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jueves, 24 de febrero de 2011

Guarida de los poetas - Jorge Luis Borges: Sobre lo cifrado de toda inscripción. / JLB: LA CIFRA - Prólogo a "Los conjurados", Jorge Luis Borges, 1985. / Sala documental. Borges, sencillamente Borges. Arte poética, Límites, Poema conjetural, Everness. Borges por él mismo. Manuscrito hallado en un libro de Joseph Conrad.

© lacl 

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¿Dónde carrizos habría puesto yo mi ejemplar de La Cifra? Esa es una de mis consuetudinarias preguntas en lo que toca a los libros que podríamos llamar de cabecera. Lo había sacado de su anaquel, tiempo atrás, en compañía de Los Conjurados, debido a un afortunado reencuentro con tales lecturas. 
Y es que si algo llevo en la memoria, tatuado como con las llamaradas de una vela que acercamos de improviso a faz o a corazón (no lo sé, a ciencia cierta) es la conmovedora Inscripción que abre La Cifra y la otra, no menos sentida, que abre Los Conjurados.

Son escritos con emoción. Y ese es un asunto que Borges se cuida de nombrar a la hora de señalarnos el equilibrio que ha de convocarse entre intelecto y poesía, a la hora de intentar integrar esos procesos en la creación de un poema. Borges se cuida de acotar que se trata de la creación intelectual de un poema. Y eso, me parece, es muy importante mantenerlo presente pues, Borges nunca se consideró un poeta a la altura de los grandes poetas que admiró, por el simple hecho de que, para escribir poesía, no hallaba soltura en verso libre, no se sentía cómodo. Es decir, debía imponerse una brida, de metro y rima, aunque no en todos los casos, para poder expresarse poéticamente. Ello sustenta su no oculta admiración por el verso de Whitman, que logra alcanzar según Borges, lo más alto a que puede aspirar un poeta: el ritmo. 

A pesar de estas consideraciones humildes de Don Jorge Luis con respecto a su propia obra, yo lo estimo como un grandísimo poeta, pues no puedo olvidar cierto estremecimiento en la piel convocado por sus letras. Estremecimiento que Robert Graves atribuiría, sin más, a la Diosa Blanca y no al autor Borges. Mas lo cierto es que todo poeta fidedigno o, como le nominara Whitman, todo poeta cabal, cultiva su propia poética. No hay poeta sin poética. Aunque no la formule sesudamente a través de la palabra crítica. Es perentorio acotar,  sin embargo, que en una de sus últimas entrevistas, Borges desdijo esa teoría sobre el verso libre y la calificó como errónea. 

Por suerte, tengo “back up”, pues hace algunos años pude conseguir, a muy buen precio, tres volúmenes de las obras completas de JLB. Los he tenido por varios meses rodando por la casa. Menos esquivos que los cachorros sueltos. Me he ido al volumen tercero y, una vez más, como suele sucederme, ábrese el volumen en la página que convoco, aquella que reza: La Cifra (1981). Palabra cierta, dice mi madre.


Y no sé, me dirán que no son creaciones poéticas, pero a mí, tanto la Inscripción de La Cifra, como la de Los Conjurados, me parecen entregas tan empapadas de poesía como el más logrado soneto o la más complicada Elegía. Y son escritos en los que, cosa rarísima, dejó Don Jorge Luis Borges traslucir uno de los acicates del vivir y, por ende, de la poesía: el más alto amor.


“El que da no se priva de lo que da. Dar y recibir son lo mismo”, dice Borges en la Inscripción de La Cifra.


“Sólo podemos dar lo que ya hemos dado. Sólo podemos dar lo que ya es del otro”, dice, luego, en la Inscripción Los Conjurados.


