Llueve.
Sobre el filo silencioso
de la ausente madrugada
se ha presentado la llovizna.
Remember to remember.
Recuerdo el título de aquel libro extraviado.
Lo firmaba Henry Miller.
Hay los destinos esquivos.
También las intenciones, los deseos.
También hay los propósitos fallidos,
lances en la vida inacabados
e, incluso, no iniciados;
como si la vida fuera copia del procedimiento
de un relato inconcluido de Franz Kafka.
Ese libro ha estado junto a mí por décadas y siempre ha logrado escaparse por alguna rendija del enigma, cada vez que he comenzado a leer algunas páginas. Probablemente sea una parodia de nuestra experiencia vital; al menos, en multitud de facetas de nuestra vida. En fin, algún día aparecerá, si le parece conveniente, y acaso se dejará tratar como una amante fiel. Este recuerdo viene al caso porque me he dicho a sotto voce: "...remember to remember..."
Recordar por recordar o recordar para recordar. Y como algunas veces suelo apuntar, en nuestra hermosa palabra recordar yace inserto el vibrante corazón. Nos viene inscrito en su etimología: re-cor-dar en nuestra lengua, ri-cor-dare en italiano. Se trata pues de recoger o rescatar, con el pensamiento del corazón, aquello que hemos de dar. De eso se trata el memorar.
Estas palabras vienen a cuento porque la siguiente divagación o digresión, un tanto luenga para un medio digital, fue publicada en los primeros días de este blog, formando parte de otra publicación más extensa aún. Comencé esta experiencia de llevar un blog literario con un espíritu afín al de Walt Whitman cuando escribiera aquel bellísimo poema intitulado Al Comenzar Mis Estudios, colmado de entusiasmo y emotiva efusividad. De allí que aquellas publicaciones iniciales fueran un tanto extensas para un medio comunicacional como un blog.
En fin, hoy extraigo esa nota dentro de otra, para publicarla en separata. Y si lo hago es por lo que psíquica o anímicamente ese texto representa para un servidor, en lo que concierne a la razón o sentido de vivir.
Salud, lacl
P. S. Me ha alcanzado la hora del pulmón a la hora de culminar estas palabras, son las 3:07 a.m del 29 de agosto de 2025.


*I*L*U*MIN*A*D*O*,
deambulando a unos tres centímetros por encima del suelo, sin que nadie lo notase. Me perdí en mis adentros, me interné en el afuera. SILENCIO. Ni una palabra, ninguna dicción. Ni siquiera una interjección. Sólo caminar y caminar. Caminar para perderme y caminar para encontrarme en el extravío de ser, al fin, nadie. Tan solo un vivir caminante.

En experiencias tan particulares o personales como la que acabo de narrar yace, creo, el germen de toda poesía. Y si la poesía ha de ser enfermedad, entonces, declaro mi contagio. Y yo, un ser tan lingüístico, detesto a los poetas lingüísticos. Aclaro: detesto a los que lo son adrede. Los que se olvidan de la comunión con el afuera, los que se olvidan del ritmo silencioso de las caravanas de hormigas, los que no se permiten sumergirse en el olvido de sí mismos y menos aún consienten recordarse; los que se niegan o se anulan en pos del virtuosismo palabrérico. Los hay y muchos.
La poesía es un estado de iluminación, no una pleamar de yoes mostrando sus imaginarios títulos, sus certificadas horas de vuelo. Parafraseando a nuestro querido Reverón -y con su

Así, mis días han transcurrido entre una negación y una aseveración (pero, ¿qué vida no lo hace? el asunto quizás sea ¿qué vida lo reconoce?); y han devenido, también, sobre una constante dubitación de mi alma, un inquirir en torno a mi presencia en este insólito recinto que llamamos mundo, en tanto que contempla una contienda de tribus desorientadas que se empeñan en modelar e imponer -unas a otras- ese “su” mundo, a imagen y semejanza de una caprichosa Babel que llevan en la mente.
