Lejano, lejanísimo texto que
forma parte de un imberbe cuaderno que lleva por nombre la altisonante frase de
"Poemas a mano alzada" y que nació en tributo a José Antonio… El
texto debería ir centrado, tiene forma de vasija, pero no he logrado colocarlo
así...
Salud!
lacl
Un
lienzo pasa
A Ramos Sucre
Asentía
y concedía razón con un leve movimiento de cabeza,
mientras
mis ojos se consumían entre las ramas ardientes
de
unos árboles siniestros, a quienes seducía la tomade la sala.
Calculadas
voces chocaban vasos y copas con la risa.
"Tú
no eras así, tú no eras así",
reverberaban
las gotas de una voz cavernosa royendo mis entrañas.
Era
la voz recriminante de mi ancestro.
Un
pasadizo de resonancias me tentaba con un regreso incierto.
Pero
mis ojos, impedidos para la humedad sentimental,
se
refugiaron en esa imagen cruda, mortecina y ebullente,
No queremos dar cuenta de que todos
llevamos una manzana incrustada en nuestra cáscara, en ese desprotegido escudo
que llamamos cuerpo... Antes del gesto aniquilador de la mano humana, era verde
manzana, color de vida efímera, en la rama o en la mano que a una boca se
aproxima, pero lo era de vida que debería doblegarse a sí misma... Ahora es
fruto que se oxida en nuestras espaldas y, del verde vida, da paso al verde sin
savia de que sólo es capaz la sinrazón humana.
Hoy sólo se juega por y para ganar a
toda costa. Se nos ha olvidado el retozo de vivir.
Y Franz, hermano de Gregorio, bien que
supo contar cómo es que el hombre se transforma en un expoliador de sí mismo,
despojándose el origen de todo retozo...
"...Las voces del mundo van
apagándose, reduciéndose en número...", dijo una vez Kafka.
Dejamos aquí otra fabula kafkiana, Ante
la ley…
lacl
P. D. El
narrador de esta fábula en el video es Orson Welles... Los dibujos son fruto de la mano de Franz Kafka...
*
* * * *
Ante la ley, Franz
Kafka
Ante
la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y
solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por
ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo
dejarán entrar.
-Tal
vez -dice el centinela- pero no por ahora.
La
puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se
hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe
y le dice:
-Si
tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero
recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón
y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer
guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.
El
campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre
accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de
pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra,
decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite
sentarse a un costado de la puerta.
Allí
espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus
súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace
preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas
indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite
que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para
el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este
acepta todo, en efecto, pero le dice:
-Lo
acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.
Durante
esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida
de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la
Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz
alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la
infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado
a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas
que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya
no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en
medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la
puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las
experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta,
que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya
que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve
obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de
estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del
campesino.
-¿Qué
quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.
-Todos
se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces
que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?
El
guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes
sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:
-Nadie
podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a
cerrarla. * * * * *