Traigamos unas palabras de Carl Sandburg con respecto a poética, “La poesía es el diario escrito por una criatura del mar, que vive en la tierra y desea volar”, para luego darle paso al “Arte poética” de Borges, seguido de otras lecturas, no sin antes dejar aquí un par de textos, uno de La cifra y otro Los conjurados

(lacl)



LA CIFRA
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La amistad silenciosa de la luna
(cito mal a Virgilio) te acompaña
desde aquella perdida hoy en el tiempo
noche o atardecer en que tus vagos
ojos la descifraron para siempre
en un jardín o un patio que son polvo.
¿Para siempre? Yo sé que alguien, un día,
podrá decirte verdaderamente:
No volverás a ver la clara luna,
Has agotado ya la inalterable
suma de veces que te da el destino.
Inútil abrir todas las ventanas
del mundo. Es tarde. No darás con ella
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Vivimos descubriendo y olvidando
esa dulce costumbre de la noche.
Hay que mirarla bien. Puede ser la última.
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Prólogo a "Los conjurados", Jorge Luis Borges, 1985.
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“A nadie puede maravillar que el primero de los elementos, el fuego, no abunde en el libro de un hombre de ochenta y tantos años. Una reina, en la hora de su muerte, dice que es fuego y aire; yo suelo sentir que soy tierra, cansada tierra. Sigo, sin embargo, escribiendo. ¿Qué otra suerte me queda, qué otra hermosa suerte me queda? La dicha de escribir no se mide por las virtudes o flaquezas de la escritura. Toda obra humana es deleznable, afirma Carlyle, pero su ejecución no lo es.
No profeso ninguna estética. Cada obra confía a su escritor la forma que busca: el verso, la prosa, el estilo barroco o el llano. Las teorías pueden ser admirables estímulos (recordemos a Whitman) pero asimismo pueden engendrar monstruos o meras piezas de museo. Recordemos el monólogo interior de James Joyce o el sumamente incómodo Polifemo.


Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso. No hay poeta, por mediocre que sea, que no haya escrito el mejor verso de la literatura, pero también los más desdichados. La belleza no es privilegio de unos cuantos nombres ilustres. Sería muy raro que este libro, que abarca unas cuarenta composiciones, no atesorara una sola línea secreta, digna de acompañarte hasta el fin.
En este libro hay muchos sueños. Aclaro que fueron dones de la noche o, más precisamente, del alba, no ficciones deliberadas. Apenas si me he atrevido a agregar uno que otro rasgo circunstancial, de los que exige nuestro tiempo, a partir de Defoe.


Dicto este prólogo en una de mis patrias, Ginebra.


J.L.B.


9 de enero de 1985
 

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Borges, sencillamente Borges…

Arte poética
https://www.youtube.com/watch?v=zCO46pcXoeg



LÍMITES, Jorge Luis Borges.

Hay una línea de Verlaine que no volveré a recordar.
Hay una calle próxima que está vedada a mis pasos,
hay un espejo que me ha visto por última vez,
hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo.
Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos)
hay alguno que ya nunca abriré.
Este verano cumpliré cincuenta años;
La muerte me desgasta, incesante.

https://www.youtube.com/watch?v=6nMFVdF_DM4

POEMA CONJETURAL



Everness

http://www.youtube.com/watch?v=V6VjKoMHZLU&feature=related

Everness, Jorge Luis Borges

Sólo una cosa no hay. Es el olvido.
Dios, que salva el metal, salva la escoria
y cifra en Su profética memoria
las lunas que serán y las que han sido.

Ya todo está. Los miles de reflejos
que entre los dos crepúsculos del día
tu rostro fue dejando en los espejos
y los que irá dejando todavía.

Y todo es una parte del diverso
cristal de esa memoria, el universo;
no tienen fin sus arduos corredores

y las puertas se cierran a tu paso;
sólo del otro lado del ocaso
verás los Arquetipos y Esplendores.



Manuscrito hallado en un libro de Joseph Conrad



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lunes, 21 de febrero de 2011

Letras contra Letras. Digresiones de un divagador… y algunas palabras en torno a humanismo y un libro de Edward Said. / La amistad y los libros. / Una callada lujuria por la vida, Alberto Amengual. .

