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domingo, 4 de diciembre de 2011

Despachos desde Tierras de Nadie. Primera entrega.

© lacl 

Despachos desde Tierras de Nadie. Primera entrega.


1ro de Diciembre, 2011

Ha llegado diciembre y, como tantas veces ha sucedido en los años recientes (desde el aciago día en que lo que era un simulacro, un esparadrapo de nación, se convirtiera en un arrogante y pugnaz principado), lo ha hecho acompañado de colosales tormentas e inundaciones.

Amaneció el día con un claro y promisorio sol, luego de una lluvia continuada a lo largo de la noche -tal como viene ocurriendo desde hace varias fechas- para luego irse ennegreciendo, y conferirle a las jornadas ese aire de desencanto que signa la amargada arrogancia de quienes salen a la calle dispuestos a comerse a sus conciudadanos.

 












No sé cómo describirlo exactamente, pero yo intuyo o presiento como si fuera una cierta tesitura petulante, una insolente jactancia, lo que ha tomado el protagonismo de las gentes que conviven en esta tierra de gracia. No de toda la gente, pero sí de una grandísima parte, aquella que es precisamente la que -con la destemplanza de una común soberbia- desguaza al país como si fuera un mapa en disputa.

Tengo un compromiso en los altos mirandinos y, aunque salgo con una hora y media de anticipación, no puedo asegurar que llegue a tiempo o, siendo más realista, ni siquiera que simplemente llegue a mi destino.

Apenas al salir constato que será una misión cuasi irrealizable. Autopista y avenidas lucen como cementerios mecánicos. Me devuelvo y decido, sin embargo, tentar la suerte tomando por los caminos verdes, acaso engañándome a mí mismo; más por el estímulo de tomar una carretera suburbana, menos viajada, y en caso de que se me haga imposible cumplir con el compromiso, sentarme en algún rinconcito criollo a contemplar las escasas horas de diafanidad, mientras me bebo una cerveza y me recreo en la soledad de mis pensamientos aliterados con los tiempos. 

Ha pasado más de una hora cuando comienzo a remontar la vía de Hoyo de la Puerta. Me detengo en una sencilla fonda, un lugar en el que se preparan los mejores platos de comida criolla. Me confirman el presagio: desde la última vez que pasé por allí, las lluvias torrenciales culminaron su trabajo y echaron abajo lo que ya era una calamitosa carretera. Pero ahora sí es verdad que no hay paso hacia las cumbres.

Uno de los taberneros me comenta que sí hay dinero para realizar una faraónica cumbre de presidentes, pero que no lo hay para resolver ese problema que afecta a los innumerables barrios y comunidades que han hecho vida al borde de esa carretera.

- Claro, agrega luego, como el gobernador de este Estado no es de los suyos…. Ese hombre (se refiere al Príncipe) no sabe más que de odios. Y lo peor es que va a volver a ganar a punta de regalarle migajas al pueblo, ya usted verá.
 
Tan sólo me aventuro a decirle que dejemos que sean los odios los que alimenten a quienes ceban odios; que ya comienza a ser visible la indigestión que causan. Se sonríe y me dice: Tiene razón, ¿qué le apetece hermano?

- Pues ya que no puedo llegar adonde iba, me contentaré con una buena jarra de cerveza y más luego pediremos algo de comer…

He bajado el portafolio con mis libros y cuadernos del momento. Descorro el cierre, pero no saco nada. La vista es tan plácida hacia los valles del Tuy y hay tanto verdor en los alrededores que no provoca ni pensar. Además, mis pensamientos de estos días han estado ausentes de verdor, un poco influenciados por la oscurantina (sé que invento una palabra, pero así me ha salido) que ha signado nuestros días, esa lánguida nube gris que se ha posado sobre nuestros sueños y nuestra aparente vigilia.

Hoy he recibido una grata invitación del poeta Roberto Resendiz, para participar en un Encuentro de poesía que él organiza en Michoacán, México, lo que por una parte me llena de alegría. Le respondía yo que llegaba en buen momento este convite, pues "... acá los tiempos (todos los tiempos) se hallan turbios... Pero la poesía hace saltar los brillos donde todo parece acabado, sin salida..." Mas, por otra parte, me vuelve a colocar en aquella encrucijada con la que me he topado toda mi vida: ¿soy yo poeta?

