Chet Baker Ft. Bill Evans / Pepper Adams / Kenny Burrell / Paul Chambers
A veces la soledad nos supera
A veces la soledad nos supera, a pesar de todos los amores
que gravitan alrededor de nuestro cielo, como astros fugaces o cíclicas lunas,
o enormes soles y galaxias que caben en la mano. Y suele suceder que la soledad
despierta a la melancolía, pero siempre que abre los ojos, nos invita a
contemplar con ella hacia el fondo del río rumoroso que transita en el fondo de
las almas. Y, entonces, la música celeste que se suscita en ese recóndito
lecho, nos acaricia las sienes por dentro. Y nuestros ojos se lavan en el
alegato de las aguas memoriosas y, como los ojos de melancolía, se abren para
mirar el mundo en pleno, cual dos enormes portales que se franquean para que
entremos a cruzar sus horizontes.
Un pasaje muy significativo, tomando en cuenta que el
muchacho tiene que hacer la campana apelando a la gracia del instinto o del
principio creador, pues su padre, un famoso artesano de campanas, había
fallecido llevándose su secreto a la tumba y no quiso compartir su saber ni
siquiera con su hijo. El muchacho, en un momento de arrojo, alega que él es el
único que puede realizar la campana, pues es hijo del recién fallecido
artesano.
El episodio de la campana ordenada por el Poderoso Príncipe
de la hora es sumamente significativo. Al príncipe o Zar le importa un cuerno
el arte de hacer campanas para catedrales, le importa un cuerno lo que genera
su sonido en el alma de los escuchas. Para él lo único importante es el símbolo
que se escuda detrás de un poderoso señor que ordena fabricar fortalezas,
abadías, grandes catedrales y pesadas campanas, pues son símbolo, a su vez, de
su poderío. El muchacho apela a la intuición, pero es una intuición que ha de
verse apuntalada por la memoria, pues si bien su padre no compartía secretos,
le ha de haber visto en el proceso de realizarlas. Así que, si bien se siente
ciego e inseguro, mientras los artesanos escuchan y acometen sus órdenes, un
duende guía su espíritu.
Andrei, por su parte, no está ciego, pero se encuentra
ahíto de las visiones que le ha regalado un mundo contrahecho y descarnado. Por
tanto deambula como si estuviera ciego y mudo, pues en virtud de lo vivido,
hace un largo voto de silencio en el que devora el mundo en una actitud de
templada y acerada contemplación que uno, como espectador, no deja de imaginar
íntimamente efervescente.
El día en que la campana sale de la arcilla y es levantada,
tras grande aparato, para colocarla en alto y luego hacerla sonar con un tronco
que hace las veces de badajo, el estremecimiento del muchacho artesano ante la
obra realizada, retumbando celestialmente en el aire, le conmueve a tal punto
que debe huir y esconderse a la vista de todos para soltarse a llorar. Andrei
Rubliov, que ha sido testigo del prodigio, le sigue y le consuela. Y dase
cuenta, él mismo, de la magia, el dolor y la nobleza que se aloja en el proceso
creativo, así como del absurdo de mantenerle amordazado.
Es un obrar que no debe ni puede ser acallado por fuerza
del ficticio mundo del afuera. Es en ese momento cuando se da la revelación, el
acto de anagnórisis gracias al cual rompe su voto de silencio y le propone ipso
facto al muchacho trabajar juntos a partir de ese momento, el joven haciendo
campanas y el monje pintando iconos y catedrales.
Nota: Para quien no haya visto esta maravillosa película,
puede verla por internet, mientras consigue una copia. En el enlace de abajo se
incluyen la dirección del film en Youtube, así como una galería de imágenes del
mismo.
lacl, 29 10 2019, nota al margen de una laboriosidad que me
ha servido de acicate, en lugar de convertirse en obstáculo.
Casi sin querer queriendo, en las últimas
jornadas han salido a flote y por sí solos, algunos hallazgos con la palabra crítica,
indagadora, que se tiende en el aire como una necesaria oración; ha sido el encuentro
con publicaciones en torno a la función del
intelecto en el campo del arte. Un escritor cabal, sea cual fuere el estilo que
cultive, siempre tiene, a nuestro juicio, un roce de poeta. Y como tal, es un
artista del intelecto, al igual que debieran serlo todos los creadores que
fundan su arte en una necesidad expresiva que, aunque nos cueste un mundo
sustentarlo como tesis, podríamos definir como enmarcada en el rumbo de un
humanismo que busca un horizonte promisorio en tanto que especie.