© lacl 
















Hace unos días tuvimos la grata visita de mi compadre Mario Amengual, ocasión para retomar una conversa que ha de llevar ya unas tres décadas de iniciada, hecho sucedido una noche en la que una modesta pregunta como la que él me formulara, “Poeta, ¿usted bebe?”, recibiera un “algo” como tímida respuesta. Eso fue al salir de una clase conjunta con la querida Mery Sananes, en la Escuela de Letras de la UCV. Pasamos algo así como dos o tres noches con sus días, recorriendo bares, botiquines y polleras de Caracas, haciendo pausa en casa de mis viejos y, si mal no recuerdo, haciendo otro alto en la casa de su también querido hermano Alberto.

Hago esta memoria porque varias cosas gratas me han pasado esta semana. La ya referida visita de Mario, cuyo colofón fue su regalo del conmovedor libro del aludido Alberto, publicado el año pasado, Una callada lujuria por la vida, así como un ejemplar de una de las novelas del propio Mario, El cantante asesinado, para que la obsequie a quien me plazca; hecho por mí retribuido al obsequiarle el que considero mejor libro que he leído en los últimos cinco años, en lo que toca a una noción manoseada (y acaso fuera de moda para la insobornable prisa moderna), como lo es el humanismo.

Me refiero a Edward Said y su libro Humanismo y Crítica Democrática, cuyo subtítulo reza: La responsabilidad pública de escritores e intelectuales. La alegría viene deparada en la relectura de tal libro y en saber que a mi compadre ese libro también le ha subyugado, por decir lo menos. Creo que la amistad que nos une se funda grandemente en el asombro que nos causa, justamente, la falta de asombro en que vive –grosso modo- el ser humano, tanto como su deserción ante inquietudes vitales, su abolición de preguntas en torno al relacionarse con aquello que Alfonso Reyes tan agudamente denominara “dulzura ambiente” y la falta de tempo para lo que realmente vale la pena en el vivir, como es la vida misma.

En fin, escribo esta nota al desgaire, un poco sin motivo claro o, acaso, con demasiados motivos… Esa noche estuvimos leyendo en voz alta varios de los poemas de Alberto. Hay una redondez en ellos que resulta conmovedora. Circunferencia de la voz. Entrega incondicional a la diafanidad del decir, por lo que me voy a permitir reproducir, al final, uno de tales poemas, que fue muy de mi gusto.

He alternado la lectura de ese libro con el de Said en los días sucesivos y el gesto ha resultado placentero. Me vi forzado a aminorar un tanto la lectura de Vida y Destino, extraordinaria novela que debemos a la mano de Vasili Grossman, escritor execrado durante el proceso de “apertura” de Nikita Jrushov. Jrushov (o, como más se conoce por los medios de prensa occidentales, Krushev) no escatimó medios para soterrar la amenazante sombra paterna de Stalin, pero no alcanzó a vislumbrar que sus tácticas para acabar con el ubicuo fantasma no podrían evitar el inicio de la caída de esas piezas de dominó que conformaban una ilusión designada con las siglas URSS.

El poemario de Alberto, lírica de lo íngrimo, apostilla del ver, y lo que llevo leído de la saga de Grossman, torbellino de muchedumbres, gesta de la crueldad y, a un tiempo mismo, de humanidad, acaso nacida de otra lírica de lo íngrimo, otra anotación del mirar, vienen a hilar desde puntos distintos en esa misma tela con la que Said tiende la mesa.

Y, si se me da la ocasión, he de extrapolar un poco los asuntos abordados por Said, por interpuestas personas. ¿Puede un poeta liando sus bártulos desde lo íntimo, desde la adustez de su propia soledad o, como planteara Rilke a un joven poeta, desde lo pequeño e inopinado hacia lo que nadie o casi nadie más presta atención, abordar y enaltecer los valores de la humanidad y de la historia o, si se quiere, de la historia de la libertad? Definitivamente puede. Tanto como lo puede la más afanosa de las epopeyas memorada por un relator que, bien mirado, igualmente habla desde lo íntimo, desde lo pequeño e inopinado hacia lo que nadie repara, como puede ser su propia soledad arrasada por la multitud.