Quiero decir, ¿tengo el derecho, no a expresarlo, pues eso es cosa fácil, sino a considerarlo así? A juzgar por la alegría que me causó tal convite, pareciera que me considero poeta. Pero, si hemos de hablar de corazón, siempre he dudado de mi sino… Porque desde niño deduje, a fuerza de corazonadas, que la poesía es una religión, algo sagrado. Sé que hay quienes la consideran como un culto desacralizador. Pero incluso cuando se sirve de ella para expurgar a dioses y demonios, esto se cumple rindiendo un culto.

Y siempre me ha asaltado la duda de si seré yo tan fiel pretendiente como para transitar, de corazón, ese camino. ¿Cómo podía ser así, me decía yo sin comprender por qué, si desde aquellos desabrigados tiempos de la infancia, sobre todo desde sus largas noches, ya me angustiaba el rumor de la muerte de dios? Si debiera asomar un por qué ante tal duda -y ahora me siento animado a hacerlo- diría que, quizás porque el niño que fui, cada noche era emplazado por la sombra que palpitaba con sus luces más arriba del techo de mi cuarto; acaso porque, más de una vez, se vio cruzar ese techo para  abrazarse con el cosmos. Acaso porque aquel niño que se aterraba con la fábula de que ya dios había muerto, lograba –sin saber cómo- transmigrar de manera incomprensible a los confines de la inmensidad y, luego, no tenía a quién decirle nada, pues no sabría explicarlo.

¿Es ésa razón suficiente para considerarse alguien poeta? ¿Un poeta no es alguien que canta, esto es, que enuncia, prorrumpe en verbo, emite una dicción?  Sí lo es, me hallé afirmándome desde mis más tempranas remembranzas. Pero el poeta ha de ser alguien que, ante todo, escucha, me decía también. Es más -continuaba divagando-, no hay una palabra que sea suya, porque todo es dictado por una voz que jamás se alcanza a avizorar… Ella te lo dice todo, tú sólo te atienes a repetir lo dictado. Además, muchos de sus cantos viajan para siempre en silencio. Todo le vino al niño desde la oquedad de la noche. Y ese niño me lo concedió a mí por medio de sus cartas silenciosas.

¿Escribir poemas te hará poeta? No hay garantías, pero es parte del culto. Sólo que no hay que escribirlos porque sí; hay que escribirlos porque es mandato del cielo o de la voz o de los hados o de un inexplicable resplandor. Hay que escribirlos porque, de otro modo, no encontrarás el modo de respirar contigo. De modo que ser poeta y, sobre todo, comunicárselo a otros es empresa irrelevante. Es preferible callar en cuanto a ese tema.

Una vez fui atacado como por una reprimida fuerza y me encontré confesándome, de manera estentóreamente silenciosa, que era poeta, me dije: soy poeta… Y lo hice (remedando al querido Borges) con un conato de poema, evidentemente inédito. Fue una suerte de ineludible espaldarazo como para mitigar tanto escarnio, tanta indagatoria, tanta duda en carne propia… Aunque me causara asombro hablar y escribir así, tan afirmativamente sobre una condición de la que, por un inmenso respeto, jamás me he atrevido a hablar a vox populi. Líneas que vine a recordar en virtud de una larga y casual conversa que sostuvimos mi compadre Mario Amengual y este servidor con Rafael Cadenas, en las exequias de Don Armando Córdoba. Una de las expresiones que Cadenas nos soltó aquella tarde fue: - Uno no le dice a nadie: yo soy poeta. Uno no se presenta así. Luego añadió: - Tampoco diría, yo soy novelista (en el caso de que lo fuera…). Obviamente conversábamos sobre ese tema, sobre la diaria apelación que se hace de los rótulos y patrones, por encima de la esencia de las cosas. Fui incapaz de comentarles mi pecado. Pero me atreveré a dejarlo más abajo, porque he llegado a un punto de mi vida en el que poco me importa exponer máculas o particularidades…
                                                                           
Llevo unas cinco cervezas.  Suficiente. Pido una deliciosa ración de carne en vara y ordeno para llevar dos hallacas que (luego lo descubriremos) resultan ser las más divinas  que nos hayamos comido en años…  Vuelvo a casa y en el camino me consigo con el presente que me han pedido este año Yineska y Sebastián, un árbol de navidad para vestir la casa…

Nada como la casa, nada como el entusiasmo que con ella intercambiamos, para avivar el fuego que alienta, a veces desapercibido, en el seno de nuestros “discursos amorosos”…




Introito antipoético



Yo soy poeta.