Leyendo un tomo que lleva por título “Cartas
memorables” y que seguramente me traje de algún viaje a Colombia, me topé con extractos
de aquella carta de Tolstoi al Zar Nicolás, sonado intento fallido de llamar a capítulo
a un poder despótico, del cual el Supremo Yo del Autócrata de la hora andaba
enteramente desconectado. Un tomo de las cartas de Tolstoi me acompaña desde
hace muchos años, pero no es de allí desde donde hago el rescate, sino desde
una edición digital, pues para algo ha de servir la tecnología,evidentemente, con los debidos cuidados de revisión
del texto en cuestión.
Y paro el comentario porque, primero, lo
importante es la carta de Tolstoi al Zar y, segundo, porque me he visto forzado
a desmontar todo un anaquel de libros para asegurarme de que las trazas que han
hecho nido en uno de los primeros libros que adquiriera con mis propios
emolumentos, el tomo II de las obras completas de Conan Doyle, no tomen otros derroteros… Me toca hacer
labor de Sherlock Holmes de biblioteca.
Me parece más oportuno ese tratamiento,
pues me dirijo más bien al hombre-hermano que al zar. Y el motivo por el que os
escribo, que es casi desde el otro mundo, en espera de una cercana muerte.
Me resisto a morir sin antes deciros mi
opinión de vuestra labor actual y de lo que ella podría ser, del gran bien que
haría a millones de seres y a vos mismo; y del gran mal que traerá a millones
de personas e incluso a vos, si ha de seguir con la misma orientación que ahora
lleva.
La tercera parte de Rusia se halla en
estado de prevención, es decir, fuera de la ley. El ejército de policías
-uniformados y secretos- crece sin cesar. Las cárceles, lugares de destierro y
presidios están repletos, además de cientos de miles de delincuentes comunes,
por los políticos, a los que ahora vienen a sumarse también los obreros. La
censura ha llegado a tales absurdos en las prohibiciones como no se
había visto antes nunca. Las persecuciones religiosas nunca fueron más y más
inhumanas y frecuentes. En todas partes de las ciudades y centros fabriles hay
tropas concentradas y se las envía con municiones de combate contra el pueblo.
Son muchos los lugares en los que ya se ha derramado sangre de modo fratricida,
y en todas partes se preparan -y sin falta los habrá- otros nuevos y aún más
cercanos. Eso es resultado de toda esta intensa y despiadada labor de gobierno,
la población agrícola -cien millones, en los que se sustenta el poderío de
Rusia-, a pesar del excesivo crecimiento del presupuesto estatal o, más bien, a
causa del mismo, va empobreciendo cada año hasta llegar a que el hambre se ha
convertido en fenómeno normal. Y algo similar ha venido a ser el descontento
general de todos los estamentos con el gobierno y la actitud de hostilidad
hacia el mismo.
El motivo de todo eso, palpable, es que
vuestros adjuntos os hacen creer que deteniendo toda la marcha de la vida misma
en el pueblo aseguran la prosperidad de éste y vuestra calma y seguridad. Sin
embargo antes puede detenerse la corriente de un río que el eterno movimiento de avance de la humanidad,
establecido por Dios. Es de comprender que hombres para los que tal situación
es ventajosa y que en su interior piensan: "después de nosotros, el diluvio",
puedan y deban haceros creer eso; lo asombroso es que vos, personalidad libre y
que nada necesitáis, hombre bueno y razonable, los creáis y -siguiendo sus miserables
consejos-, permitáis o dejéis hacer que se consienta tanto mal en vistas a un
fin tan irracional como lo es parar el eterno movimiento de la humanidad del
mal al bien y de las tinieblas a la luz.
No podéis desconocer vos que desde que
existe el hombre, sus formas de vida, tanto las económicas y sociales como las
religiosas y políticas, han ido evolucionando sin cesar, de más rudas,
irracionales y crueles a más suaves, racionales y humanas.