Y es gracias al aserto de mi amigo que voy a atreverme a develar parte de ese transcurrir. ¿Que develaré una contradicción? Pues sí. Siempre me contradigo. Pues al hacerlo alcanzo a sentirme un tanto menos lejos de mí mismo y un poco menos extraño. Y, tal y como me susurrara la voz que siempre me despierta, la que me retrotrajo a la vigilia durante una reciente madrugada, “voy a negarme, porque al aseverarme me pierdo”.
De Contracorrientes, libro del que he dado ya noticia en esta página (glosa del siete de Julio-2007), insertaré acá algunas consideraciones en torno a poeta y poesía. Y de un inédito cuaderno de asomos poéticos (exceptuando algunos textos aparecidos en una publicación del CELARG y el ya expurgado Enola Gay), que lleva por nombre Toma Luz, toda la noche, insertaré el texto que sirve de preludio y que he denominado Introito antipoético.
Las imágenes precedentes: a) Reverón con sus muñecas, b) y c) la sombrilla robinsoniana de Armando Reverón, c) el teléfono de Reverón.
Deseo, antes de continuar, recomendar ampliamente la página del MOMA dedicada a Armando Reverón. El enlace es el siguiente: http://www.moma.org/exhibitions/2007/reveron/index.html
De Contracorrientes, BID&CO Editor
***
Ante todo debo decir que no me considero un poeta, al menos, no a la moderna usanza que circunscribe al poeta (o a la figura del poeta) dentro del ámbito de lo estrictamente literario. Todo lo foráneo palpita, de algún modo, en nosotros. Afuera todo un mundo nos requiere y nosotros marchamos a su son. Un poeta no es, primero, un literato o no es, primero, un ser literario. Un poeta ama las letras, ama las palabras, tanto como ama la estampa de cualquier viso de la realidad, por nimio que sea, pero no forzosamente ama la literatura a la manera en que se aman los cegados credos. En todo poeta se enuncia una dicción, pero es una dicción que va más allá de las palabras. Ellas, a su pesar, tienen que conformarse con el papel de ser vehículo de esa dicción y aquellos que rinden culto a la poesía han de conformarse con volver, una y otra vez, al concurso de aquellas, para expresar el alto y bajo relieve de la realidad, la palpable extrañeza de las cosas y seres que nos rodean, tan posibles -en su existencia- como la presencia misma de las palabras, que comienzan siendo un misterio y terminan siendo un misterio. Creo que la frase la escribió Ungaretti: un poeta es un hombre que lo siente todo. Siempre acude a mi memoria tan sencillo planteamiento, implica una revolución del pulso; también recuerdo siempre otra frase, ésta de Julio Ortega, durante una charla que se realizó en Caracas por el año 1990: “…todo poeta ha de tener poesía inédita…”, a lo que añadió: “…hay que desconfiar de los poetas que no tienen o guardan poesía inédita en un cajón o alguna gaveta de su casa…”. Qué jardín de sutilezas sugiere esta proposición.
***
La luna pende amarilla,
cenicienta, vaga, dulce,
cruel.
Dos niños de nadie juegan
al fútbol a la medianoche
(es la plaza Brion);
entre árboles asediados
por banquetas y bloques de cemento,
discuten la validez de cada gol,
mientras una bruma nauseabunda
espolvorea sus cabellos y los míos.
La luna o, mejor, el color hepático de su risueña agonía
no logra conmover cielo ni tierra.
Prosigo mi camino.
Pienso, quizás egoístamente, que hace meses no escribo un poema, pero inmediatamente surge una voz que me dice que eso importa un bledo. ¿ Qué dilema es éste de conciliar mi mundo con el mundo ? Hace poco sí escribí un verdadero poema, sencillo y hermoso porque tan sólo era el registro de un “fresco” que observé en la calle, pero lo perdí en la calle misma, tal vez al meter la mano en el bolsillo. Así, pues, es como si no hubiera escrito nada. Como un doble relámpago, acuden a mi memoria dos sentencias, una es de Auden y la otra de Rilke. Auden postula la incertidumbre de todo poeta, sobre si volverá a encontrar las perlas de un nuevo poema, después de haberse encontrado con aquellas que le señalaron el develamiento del último poema escrito. Rilke dice que todo poema (en realidad, toda obra de arte) ha de nacer de una profunda necesidad. Infiero de la conjugación de ambas sentencias, que poesía y poema son el padecimiento, la incertidumbre de una magia necesaria.