Me importa un comino todo lo demás.

Soy un poeta solitario.

He tenido que aceptarlo, a mi pesar
y a pesar de los demás.
Soy un miserable poeta, un maldito;
no un poeta maldito,
ni alguien que añora ampararse
bajo la figura romanticona
o mítica del espejo de Narciso,
jugando a ser el poeta
o el elegido;
sino un hombre como cualquiera,
                       que padece el arrobamiento
del extraño mundo que inventaron
otros hombres como yo;
un hombre que tan solo querría vivir
cantando a cántaros,
hacia sus adentros,
buscando, sin prisas,
armonizar con la voz
que brota del fondo de sí mismo
y desde más allá;
esa voz arcaica y lejana
que se solaza y se besa
con cada esquina del cielo
y nos canta los padeceres
y el ritmo de un mundo
que, a fin de cuentas,
no fue inventado
por hombre alguno.

Yo soy poeta.

He tenido que convenirlo.

No soy un buen poeta o un mal poeta,
no es eso lo que busco o me desvela
-ni literaria, ni estilísticamente hablando-
pues, no se elige ser poeta;
sólo soy un hombre que vive en secreto,
delirando a sottovoce,
a espaldas del organigrama de vida
que predica el invento de un mundo
en el que deponemos nuestro respirar.


Soy poeta
a pesar de mis intentos sobrehumanos
-como los de un tozudo Sísifo-
por acoplarme a la miseria de orden
que se me exige ostentar,
como las plumas de un pavo real,
para luego poder demostrar en el circo
que cumplo con las metas
de un arduo oficio sin sentido
que no genera bien a nadie;
ocupación más absurda aún
que el pírrico esfuerzo de Sísifo.

Soy poeta a pesar de mí mismo,
un hombre que vive en la noche,
sigilosamente contemplando
las visitas de la luna desde su cama
o devanando, en la barra de un bar
y ante la vista de cualquiera,
el hilo con el que habrá de coser las telas
de la angustia y la serena esperanza.

Yo soy poeta.
Nunca se lo dije a nadie,
ni tampoco se lo he aceptado a nadie,
porque la poesía, su descubrimiento,
es, acaso, lo único sagrado
que haya vivido en mi vida,
amén de los naturales dones
que nos sirve la vida misma.
Porque la poesía, su revelación,
está en la vida misma: tan cercana,
tan a flor de piel, tan parecida al asombro
y tan pocas veces convocada;
qué perogrullada decir esto, pero es así,
ella es la única religión
que no clama por golpes de pecho,
mi único culto posible,
tan vivido y padecido, como para andar por allí
mancillándolo con reiterativas y egóticas arengas,
que no son sino una grosera e imperdonable
falta de respeto hacia la madre de todas las cosas
y hacia nosotros mismos, sus engreídos bastardos.

Pero hoy me encuentro agotado
de tanta doble mentira
y de trajear, por tanto tiempo
tan solemne vestimenta.
Y hoy quiero decir
(confesar, sería la palabra justa),
por una vez,
que soy poeta,
muy a mi pesar
y a pesar de los demás.
Y que hoy estoy más huérfano que nunca.



Caracas, a pleno sol del seis de diciembre de 1996.




Fotos e imágenes: 1. Mi sombra en suelo bogotano. 2. Fotograma de la pieza teatral La clase muerta, de Tadeusz Kantor. 3. Fotograma del film Andrei Rubliov, de Tarkovski. 4. La noche captada desde el techo de la bella casa que tuvieran Salvador Garmendia y la Negra Maggi en Villa Croacia, Litoral Central. 5. La luna vista desde el taller de mi hermana, subiendo al El cerro El Avila por el Camino de los españoles.  

© [Luis Alejandro Contreras Loynaz/LetrasContraLetras - contracorrientes]. Todos los derechos reservados. Fecha de creación del blog: 2007. ©

viernes, 2 de diciembre de 2011

Señores de los vientos - A los zamuros, Glosa, lacl / Estoy en un punto muerto, lacl, conato poético.