Los que os aconsejan niegan esto, que al
pueblo ruso le han sido inherentes en otro tiempo la ortodoxia y la autocracia,
y de la misma manera le son ahora inherentes y le serán propias hasta su final;
y por ello y para bien del pueblo ruso hay que apoyar a toda costa estas dos
formas vinculadas entre sí: la creencia religiosa y el orden político. No cabe
decir, sobre todo, que la ortodoxia, en otro tiempo inherente al pueblo ruso,
le sea propia también ahora. Por los informes del procurador general del Sínodo
podéis ver que los seres espiritualmente más desarrollados del pueblo, a pesar
de todas las desventajas y peligros a que se hallan sometidos al renegar de la
ortodoxia, van pasando cada año y en número cada vez mayor a las llamadas
sectas. Además, de ser cierto que al pueblo le es inherente la ortodoxia, no
hay por qué mantener de modo tan enconado esa forma de creencia y perseguir con
tanta sevicia a quienes la niegan.
Acerca de la autocracia, lo mismo. Si en
otro tiempo ella fue inherente al pueblo ruso, en tiempos del absolutismo,
cuando se gobernaba personalmente, ahora está ya lejos de suceder, cuando todos
saben o llegan a saber a poco que se instruyan: en primer lugar, que un buen
zar es sólo "una feliz casualidad", y que los zares pueden ser y han
sido también monstruos dementes, como Joann IV o Pablo; y, como segunda
puntualización, por muy bueno que sea no puede gobernar él mismo a un pueblo de
tantos millones, y que gobiernan los favoritos del zar, quienes se ocupan más
de su propia situación que del bien del pueblo. Vos diréis: el zar puede elegir
de adjuntos a personas desinteresadas y buenas. El zar no puede hacer eso, mal
que le pese; ya que sólo conoce a varias decenas de personas que por casualidad
o por diversas intrigas le se han ido acercando y con denuedo lo apartan de aquellos
que pueden sustituirlos. Por tanto, el Soberano no escoge entre los miles de
personas activas, enérgicas, ilustradas realmente y honestas que buscan la obra
social, sino entre aquellos de quienes Beaumarchais dijo: “Sé mediocre y servil
y todo lo conseguirás”. Y muchos rusos se subordinarían al zar, pero no pueden
subordinarse sin sentir agravio a personas de su círculo a las que desprecian y
que frecuentemente gobiernan al pueblo en nombre del Soberano.
Tal vez a vos os lleva a error el amor del
pueblo por la autocracia y su representante el zar, la circunstancia de que en
todos los recibimientos que se os tributa en Moscú y otras ciudades, por
doquier, el gentío corre tras de vos al grito de "¡hurra!". No creáis
que es una expresión de lealtad hacia vos, es la masa de los curiosos que
corren igual tras cualquier espectáculo poco frecuente. A veces esos hombres a
los que tomáis por intérpretes del amor popular hacia vos, sólo son gente
reunida y aleccionada por la policía para que represente a un pueblo fiel, como
acaeció, por ejemplo, con vuestro abuelo en Jarkov donde la multitud que llenaba la catedral era toda ella
municipales disfrazados.
Si en un viaje zarista pudierais andar,
como lo hago yo por las líneas de campesinos colocados tras las tropas, a lo
largo del ferrocarril, y oír lo que dicen esos hombres: síndicos, alguaciles y
guardias, sacados de las aldeas vecinas al frío y la lluvia, sin gratificación,
con su propio pan, y que durante varios días esperan el paso del convoy; vos
oiríais de los más auténticos representantes del pueblo, de simples campesinos,
en todo el trayecto, palabras del todo disconformes con el amor por la
autocracia y su representación. Si hace medio siglo, con Nicolás 1, todavía se
erguía el prestigio del Poder zarista, en las últimas tres décadas ha ido menos
sin cesar y ha caído últimamente hasta poder decir que nadie siente ya reparo
en condenar de manera resuelta en todos los estamentos no sólo las
disposiciones del gobierno, sino al propio Soberano y hasta increparlo y
mofarse de él.
Es un modo de gobierno trasnochado la
autocracia, que puede corresponder a las exigencias del pueblo en algún sitio
del África Central, lejos del mundo entero; pero no a las exigencias del pueblo
ruso, que se ilustra cada vez más con la instrucción común a todo el orbe. Así,
la forma de gobierno y la ortodoxia en ella vinculada sólo se puede mantener, como
se hace ahora, con el apoyo de la violencia de toda clase: el estado de
desconfianza, las deportaciones masivas, las ejecuciones,
las persecuciones religiosas, la censura, el falseamiento de la educación Y, en
general, todo tipo de malos actos y barbaridades.