Otro hecho fortuito de la semana es la inesperada llegada de más libros a nuestra casa (¡faltaría más!). Se suponía que recibiríamos algún aparato doméstico, debido a los reacomodos inmobiliarios de mi familia política, mas no cajas cargadas de aparato crítico de muy diversa índole, amén de novelas, poemarios, memorias, filosofarios, libros de alquimia… El caso es que mi suegro, con quien tanta familiaridad siento a pesar de no haberle podido conocer en vida, ha querido hacernos un legado y en la camioneta han venido unas cuantas cajas con sus queridos libros, amén de otros más de mi “adorado tormento” que nunca se llevó de su casa. He pasado un par de días conversando con ellos y por la noche, en lo que queda de tiempo, vuelvo a la lectura un tanto menos dispersa. Entre sus libros encuentro varias joyas: Totemismo, de Frazer, un volumen con varias obras de Voltaire estupendamente encuadernado por mi suegro -quien fue litógrafo-, clásicos griegos, obras de Paracelso, Galileo, muchos volúmenes de las obras completas de un “desconocido” Amado Nervo, edición al cuidado de Alfonso Reyes, quien escribe varias extraordinarias semblanzas de su conterráneo (no pude evitar leerlas), el diccionario filosófico de Ferrater Mora (la edición de gran formato, en dos tomos) y muchos libros más. No sé de dónde habré de sacar tiempo no sólo para el acomodo de las obras recibidas, sino para su degustación, pero nos las arreglaremos…

Pero volviendo al tema, esto es, al discurso, al combate contra la falta de hilo -dispersión que puedo atribuir, en mi descargo, al hecho de haber estado sometido, por muchos días, a la incomunicación informática, gracias al ingenio de los siempre aguzados corsarios cibernéticos- quiero decir que quien se toma el riesgo no sólo de poetizar o de narrar, sino incluso de simplemente imaginar, a la luz del especializado oscurantismo moderno, no puede evadir la vital pregunta ¿Tiene sentido el devaneo del pensamiento o el devanarse del espíritu ante la intriga incomprensible que postula la locura colectiva que a todos se inculca como razón inconmovible? Definitivamente tiene.

Si toda obra literaria es, en sí, el fruto de un trabajo intelectual, amén de envolver en esa labor el universo emotivo, la dimensión espiritual y hasta el hado de lo intuitivo (aquella fuerza penta-dimensional a que alude Robert Graves como signo de la poesía), no podemos soslayar que el intelectual, para decirlo con las palabras de Said, haya de ser un “…vigía de la humanidad…” y que algunas de sus luchas consisten “…en protegerse de la desaparición del pasado e impedirla…” así como en “…construir con el fruto del trabajo intelectual campos para la coexistencia en lugar de campos de batalla…”

Y ahora sí, acá dejo colgado el poema de Alberto Amengual.

Fin de partida *

a Xavier Salas
La travesía llega a su fin
y la nave encallada
cómplice
de una gaviota de inmaculado vuelo
agita sus maltrechas velas
en señal de amorosa despedida

En homenaje a su fidelidad
trazo sobre la arena
inextricables escenas guerreras
sin vencedores ni vencidos

Parado frente al mar
solo y sin alternativas
como un héroe trágico
miro sin cesar el horizonte
de mi puntual destino
señalado por los astros al nacer

Mi espada no volverá a ser espada
sino remo de madera pulida
y reloj ya sin arena
el fatídico mensaje
de un cuerpo que vuelve a su origen.