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Generalmente lo que alimenta mi blog, viaja luego a mi página de Facebook. Hoy voy a proceder en orden contrario. Tomo una breve glosa escrita en Mayo de este año para un álbum de imágenes que subiera en mi muro, sobre esos conciudadanos que tildamos con el genérico nombre de  zamuros, agregando varias tomas fotográficas del referido álbum…

Y, un poco más abajo, añado un conato poético en torno a otro señor de los vientos, el gavilán. Un añejo y breve texto originado en cierto contrapunteo del pecho en un momento señero de mi vida…

Salud!
lacl 

A los zamuros o buitres no los quiere nadie o casi nadie. Hace unos tres o cuatro días, un zamuro con un ala rota anda merodeando por nuestras calles. No deja que nadie se le acerque, fiel a la desconfianza propia de una especie que no es muy apreciada por el hombre. Le he lanzado carne cruda y sale corriendo, aunque al retirarme, él se acerca al manjar y come.

Hace un año, más o menos, recogimos a un pichón que había quedado desprotegido. Tenía, según nos contaron algunas personas, como tres días deambulando por un parque público cercano. Pero a nadie se le ocurrió darle comida o tratar de ayudarle. Al parecer, la vida sólo cuenta si está en relación con nuestras humanas pequeñeces. Lo colocamos en una caja, lo llevamos a casa, llamamos a un jardín zoológico, pero ni siquiera ellos reciben a un zamuro. Les pareció cosa de risa. Nos dijeron cómo alimentarlo. Le bautizamos con el nombre de Tiburcio. Mi gran preocupación era lo que haríamos con él cuando creciera. Y mi consorte me dijo, en tono despreocupado, que sería excelente acompañante y comensal, cada vez que hiciéramos una parrilla. Bajaría del cielo cada vez que viera movimiento en la parrillera. Y me recordó que Luis Mariano * tenía un zamuro mascota en Canchunchú, que tenía la costumbre de picotear la mano de cualquiera que osara encender un cigarrillo. Era un zamuro muy educado y se llamaba Martín. Le dije que estaba más loca que yo y convine en criarlo si se salvaba. Pero Tiburcio había pasado muchos días de hambre y murió a los pocos días.

Las imágenes captadas del zamuro con alas desplegadas, son de principios de este año. A pesar de no ser, los buitres, los seres más agraciados dentro de la corte de la naturaleza y de que mucha gente les mira con ojeriza por sus costumbres carroñeras, hay algo de señorial en ellos, como lo muestra este ejemplar que vino a posarse en un hogar vecino para recibir el viento, unos días después de nuestra celebración a la Virgen de La Candelaria. Y nuestro Lao Tse ladrándole… ¿O, acaso, sería a la luna que despuntaba detrás del zamuro?

Las imágenes del zamuro del que hablaba al principio y con un ala lesionada, son las que corresponden al mes de Mayo. Había desaparecido por unos días de nuestras calles. Pensábamos que había muerto. Pero no, volvió y le estuvimos dando de comer hasta que volvió a desaparecer. Una criatura  muy señorial, al igual que el de alas desplegadas de principios de año...

(lacl)

* Luis Mariano Rivera, uno de los más egregios compositores venezolanos de música autóctona 








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Estoy en un punto muerto, lacl


Estoy en un punto muerto.

Soy un gavilán.

Fiel compañero de aquel que,
desde hace diez noches,
esgrime sus poderosos lamentos
de bestia solitaria,
sobre el techo de mi cuarto,
mi techo cosmopolita,
absurdamente ciudadano.

Cuando llego por las noches
y escucho su lamento solitario,
salgo al balcón
y bestializo mi cantar,
contrapunteamos nuestras soledades.

El está solo, en un punto muerto.

Yo estoy solo, en un punto muerto.