En mi camino pienso que había que estar allí,
deberían haber estado allí, en la plaza, a medianoche;
todos y cada uno de los hombres y mujeres que viven en el mundo,
deberían tener un encuentro como ése, sin otra compañía
que la de su yo interior, sin otros testigos que sus propios ojos:
Dos niños en un insólito campo de juego,
azuzándose con voces avejentadas.
Dos niños
corriendo bajo una luna de hiel,
con sus cabellos blancos.
Dos niños
lúdicos y endurecidos.
Hace tiempo que no escribo un poema.
***
Mucha de la poesía
que se capta, se vive o se siente,
de algún modo viaja ya
implícita en la mirada
del contemplador.
De algún modo hizo morada
en los ojos de quien
se asoma al mundo
* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *
De Toma Luz, toda la noche
Introito antipoético
Yo soy poeta.
Me importa un comino todo lo demás.
Soy un poeta solitario.
He tenido que aceptarlo, a mi pesar
y a pesar de los demás.
Soy un miserable poeta, un maldito;
no un poeta maldito,
ni alguien que añora ampararse
bajo la figura romanticona, mítica o Narcisa
de alguien juega a ser el poeta
o el elegido,
sino un hombre como cualquiera,
que padece el arrobamiento
del extraño mundo que inventaron
otros hombres como yo;
un hombre que tan solo querría vivir
cantando a cántaros, hacia sus adentros,
buscando, sin prisas, armonizar con la voz
que brota del fondo de sí mismo
y desde más allá;
esa voz arcaica y lejana que se solaza y se besa
con cada esquina del cielo
y nos canta los padeceres
y el ritmo de un mundo
que, en fin de cuentas, no fue inventado
por hombre alguno.
Yo soy poeta.
He tenido que admitirlo.
No soy un buen poeta o un mal poeta,
no es eso lo que busco o me desvela
-ni literaria ni estilísticamente hablando-
pues, no se elige ser poeta;
sólo soy un hombre que vive en secreto,
delirando a sottovoce,
a espaldas del organigrama de vida que predica
el invento de mundo en que existo.
Soy poeta
a pesar de mis intentos sobrehumanos
-como los de un tozudo Sísifo-
por acoplarme a la miseria de orden
que se me exige exhibir como las plumas de un Pavo Real,
para luego poder demostrar en el circo
que cumplo con las metas
de un arduo oficio sin sentido
que no genera bien a nadie;
ocupación más absurda aún
que el pírrico esfuerzo de un Sísifo.
Soy poeta a pesar de mí mismo,
un hombre que vive en la noche,
sigilosamente contemplando
las visitas de la luna desde su cama
o devanando, en la barra de un bar
y ante la vista de cualquiera,
el hilo con el que habrá de coser las telas
de la angustia y la serena esperanza.
Yo soy poeta.
Nunca se lo dije a nadie,
ni tampoco se lo he aceptado a nadie,
porque la poesía, su descubrimiento,
es, acaso, lo único sagrado
que haya vivido en mi vida,
amén de los naturales dones
que nos sirve la vida misma.
Porque la poesía, su revelación,
está en la vida misma: tan cercana,
tan a flor de piel, tan parecida al asombro
y tan pocas veces convocada;
qué perogrullada decir esto, pero es así,
ella es la única religión
que no clama por golpes de pecho,
mi único culto posible,
tan vivido y padecido, como para andar por allí
mancillándolo con reiterativas y egóticas arengas,
que no son sino una grosera e imperdonable
falta de respeto hacia la madre de todas las cosas
y hacia nosotros mismos, sus engreídos bastardos.
Pero hoy me encuentro agotado
de tanta doble mentira
y de trajear, por tanto tiempo
tan solemne vestimenta.
Y hoy quiero decir
(confesar, sería la palabra justa),
por una vez,
que soy poeta,
muy a mi pesar
y a pesar de los demás.
Y que hoy estoy más huérfano que nunca.
Caracas, a pleno sol del seis de diciembre de 1996
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