Esos han sido hasta hoy los actos de
vuestro reinado. Desde vuestra respuesta a la diputación de Tver, ante la que
llamasteis "desatinadas ilusiones" a los más lícitos deseos de la
población, suscitando la repulsa indignada y general de la sociedad rusa; todas
vuestras decisiones sobre Finlandia, las apropiaciones de territorio chino,
vuestro propósito de Conferencia de La Haya, acompañada del refuerzo de las
tropas, vuestra violación de la autonomía y el medro de la arbitrariedad
gubernativa, el apoyo de las persecuciones por motivos de fe, vuestro
consentimiento al refrendo del monopolio de la vodka, es decir, del comercio
del gobierno con un veneno que intoxica al pueblo; y, para acabar, vuestra insistencia
en mantener los castigos corporales, a pesar de las solicitudes que se os
vienen presentando para erradicar esta medida sin sentido y del todo inútil,
que deshonra al pueblo ruso; todo eso, que no habríais podido
realizar, si no se os hubiera planteado –por asesoramiento de vuestros
insensatos colaboradores- el objetivo inalcanzable no sólo de retener la vida
del pueblo, sino de hacerle volver al estado que ya vino sufriendo. Con violencia puede oprimirse al pueblo,
pero no gobernarlo. Sólo hay un medio en nuestros días para dirigir al pueblo y
consiste en situarse ante el movimiento popular que lleva del mal al bien, de
las tinieblas a la luz, y conduce al logro de los fines inmediatos de dicho
movimiento. Entonces, para estar capacitado para hacerlo, es menester dar al
pueblo sobre todo la posibilidad de que exprese sus deseos y necesidades y,
tras oírlos, cumplir los que respondan a las necesidades no de una clase o
estamento, sino de la mayoría de la nación, de la masa del pueblo trabajador.
Los deseos que de darle esa posibilidad
expresaría hoy el pueblo ruso, -según yo- serían los siguientes:
En primer lugar, el pueblo trabajador
desea librarse de las leyes de excepción, que le colocan en la situación de
paria que no goza de los derechos del resto de ciudadanos; en segundo lugar,
quiere libertad de movimiento, libertad de enseñanza y libertad de conciencia en
consonancia con sus necesidades espirituales; y, lo principal, dirá con una
sola voz este pueblo de cien millones que quiere la libertad de explotación de
la tierra, es decir, la abolición del derecho de propiedad agraria.
Tal abolición del derecho de propiedad
agraria es, según creo, el objetivo inmediato cuyo logro debe plantearse como
tarea de nuestro tiempo al gobierno ruso. Cada etapa de la existencia del
género humano posee un escalón inmediato de realización de mejores formas de
vida de acuerdo con la época y al que aquél aspira. Medio siglo atrás, ese
escalón precedente fue para Rusia la abolición de la servidumbre. Hoy día dicho
escalón es la emancipación de las masas obreras del yugo de la minoría que
domina sobre ellas, lo que se conoce como el problema obrero.
Europa Occidental considera viable
alcanzar ese objetivo mediante la entrega de las empresas y fábricas en
usufructo general de los obreros. Sea justa o no lo sea dicha solución del
problema, alcanzable o no para los pueblos occidentales, ello no puede ser
aplicado en Rusia, tal como ella es ahora. Aquí, casi toda la población vive en
el campo y se halla en plena dependencia de los grandes propietarios, la
emancipación de los obreros, claro está, no puede lograrse con el paso de las
fábricas y empresas al usufructo en común. La emancipación para el pueblo ruso
puede alcanzarse, sin embargo, por medio de la abolición de la propiedad
agraria y el reconocimiento de la tierra como patrimonio común; al igual que hace
ya tiempo es el sincero deseo del pueblo ruso y cuya realización sigue aún
esperando del gobierno de su país.
Soy consciente de que a estos pensamientos
míos vuestros consejeros los tomarán por el colmo de la ligereza y carencia de
espíritu práctico de un hombre que no concibe toda la dificultad del gobierno
de un Estado, en este caso, la idea del reconocimiento de la tierra como
propiedad común del pueblo; pero en vistas a no tener que volver a someter a
más violencia -cada vez más cruel- al pueblo, sólo existe un medio, que es:
plantearse como misión un objetivo que se halle a la cabeza de los anhelos
populares. Y, sin esperar a que la carretada nos golpee rodando en las
rodillas, llevarla uno mismo, o sea, ir en las primeras filas, liderar el logro
de mejores formas de vida. Tal objetivo sólo puede constituir para Rusia la
abolición de la propiedad agraria. Nada más que entonces el gobierno podrá, sin
hacer, como hace ahora, concesiones indignas y forzadas a los obreros fabriles
o a la juventud estudiantil, ser guía de su pueblo -sin miedo por su propia
existencia- y gobernarlo de verdad.