El punto desde el que cada cual
puede comenzar a batir sus alas y volar 


(lacl, forma parte de un cuaderno de apuntes y cantos escritos en la década de los 90)

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© [Luis Alejandro Contreras Loynaz/LetrasContraLetras - contracorrientes]. Todos los derechos reservados. Fecha de creación del blog: 2007. ©

sábado, 19 de noviembre de 2011

El único sonido de la noche


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El único sonido de la noche
que se despide
es el de un río crecido.
Es la lluvia persistente, generosa,
donando desde sus altas enramadas
sus cargados racimos
sobre nuestros suelos y techos.
Nos olvidamos, por un momento,
de la ley de gravedad,
de que la lluvia cae gracias a Newton,
hacemos abstracción de nuestro cuerpo
tendido en una cama,
de las insinuantes sombras en el cuarto,
de los cálculos, senos y cosenos
que hicieron posible
levantar nuestra morada,
nuestra crisálida que,
aunque no ha desaparecido,
ya no es la misma de la víspera.
Es cualquier recodo del mundo,
una morada extramuros
en el confín de la tierra,
con un río de aguas estentóreas
que pasa muy cerca lavándonos
el alma mientras anochece


4:50 AM
Enviado desde un móvil o celular, para algo tiene que servir... Me pegó como modorra levantarme de la cama a rasguñar estas líneas...

© lacl, es decir, un servidor.
(19 / 11 / 2011)








Letras contra Letras - TIEMPO DE VENDIMIA, Chino Valera Mora

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Letras contra Letras


TIEMPO DE VENDIMIA 


Me llevo bajo el brazo todos los poemas del Chino. El cielo pronostica lluvia, una lluvia morosa para tocar a la puerta. Ella, las nubes y yo lo sabemos; lo hemos conversado previamente.

Excusa suficiente para el alargue de mi partida.

Contra toda apuesta, logro emprender mi camino bajo nubes presagiosamente plomizas.

A medio camino, en un paraje lujuriosamente verde para una ciudad que fervientemente acalla los dislates de la savia y bajo un cielo ennegrecido, me detengo y abro el libro...

Me regala un poema de palabra justa, precisa, irremplazable; por cierto, sin acentos, gesto que agradece quien escribe desde un instrumento que nada pareciera saber de su existencia. Claro, en contrapeso, el Chino ha colocado un par de voces con enhe ...

Pero apartando estas minucias, el poema es todo un regalo para estas turbias soledades que semejan jornadas alumbradas por faros de luz sin alma ni calor...

Al leerlo casi puedo decir que siento una jovial y luminosa envidia. Puede haber algo tan pertinente para el pecho como un aguardado tiempo de vendimia ?


TIEMPO DE VENDIMIA

Bajas como gaviota en celo
En el primer peldanho de la escalera
nos besamos hasta manhana
Luego subes cuidadosamente
para no tropezar con la luna


(Escrito desde mi celular, para algo tiene que servir... Pido excusas si se presenta un desliz...)

* Ed. de Fundarte, 1994.


Fotografía de Vasco Szinetar


© [Luis Alejandro Contreras Loynaz/LetrasContraLetras - contracorrientes]. Todos los derechos reservados. Fecha de creación del blog: 2007. ©

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Letras contra Letras / LA VIDA CANTADA (II) María Calcaño, Piedras preciosas. / Es usted terriblemente poeta, Andrés Eloy Blanco. / María Calcaño, poema.

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Letras contra Letras


LA VIDA CANTADA (II)

En la anterior edición de Letras contra Letras, el fortuito encuentro de algunas lecturas dispersas, nos llevaron a un glosar sin rumbo anticipado o, si se prefiere, a un ensayar a la vieja usanza, navegando sin afanes exegéticos por las abiertas aguas del mar de las palabras. Eso sí, impulsados por la confluencia de vientos de distinto origen, pero confabulados en un mismo soplo, para convencernos de arrellanarnos en la barca, olvidarnos del timón y permitir que fueran ellos quienes nos mostraran horizontes.

Tales vientos fueron gestados en la dicción poética de María Calcaño y los asomos de vida y poesía en otros textos de Katherine Mansfield y David Herbert Lawrence, éstos de tono memorioso y ensayístico respectivamente, como puede verse en la entrada del 30 de Octubre en este blog...

Siempre he defendido la tesis de que la poesía surge donde quiere y como quiere: se levanta, como espiga, “a pesar de” y “donde quiera que” se le niega entrada; borda en el más mínimo gesto creado para enaltecer el humano vivir, pero también lo hace en toda aquella creación que excede nuestra desamparada identidad. Y, claro está, borda en todo lo creado conforme a las honras que les debemos al cosmos, si es que todavía cupiera esperar que los hombres alberguen una piadosa reverencia hacia su entorno.