* Alberto Amengual. Una callada lujuria por la vida, Fundación Editorial El perro y la rana, Colección Poesía Venezolana / Contemporáneos, Caracas, 2009.
Otro libros citados:
- Mario Amengual, El cantante asesinado, BID&CO EDITOR, Caracas,2010
- Edward Said Humanismo y Crítica Democrática, cuyo subtítulo reza: La responsabilidad pública de escritores e intelectuales. Ramdon House Mondadori, DEBATE, Caracas, 2006
- Vasili Grossman Vida y Destino, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2008

- Lo afirmado por Graves puede encontrarse en uno de los ensayos incluidos en el libro Los dos nacimientos de Dionisio, Seix Barral, he citado de memoria y no tengo el libro a la mano...








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jueves, 27 de enero de 2011

Ya no hay más “Lectura”, lacl. - Una esquela sobre el cierre de una de las decanas de nuestras librerías.

 © lacl 

Siempre resulta una mala nueva el que una librería a lo tradicional (esto es, una dedicada al saber, la cultura, las artes, las ciencias y el humanismo; no ese nuevo concepto de espacio donde lo que se ofrece es quincallería de ocasión, un poco más allá de los libros de autoayuda y de “filosofía” encapsulada) se vea forzada a cerrar sus puertas, pero cuando le toca a una de las decanas, es como para entristecerse. Ya no hay más “Lectura”, se acabó, c´est fini, no dio para más… Luego de casi seis décadas de librera labor, se mudó al sótano de los recuerdos, mientras que esa bóveda subterránea en la que se mercadeaba el saber se ha convertido en otra plaza despoblada, otra comarca erosionada en este fingimiento de país del que somos arte y parte... Y me atrevo a hincarme en una palabra que hoy -de manera maniquea, sensiblera y maquillada de moralina- es denostada, mal vista y ultrajada, para hacer alusión a un culto que en Lectura, como en otras ancestrales librerías de Caracas se cumplía: el del mercado del espíritu… ¡Y nadie debería taparse la nariz por haber juntado yo mercado con espíritu en una misma frase! Sólo los militantes de la inopia o de enceguecidos credos, amén de algunos pícaros y oportunistas, habrán de darse por ofendidos, el tipo de gentes a quienes les encanta ejercer la autoridad o padecerla con gozo masoquista.
Porque mercado y librería no significan “todo” lo que solían significar antaño es que estamos como estamos, sobrellevando un colectivo empobrecimiento de lengua y espíritu que, como peste, cabalga a paso de vencedores. Cuando Pound le propone a Whitman, en su poema Pacto, “que haya comercio entre nosotros”, no me parece que se estuviera refiriendo a derechos de autor o majaderías por el estilo.
¿Qué fueron los mercados, si no plaza de encuentro para los ciudadanos de toda urbe? ¿Acaso no lo siguen siendo hoy? ¿Por qué habría de ser más importante para el común mortal, el mercado petrolero o el de Wall Street que el añejo mercado de hortalizas o la vieja librería de la esquina? A mi parecer, quienes bruñen la autoridad como un reverenciado talismán, mientras se apropian de su ejercicio, son mucho más responsables del empobrecimiento de la lengua y del espíritu que el distraído hombre de a pie.
En fin. Algunos lustros atrás, me paseaba yo por las estanterías de “Lectura” y debo confesar que se me hacía agua la boca, al tanto que se me arrugaba el corazón, por no poder adquirir la ingente y variada cantidad de buenos títulos que allí concurrieron a exponer sus atavíos ante los comensales de las cifras… ¿Cuántas veces no oculté yo en algún recoveco de sus estanterías un título de precio inalcanzable, en la esperanza de poder llevármelo en una próxima visita? ¿Cuántas veces no pillé a algún otro amante de los libros concibiendo y perpetrando disimuladamente la misma treta? Quién habrá de recordarlo, no lo sé, pues a Lectura poco iban ya quienes antaño fueran sus habituales visitantes.
Walter Rodríguez, librero insignia en este sainete de país que más parece un disoluto principado, estuvo tratando de evitar el cierre que hoy se ha consumado. Pues si al principado le resulta un caso de lesa humanidad el que usted trate de mantener bien surtida su vitrina, sea de verduras, libros o enseres, ¿qué caso tiene?
La ciudad se mueve, los hábitos cambian, en tanto que encarnamos una nación de desmemoria en la que se abusa de consignas de hojalata ante las que, sin embargo, buena parte del vulgo exhibe cada vez menos conformismo. 