Os dirán vuestros consejeros que liberar a
la tierra del derecho de propiedad es una fantasía y una empresa irrealizable.
Según la opinión de ellos, obligar a un pueblo activo tan numeroso a dejar de
vivir o mostrar síntomas de vida y meterlo de nuevo en el cascarón del que ya
hace tiempo salió, eso no es fantasía, ni tiene nada de irrealizable, sino que
lleva consigo la más sabia y práctica de las obras. No habría más que
reflexionar con seriedad para comprender de una vez por todas su no
viabilidad, aunque se viene aplicando; y que lo otro, por el contrario, sí es
viable, y todavía más, oportuno y necesario, si bien aún no se ha aplicado.
Personalmente, creo que la propiedad
agraria en nuestra época es una injusticia tan patente y escandalosa como lo
fue el derecho de servidumbre hace medio siglo. Juzgo que su erradicación
pondrá al pueblo ruso en una elevada cota de independencia, prosperidad y abundancia.
También pienso que tal medida terminará con toda la exacerbación socialista y revolucionaria
que ahora empieza a extenderse entre los obreros y amenaza con el mayor de los
peligros al gobierno pero también al pueblo.
Tal vez me equivoque, y la solución a este
problema en uno u otro sentido pueda esperarse de nuevo sólo del propio pueblo,
si él ha de tener la ocasión de expresarse. Por eso, sea como sea, la primera
cuestión que ahora se alza ante el gobierno es la de eliminar el peso que impide al pueblo
expresar sus necesidades y anhelos. No se hace bien a un hombre al que
amordazamos para no oír lo que desea en su propio interés. Tan sólo si se conocen
las necesidades y anhelos de todo el pueblo, o de su mayor parte, se le puede gobernar
y hacerlo en su provecho.
Tan sólo una vida tenéis, querido hermano,
en la tierra, y podéis malgastarla dolorosamente en intentos infructuosos para
detener el movimiento de la humanidad -determinado por Dios- del el mal al bien
y de las tinieblas a la luz; y podéis también, tras profundizar en las
necesidades y aspiraciones del pueblo, dedicar vuestra vida a cumplirlos, vivirla
tranquila y dichosamente al servicio de Dios y de los hombres.
Por grande que sea vuestra responsabilidad
en el reinado, en el cual podéis hacer mucho de bueno y mucho de malo, es
todavía mayor la que tenéis ante Dios por vuestra vida aquí, de la que depende
vuestra vida sola, y que Dios os ha dado no para ordenar malas obras de toda clase
ni tampoco para participar en ellas o permitirlas, sino para hacer uso de su
voluntad. Y su voluntad es hacer el bien a los hombres, nunca el mal.
Recapacitad sobre esto no ante los
hombres, sino ante Dios y haced lo que Dios os diga, o sea, vuestra conciencia.
Y no os turbéis por los obstáculos que hayáis de encontrar si emprendéis el
nuevo camino de la vida. Dichos obstáculos se destruirán por sí mismos, y vos no
lo advertiréis siempre que actuéis en aras del alma, o sea, de Dios, y no de la
gloria humana.
Disculpadme si os he incomodado o entristecido, sin quererlo,
por lo que dejo dicho en mi carta. El deseo de haceros bien y hacérselo al
pueblo ruso es lo que me ha guiado. Si lo he conseguido o no, el futuro lo
dirá, un futuro que -con toda seguridad- yo no veré. Creo haber cumplido con mi
deber.
Deseándoos con toda sinceridad el justo
bien, vuestro hermano,
Hallazgo de la bohemia por los senderos de la música: Blue
Rondo A La Turk, lacl
El Blue Rondo A La Turk… Pieza amada desde mi infancia,
pues mis hermanas bailaban una de las piezas del álbum en un academia de baile,
la famosa composición intitulada Take five... Era la Academia de Pascuita Basalo. Recuerdo a mis
hermanas bailando en el Teatro Municipal de Caracas… Ese LP (Time out) sonaba
en casa con la insistencia de un crío deslumbrado.
