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No se puede escribir con rabia o ira. Al menos no desde el corazón de aquel que ama las musitaciones de la poesía.
Es como si intentáramos escribir -o, incluso, si escribiéramos- con tristeza: no podríamos escribir nada con sentido profundo de la naturaleza del ser, si la tristeza no se hace a un lado y se pone de compañera, pero nunca entonando la voz cantante. Acaso quepa apuntar que se puede escribir desde la tristeza, pero no con ella, ni tanpoco desde la onomatopeya del dolor. La tristeza reclama silencio; y la ira, luego de pasada la tormenta y reclinada la cerviz, lo agradece.
Quien aúlla o grita, quien exclama o se queja, carece de oídos para la escucha, carece de centro para la dicción. Carece incluso de humildad para el encuentro con la voz de la diosa. Claro que también se puede escribir desde la frialdad. Pero esa escritura es tan sólo un remedo, un disimulo, un histrionismo falaz que irrumpe en el escenario y, como tal, puede ser aplaudido por aquellos que también disimulan su ira o sus tristezas, aquellos que prefieren la representación de una apariencia antes que la encarnación de su desnudez y de su desamparo.
Cuando uno se abandona al silencio es cuando surge la voz, una voz que no nos pertenece, somos nosotros quienes le pertenecemos. Y sólo cuando ella habla y les servimos de vehículo, creo que podremos decir que algo estamos escribiendo.
lacl, 25 de julio de 2026. Anotaciones Android.
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Galería de Orfeo
Henry Purcell: Rondeau from Abdelazer (Z570),Voices of Music; original instruments.

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