Luis Alejandro Contreras
26/01/2011

Las fotos fueron seleccionadas de la enorme cantidad que tomara nuestro querido Juan Ernesto López, la noche de presentación de contracorrientes - sentencias en incertidumbre, el 14 de Diciembre de 2006. Sello BID&CO EDITOR, Colección Manoa.


Otra fuente: http://letrascontraletras.blogspot.com/2007/07/blog-post.html 

GALERÍA DE IMÁGENES

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viernes, 14 de enero de 2011

El Viento que penetra, lacl, Ante el Ching 57, surgieron estas líneas… / Hexagrama 57 / Per Nørgård - I Ching - Hexagram No.57 ''The Gentle, the penetrating''

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El Viento que penetra


Ante el Ching 57, surgieron estas líneas…






La duda está en el aire,
pero no es el viento su vasija;
él sólo transporta, en su liviandad,
nuestras excrecencias, cenizas e impurezas.

Ciclos y círculos de apaciguada serenidad
componen los días del hombre;
mas, para él, pasan inadvertidos.

El ajetreo citadino
sofoca su respiración y
nubla su vista,
procurándole a la duda
una preeminencia que no tiene.
Y él termina convirtiéndose en
un ser malcriado, chabacano
y cruel para con los otros.

Pero a algunos pocos
les llega una agraciada hora,
la hora de detenerse.

Les llega el momento
de sentarse,
de respirar,
de cerrar los ojos,
de abrirlos,
de ver
y de olvidarse.

Y es ésa la hora de los dones,
pues, en lo ordinario
subyace lo extraordinario,
en lo desatendido
se recrea el embelesamiento
de una rendida providencia.

Y el viento les penetra.


(cuarta versión, septiembre 18 de 2010, madrugada )














 Hexagrama 57






Per Nørgård - I Ching - Hexagram No.57 ''The Gentle, the penetrating''


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jueves, 13 de enero de 2011

Tao Te Ching, I 11 de enero, 4 am.


Tao Te Ching, I
11 de enero, 4 am.

Esta madrugada me asaltó, en el entresueño, la primera frase del Tao, evidentemente, una nota al margen venida desde las sombras para acodar mi anterior nota. Es la frase que reza:

...El Tao que puede ser expresado no es el Tao eterno...

Muchas traducciones del Tao-Te-Ching adolecen precisamente de esa fisura, quieren expresar lo inexpresable. Y colocan nominaciones tales como Sentido o Caos, donde lo que debe leerse es TAO…

El Tao incita a ir más allá de las trampas del lenguaje que, bien mirado, funge (no pocas veces al día) como una máscara del yo. Sólo por tejer sus bordes en torno a tales trampas es que, para mí, este libro -esencialmente poético- nunca ha dejado de ser de cabecera…


Tao Te Ching, Ediciones Morata, Madrid, 1980. Versión de Caridad Díaz-Faes sobre la inglesa de Ch´u Ta Kao.

Tao Te Ching, LXXIX 10 de Enero, amanecer...




Tao Te Ching, LXXIX
10 de Enero, amanecer...




Ayer he reencontrado mi traducción preferida del Tao Te Ching (*) y la primera página que abrí, reza así:

A un gran odio ha de corresponderse con amor.
De otro modo, aunque el odio cese, siempre dejará huella.
¿Puede terminar esto felizmente?
Por ello el Sabio prefiere el lado izquierdo (**) en un acuerdo
y no le preocupa lo que hagan los demás.
El virtuoso acude al acuerdo.
El rencoroso a la exacción.
El Tao del cielo no tiene preferencias.
Se mantiene siempre al lado de quien obra bien.