Ha venido a cuento de la memoria debido a una versión del Blue
Rondo A La Turk de Claude Nougaro que confieso no recuerdo haber escuchado
antes y que me enviara una amiga por la red… Gesto que por supuesto le agradezco
y por el que debo hacer otra confesión.
¡Acabo de descubrir que mi primera relación con ese tono
del espíritu que se conoce bajo la noción o término de bohemia me vino de este álbum! Es el tipo de descubrimientos que sólo
puede detectar el corazón, ese órgano que está directamente enlazado al ombligo
de la memoria. Digamos que es como un cordón umbilical que jamás debe ser
cortado so pena de vivir nuestras vidas sin asideros sensoriales. Es un cordón
de plata que jamás debe mutilarse, lo reitero.
Y esa amorosa relación deviene precisa o primeramente de
esta pieza, Blue Rondo A La Turk, pieza inicial del álbum, por las maravillas
que se abrieron en el horizonte para el infante que era.
La versión de Nougaro se concentra exclusivamente en la sección
intensa y veloz de la pieza, que es con la que abre y cierra la composición
original. La aplaudo, pero el aplauso mayor va a ir ahora por mi descubrimiento
de este momento (escribo un poco antes de las 2 am en nuestro cielo) y es el de
éste, mi amor por la bohemia -qué maravilla poder decirlo así- a partir del
momento de haber escuchado ese álbum maravilloso de TIME OUT y esta pieza en
especial, que es la abre el LP. Mi hallazgo sensorial, hallazgo del ánima, hizo eclosión ante el
anuncio que hace la música justamente en el minuto 2:00 y, luego, con la instalación
de un tempo con soltura y donaire, el cual se apostará en el minuto 2:20 como
una manera de caminar sobre las calles, tal como caminan los dedos del bajista
sobre las cuerdas, con los platillos y cueros consonando el ritmo y el saxo y el
teclado haciendo de las suyas para hablar a gusto y sin aparente derrotero…
Hasta que vuelven a tomarse de la mano para volver sobre su marcha alocada del
principio y contrastar ambos ritmos en el aire. Ha sido un hallazgo volver a
dar con esa sensación… Fue como descubrir el porqué de nuestros amores a otro
tiempo. Me refiero a que la música nos estaba dando y nos sigue dando, de
hecho, una respuesta a nuestra sed de vivir la vida en un ritmo distinto al
pautado por las normas, ésa es la importancia que le confiero a estos
descubrimientos musicales, tan decisivos como el del más arrobador poema.
Acá dejo el álbum, uno de los más maravillosos del jazz y
que agradezco haber conocido a tan temprana edad, por fortuna. Estoy seguro de
que si a alguien le debe mi alma su amor por el libre albedrio es a estos
maravillosos músicos y estas creaciones, todas estupendas. Es un álbum que
hemos escuchado y agradecido tanto que hemos cometido el error de darlo, acaso,
por materia vista y, pues, no. No podemos dar por materia vista las cosas que
nos maravillan y que, intuimos, han de maravillar a otros tímpanos ávidos de
escuchar modos distintos de intentar los pasos sobre la vida. Así pues, ¡salud!
Pero no deseo cerrar esta glosa sin extender al posible e inopinado lector otro
comentario. La música (como la poesía y las artes en general) cuenta con la
cualidad de poder revelarnos una luz más intensa dentro de la luz o una oscuridad
aún mayor o perseverante dentro de la oscuridad.
Es la libertad de crear que va de la mano con la naturaleza
de toda psique que no haya sido secuestrada por alguna doctrina, cualquiera que
sea. El alma es una esencia que ama, de suyo, lo estéticamente bello. Nace con ese amor.
Pero el ser humano que ya ha pasado por la máquina de moler
de las doctrinas (y su red de manías adquiridas) se encarga de borrar tales
cuitas amorosas de la psique que, de manera natural, despunta en todo niño. Es un acto que se repite, acaso
con algún dejo de tonta satisfacción, entre muchos hijos de nuestra estirpe…
Pero la música, como la poesía y las artes, se sobreponen a
ello y sanan con su respiración. Y misión del creador, como misión del amante (el
amateur) es prodigar, sin aspavientos, tales amores.