No negamos que, acaso, conformen una inmensa mayoría quienes ligeramente piensan que cielos y estrellas muy poco tienen que ver o hacer en nuestras obras, no sólo en las nacidas por una necesidad de canto, de adoración, de mística inquisición o de,  incluso, rebelde clamor ante ese ávido e inmensurable temblor que nos sobrepasa (llámesele noche, caos, cosmos o universo), sino en las que se tienen por más apegadas al diario vivir, las de la “cosa práctica y taxativa”. Es más cómodo y seguro ensalzar todas aquellas creaciones o invenciones que elevan nuestra psique a la altura de “dioses” (quizás, el único momento en que luzca natural hablar de lo sobrenatural) y enfilar todas las baterías en pos del triunfo de un henchido ego.

Pero la poesía resplandece no sólo donde se la pretende con el humilde o rendido tesón de la palabra enamorada, sino donde menos se la espera: en el callejero azar, en una frase captada en el aire o en la más detallista de todas las sagas del contar... Y nace allí para que nos estrujemos los ojos ante el asombro, nace por doquier para poner la arrogancia del yo en el lugar que le corresponde: el del soterrado silencio de nuestra voz para la comunión con el cosmos. Siempre he creído en la existencia de alguna sinonimia entre el alma y el cosmos. Pues si el alma es inasible e infinita, cuasi incuantificable sin dejar de gozar de orden y estructura, no puede negarse que luzca ella como un espejo del cosmos, que goza de las mismas cualidades…

En varias oportunidades he escuchado (y creo que también he leído) a Rafael Cadenas atestiguar que la más alta poesía de algunos de los más excelsos poetas, se encuentra es en sus glosas, en sus anotaciones, en sus ensayos o, incluso, en sus cartas. Impresión que yo comparto. No lo hace por aminorar lo obra de tales poetas. Nada más lejos de eso. Lo hace porque resulta ser una pura y límpida verdad. Es en el trazo no buscado, en el des-intencionado abocetar, donde surgen, sin bridas, las más hondas y libres resonancias de motivos que abren, por arte de magia, nuevos mundos, lúdicas exploraciones, impensados horizontes, que no destellan con igual diafanidad en el intento poético en sí mismo. 

Cuando, noches atrás, leyera yo la apretada lindeza en las letras de un poema de María Calcaño, plagado de sutil moderación y verdad; lectura luego seguida de algunas ensayísticas y memoriosas líneas de D. H. Lawrence y Katherine Mansfield (en ese orden), vino a mi mente ese asunto que nunca deja de estar presente. El asunto de la vida sencilla y (¿por qué no?) de la vida poética, como real alternativa a esa celada de masa y locura que se nos procura imponer como un derrotado paraíso.

Pero la sencillez nombrada en ese poema de María hizo juego con la sencilla aspiración de una “vida plenamente vivida”, tal como fuera emplazada en las palabras de Katherine y David. Pero no voy a repetir nada de lo allí dicho, cuando eso está tan a la mano, si alguien sintiese buena gana de leerlo.

Días más tarde, abrí nuevamente al azar el tomito antológico de poesías de María Calcaño (1) y recibí otro regalo más hermoso aún, el poema que aparece en la página 95, intitulado Piedras preciosas.

Remedaré lo que expresara yo en otra plaza: sin querer caer en el riesgo de sonar altisonante, me atrevo a decir que Piedras preciosas es uno de los poemas breves más hermosos de la lengua castellana, donde se consuma un erotismo místico con el cosmos, nada más, nada menos.

Y acá lo dejo para cerrar, por el momento, estas notas. Ojalá  y venga a pasearse algún ojo curioso para su disfrute. En verdad no creo que haya pérdida en su lectura…


Piedras preciosas

¡Qué manto augusto de piedras blancas,
de luces regias mi colcha cubre,
cuando de noche,
sola en el cuarto, yo me desnudo
junto a la cama sencilla y pobre!

Como en mi vida
nunca he llevado piedras preciosas,
tiemblo de gozo
cuando me tiendo...
Entra en el cuarto,
en bocanadas de luz, el cielo,
y en mi cuerpo, clave de ensueño,
se abren las alas de las estrellas
como luciérnagas maravillosas.


1. María Calcaño, Editorial de la Universidad del Zulia, Maracaibo, Venezuela, 1983.

***

Carta de Andrés Eloy Blanco a María Calcaño.