(*) A pesar de ser una traducción de la versión inglesa de Ch´u Ta-Kao. Tao Te Ching, Ediciones Morata, Madrid, 1980.
(**) Antiguamente la derecha era el sitio de honor. El Sabio se mantiene a la izquierda porque no desea preferencia.
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miércoles, 12 de enero de 2011

Un maestro de la narración oral, Spencer Holst - El asesino de Papá Noel

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Un maestro de la narración oral, Spencer Holst
El asesino de Papá Noel

Hubo una vez una persona que terminó con las guerras para siempre, al asesinar a 42 Papás Noel. Todo empezó unos diez días antes de Navidad, cuando un Papá Noel del Ejército de Salvación fue asesinado en un barrio. Un diario de la mañana traía la noticia, pero al día siguiente otros cinco Papás Noel fueron asesinados y el hecho apareció en la primera plana de todos los diarios del país. Cuatro de ellos fueron asesinados mientras recolectaban fondos para el Ejército de Salvación, y el quinto fue apuñalado en la sección Juguetería de Gimbel‟s. ¡La gente se sintió ultrajada! ¡Cómo se indignaron! Pensaban qué monstruo, qué engendro debía ser ese tipo, quiero decir, arruinarles la Navidad a los chicos asesinando a Papá Noel. No se preocupaban por las vidas verdaderas de los hombres asesinados, tan sólo era el efecto que causaría a los chicos lo que molestaba a todos.

De manera que al día siguiente la ciudad estaba llena de policía metropolitana y estadual, agentes del FBI y hasta algunos funcionarios de Inteligencia de la Marina, agentes del Tesoro y funcionarios del Departamento de Justicia, todos los cuales encontraron pretextos para intervenir en el caso: y otros diez Papás Noel fueron muertos y no se atrapó al esquivo asesino.

Así que aquella noche todos los Papás Noel que estaban trabajando, convocaron a una reunión secreta para decidir qué hacer. Se daban cuenta de sus responsabilidades para con los chicos pero, por el otro lado, les parecía una especie de locura salir a la calle y ser atacados por este maníaco. De modo que un hombre, que era valiente y no tenía a nadie que dependiera de él, se ofreció para salir al otro día, disfrazado y con una fuerte guardia armada. Pero le cortaron la garganta en su cama, aquella noche. Así que al otro día no había Papás Noel en la ciudad. Y la gente estaba algo así como irritable y nerviosa, y los chicos lloraban, y no parecía Navidad sin los Papás Noel.

Pero al día siguiente, una volátil mujercita de Hollywood, una actriz que buscaba publicidad, salió vestida de Mamá Noel. Y la gente y sus chicos se agolparon en torno de ella, ya que era lo más aproximado a Papá Noel que andaba por la calle, y consiguió un montón de publicidad, y no la mataron. De modo que al día siguiente varias otras mujeres prominentes salieron todas vestidas de Mamá Noel, con el pelo empolvado de blanco y polleras coloradas y almohadones en sus vientres y sombreros de Papá Noel, y tampoco a ellas las mataron. Decidieron que a lo mejor el maníaco había dejado de actuar, así que mandaron a la calle a un Papá Noel como globo de ensayo, pero una hora después su cuerpo era conducido en una ambulancia al Bellevue Hospital, con tres balas alojadas en él.

Así que la Navidad de ese año transcurrió con Mamás Noel. Y el año siguiente empezó a ocurrir otra vez lo mismo, de modo que de inmediato mandaron a las mujeres otra vez a la calle. Al año siguiente pasó la misma cosa; y el siguiente, y el siguiente: y año tras año, este paciente y esquivo maníaco mataba a cualquier varón vestido de Papá Noel, hasta que finalmente en los diarios, en la publicidad y en las mentes humanas, Papá Noel retrocedió hacia el fondo y Mamá Noel se convirtió en la figura principal.

