ahorcarse de un farol van ridículamente.




Por aquel tiempo, poco más o menos, pero evidentemente, más bien a un poco después que a un poco antes, se remonta la exquisita


APARICIÓN

La luna se afligía.  llorando

en la calma, entre flores vaporosas, soñando,

con el arco en los dedos, sacaban de sus violas

sollozos que rozaban lo azul de las corolas.

–De tu beso primero era el bendito día.

Gustosa en torturarme mi vaga fantasía

se embriagaba discreta con el perfume triste

que, aun sin pensar ni dejo, tras cogerle, subsiste

en aquel corazón que el Ensueño ha cogido.

Con la mirada fija en el envejecido

pavimento iba... Entonces, en tus rizos luciendo

el sol de aquella tarde, apareciste riendo

en la calle. Creí ver el sombrero nimbado

del hada de mis sueños de niño muy mimado,

cuando dejaban caer sus manos mal cerradas

nieve de blancos ramos de estrellas perfumadas.

y también la menos venerable que adorable


SANTA

En la ventana está ocultando

desdorados sándalos viejos

de su viola resplandeciente

–flauta o laúd en otro tiempo–,

la pálida Santa que extiende

el libro viejo que prodiga. 



Mallarmé


Galería  de Orfeo. Verlaine y Mallarmé : su poesía en la música. 




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Guarida de los poetas: E. E. Cummings: (no time ago) / e e cummings - lectura.

 


Siempre he sentido un enorme placer leyendo a E. E. Cummings. Es un juego feliz. Acá dejo una brevedad suya y, 
más abajo, una lectura en su voz.
Salud, lacl


Guarida de los poetas: e. e. cummings.


No hace mucho tiempo

o acaso una vida

caminando en la oscuridad

me topé con cristo


jesús) mi corazón 

arrasado 

y sereno quedó

mientras él pasaba (tan


cerca como yo estoy de ti

sí muy cerca 

hecho de nada 

excepto soledad. 


e. e. cummings *


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E. E. Cummings

(no time ago)



no time ago

or else a life

walking in the dark

i met christ


Jesus) my heart

flopped over

and lay still

while he passed (as


close as i'm to you

yes closer

made of nothing

except loneliness


* (versión de un servidor, lacl)


E. E. Cummings - lectura







jueves, 15 de julio de 2021

Fragmentarias: Notas al vuelo, aforismos, lacl. / ...el hermoso coro de las voces, Mike Oldfield

 © lacl 


La primera vez que intuí que en mi pecho -y, con él, todo en mi cuerpo y algo más allá de la piel- palpitaba un estremecimiento que me lucía afín a la poesía, fue cuando, al salir a las calles, no lograba dejar de contemplar la extrañeza, el misterioso espectáculo del mundo, y era llamado a seguir deambulando sobre esa cuerda oscilante, sin derrotero ni horario. 


lacl, 08 de Julio de 2019, Bitácora acuariana. (Retomando mi bitácora)

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Los derroteros no siempre conducen a una capitulación o a un descalabro, tal como se les entiende en el clásico sentido del vencimiento de algo o de alguien. Pues las derrotas y sus derroteros abren una bifurcación. Hay todo un mundo de posibilidades en ese sendero o trocha que se abre hacia adentro.

lacl, 14 / 07 / 2020

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Ando recogiendo flores de ayer, tal como lo anda haciendo mi viejita con sus baúles colmados de recuerdos. Verla repartir tanta memoria conmueve. ¡Cómo quisiera apresar esos instantes en el efímero aire de lo eterno! Aunque, ¿quién asegura que nuestros gestos, nuestras alabanzas, nuestros desmayos no queden estampados en el inexpugnable silencio en que se suspenden todas las esencias, todo ente, todo cuerpo y toda alma?

La vida humana no es ni más breve, ni más infinita que la de un astro llamado al ocaso.


lacl, 14 de Julio, 2013

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Lo que la palabra puede al mismo hablante le sorprende. 

lacl, 13 de Julio, 2021

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Las premoniciones no conocen la mentira. 

Pregúntenle a Casandra. 


lacl, Anotaciones Android. 09 de Julio, 2021.

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La humanidad ha subsistido gracias a las catacumbas. 


lacl,. Anotaciones Android, 09 de Julio, 2021

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...el hermoso coro de las voces, Mike Oldfield










Todas las fotos fueron captadas por el lente de este servidor...


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