La impresión que un poeta cabal puede dejar en otro poeta cabal. Se trata de una carta de Andrés Eloy Blanco dirigida a María Calcaño, luego de leer sus poemas, ante los cuales no pudo evitar su admiración. Y le escribe con esa imaginería propia de Andrés Eloy, tan jovial como hermosa y fidedigna. Aquí la dejamos... 
(¡Salud! lacl)


Admirada María Calcaño:

Estuve unos días fuera de Caracas y es hoy cuando puedo escribirle. Excúseme.

Se abre el libro, y se enciende como yesquero. Se cierra, se apaga, pero queda uno chamuscado.

Todos los poemas del libro me gustan. Todos. Es usted terriblemente poeta, y es intrépida y honda: "hasta no saberle el tamaño". ¿Vive usted en Maracaibo definitivamente? ¿Cómo fue eso de publicar en Chile? Yo quisiera saber cosas de usted, María. ¿Quiere contarme como recibieron su libro?

¿Y que edad dice usted que tiene?

Lo que sé de usted es que es una gran poeta y un admirable y tierno corazón de diablo. Y que hace arder las manos. Le admira mucho su agradecido

Andrés Eloy Blanco

Mi dirección: quinta San Luis, El Paraíso, Caracas

P.S. Los últimos tres días he estado acompañando a mi madre, pues cayó víctima de una peste de las que tumban al más pintado. Sírvame de excusa por no haber agregado algunas notas adicionales de los diarios de Mansfield y los ensayos de Lawrence, ambos libros verdaderamente apreciables, pues he estado como un gitano dejando mis libros en su casa cuando he venido a dar una vuelta por la mía…

María Calcaño, poema.




Andres Eloy Blanco

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martes, 1 de noviembre de 2011

La vida cantada (I) María Calcaño, Katherine Mansfield, David Herbert Lawrence.

© lacl 
Letras contra Letras




La vida cantada (I)


Hace algunas jornadas tuve la fortuna de la entrega a lecturas dispersas, un gusto que cultivo desde que descubrí mi amor por ese íntimo bien del diálogo silente. Abrí al azar un poemario antológico de nuestra María Calcaño y me pareció que era mensaje de mi padre, pues lo abrí justo en la la página 131. El número 13, día de su nacimiento (que cayó Martes) lo tenía por número de honrosos dones, al igual que su hermano el 31; así que lo tomé pues por regalo suyo.

Lo cierto es que el poema de María Calcaño que aparece en esa página es, por su diafanidad, una sencilla convocatoria a desandar los trillados caminos del amor y todo un canto de rescate al amor puro. En la llaneza (que no puede más que ser franca) se corren los velos de la máscara para mostrarnos, en todo su esplendor, una epifanía que casi todos suponen encerrada en un arcaico baúl del que han perdido la llave.

Y tal poema vino a hacer juego con otras lecturas de gozosa ocasión, como lo fueron algunos pasajes del diario de Katherine Mansfield y un viejo ensayo de David Herbert Lawrence: Pan en América. Tales pasajes vinieron a hacerle juego a ese canto de la vida que se obstina en empinarse en los labios de quien se niega a dejarse a arrastrar por el olvido de la sangre y los permanentes achaques de una vieja señora que ve el mal hasta en las sinuosas sombras de las enramadas acariciadas por el viento. 

El poema de María Calcaño me hizo recordar, en general, lo que he leído de la obra de Lawrence, específicamente, ciertos pasajes ideados por ese minero del verbo, quien fue un maestro en plasmar o, acaso, más bien en develar el pensamiento profundo de mujeres y hombres, en lo que toca a las más elementales fuerzas e impulsos del ánima y de nuestra vitalidad interior, con sus instintos, con sus –tan en reiteradas ocasiones- desacralizadores procesos mentales de las primigenias premisas del vivir, tal como lo hizo en muchas de sus novelas (pienso, sobre todo, en esa saga elegíaca que nos regaló con sus novelas Mujeres enamoradas y El arco iris). También me trajo a la mente, algunos poemas del inglés, así como aquel hermoso relato que bautizara con un lacónico: Sun (Sol).