Quiero decir que Papá Noel todavía estaba allí. Hacía los juguetes en el Polo Norte y se ocupaba de los elfos, pero era Mamá Noel la que viajaba en el trinco tirado por los renos y se deslizaba por la chimenea y repartía los regalos y encabezaba el desfile de Navidad cada año. Y lo divertido era que a las mujeres parecía gustarles realmente ser Mamá Noel. Nadie tuvo que pagarles y se convirtió en una moda tal que las calles, en época de Navidad, estaban colmadas de Mamás Noel. Y a medida que el tiempo pasó, ellas empezaron a hacer pequeñas alteraciones en el traje tradicional, cambiando primero el matiz de rojo, y experimentando después con colores completamente distintos, hasta que al fin cada traje fue único y fantástico, hermosamente coloreado, bellísimo. Se convirtió en un verdadero honor el encabezar el desfile de Navidad. ¡Y a los chicos les encantó! ¡La Navidad nunca había sido así antes, con todas estas Mamás Noel y toda la excitación! Pero estos chicos, esta nueva generación de chicos que creció creyendo en Mamá Noel, eran algo así como distintos. Porque, fíjense, para los chicos muy pequeños Papá Noel es un dios. Y para la época en que dejan de creer en Papá Noel, empiezan a ir a la Escuela Dominical y aprenden acerca de un nuevo Dios. Y este nuevo Dios no les hace regalos. Es un poco rudo. Pero toda la vida anhelan a su antiguo dios de la infancia, a su dios Papá Noel.

Observen sus oraciones, lo que dicen: dame lo que deseo. Pero esta nueva generación de chicos que crecieron creyendo en Mamá Noel, parecía tener una actitud distinta hacia las mujeres. Empezaron a elegir mujeres para el Congreso y eligieron a una mujer presidente y mujeres alcaldes, hasta que muy pronto el país entero estuvo gobernado por mujeres. A ellas les preocupaban sobre todo cosas como la comida, y hubo mucha discusión en el Congreso acerca de varios regímenes, y bien pronto hasta los más pobres tuvieron mucho que comer; y estaban interesadas en las casas, y pronto ya no hubo escasez de viviendas. Pero había una cosa que no apoyarían. No pensaban hacerlo. Quiero decir, ¿qué posible razón política haría que estas mujeres mandaran a sus hombres a ser matados? ¡Era ridículo! De modo que con su poder político y su poder financiero y el prestigio de los Estados Unidos, obligaron y animaron a otros países a permitir que mandaran las mujeres. Así la guerra terminó para siempre. Los hombres siguieron haciendo lo que siempre habían hecho. Trabajaban en fábricas, y estudiaban matemática superior, y apostaban a caballos, y repartían el hielo, y discutían de filosofía. Pero estas discusiones sobre filosofía no ocasionaban que la gente se muriera de hambre y se matara entre sí. Y muy pronto, en todo el mundo, nadie estaba hambriento, todos tenían lindas casas, ya no había guerra, la gente empezó a ser feliz. Saben, cuando uno se detiene a pensar en ello, había ocurrido una revolución mundial. Y 42 Papás Noel no es mucha gente muerta para una revolución mundial.

Pero el asesino o, en realidad, el santo a quien la humanidad tanto le debía, el que planeó y ejecutó esta revolución casi incruenta, nunca fue atrapado y crucificado. Siguió viviendo. No, nadie descubrió nunca la identidad de este santo: es decir —ah—, salvo yo. Yo sé quién es el santo. Oh, no tengo ninguna prueba, pero es precisamente por eso que estoy tan seguro de que lo sé. Porque hay una sola persona capaz de esto, hay una sola persona con el genio, la osadía, la imaginación, el valor, el amor a la gente, la avidez por la sangre y la paciencia requeridos para llevar a cabo esta, la mayor de todas las acciones. Esa persona es mi hermanita.

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