La declarada y escueta sencillez de ese poema de María, se nos abre como con cierta desfachatez, con cierto desplante ante los aherrojados patrones de conducta que rigen a todo mundo o “casi” a todo mundo. No se piense que porque el mundo moderno haya “aprendido” a desnudarse en público, que los seres humanos han superado ya los viejos achaques de la moralina. En líneas generales, el ser humano vive tan cargado de prejuicios como lo estuviera siglos atrás. Y es una gracia que tan sólo un poema logre hacernos volver la mirada a nuestro sol interior, tal como puede hacerlo una compleja novela.

Y porque en mis manos cayera, en esas noches, el diario de Mansfield y, porque no por obra de casuística, invocara ella el sol para la vida, a pocos meses de su preanunciada muerte y un poco antes de internarse en el Centro para el desarrollo armónico del hombre, creado por Gurdjieff en Fontainebleau, es que acá emplazaré algunos pasajes de Mansfield y Lawrence, para servir de acompañantes a María…



Salud!
lacl

 *   *   *   *   *

Si vamos a la ciudad
no vayas a tomarme del brazo.
No quiero parecerme

a esas mujeres
que llevan hombres aburridos.

Sin doctores,
ni iglesias

ni papeles.
Nosotros nos casamos

por amor.


¡Vamos!

¡Como en el campo!

Cogidos de la mano

retozando…

¡Como si fuera domingo!

Como un par de campesinos.
Como somos.

¡Vamos!

Que se rían de nosotros,

pero que se rían
con envidia.




 *  *  *  *  *
Katherine Mansfield


Octubre 10 de 1922


(Hablando consigo)


“…Bueno, Katherine, ¿qué entiendes por salud? ¿Y para qué la quieres?


Contestación: Por salud entiendo el poder llevar una vida plena, adulta, vivaz, el poder respirar en estrecho contacto con lo que amo: la tierra y sus maravillas, el mar, el sol. Todo lo que entendemos cuando decimos el mundo exterior. Quiero penetrar en él, ser parte de él, vivir en él, aprender de él, perder todo lo que es superficial y adquirido en mí, volverme un ser humano consciente y sincero. Al comprenderme a mí misma, quiero comprender a los demás. Quiero realizar todo lo que soy capaz de ser para poder ser (y aquí me he parado, he esperado inútilmente, una sola expresión dice lo que hay que decir) una hija del sol. Si uno habla del deseo de ayudar a los demás, de llevar una luz y otras aspiraciones semejantes, parece que uno mienta. Que baste esto. Ser una hija del sol.
 Y luego quisiera trabajar. ¿En qué? Quisiera vivir de manera que me fuera posible trabajar con mis manos, mi corazón y mi cabeza. Quisiera tener un jardín, una casita, la hierba, animales, libros, cuadros, música. Y que de todo eso sacar lo que quiero escribir, expresar todas estas cosas. (Aunque escriba sobre cocheros, eso no importa.)…"




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David Herbert Lawrence

Pan en América, ensayo aparecido en Fénix, libro póstumo.


“… Gradualmente, los hombres se trasladaron a las ciudades. Y amaban más la exhibición de la gente que la exhibición de un árbol. Les gustaba la gloria obtenida al vencerse unos a otros en la guerra. Y, sobre todo, amaban la vanagloria de sus propias palabras, el fausto de la discusión y la vanidad de las ideas. Por eso, Pan se tornó viejo y de barba gris y con patas de chivo, y su pasión fue degradada por la concupiscencia de la senilidad. Su fuera para marchitar y vivificar mermó. Hasta que, finalmente, el viejo Pan murió y fue convertido en el demonio de los cristianos, con sus pezuñas hendidas y los cuernos, la cola y la risa burlona. Satanás, el viejo señor culpable de todas nuestras maldades, pero más que nada de nuestros excesos sensuales… esto, es lo que quedó del Gran Dios Pan.
Eso es extraño. Es un fin muy extraño para un dios con semejante nombre. ¡Pan! ¡Todo! ¡Eso que es todo tiene patas de chivo y cola! …”

Bibliografía:

María Calcaño, Editorial de la Universidad del Zulia, Maracaibo, Venezuela, 1983.

Katherine Mansfield, Diario 1910 – 1922, Parsifal Editores, Barcelona, España, 1994.

David Herbert Lawrence, Fénix (Phoenix), Ediciones Adiax, Barcelona, España, 1982.


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