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domingo, 1 de febrero de 2026

Prefiero ver un remake de Radio Rochela , lacl / Galería de Orfeo.

 © lacl 



Post scriptum a manera de introito: lo escribí el 11 de enero de 2025, hace exactamente un año... No me sentí impulsado a escribirlo por acá debido a que este perfil de alguna manera se desprende un poco del contexto de lo que se expone en la nota que hoy anexo a estas publicaciones. Las razones obedecen precisamente al maremagnum de publicaciones en las redes sociales que abundan en comentarios grandilocuentes y de palabras sobradas que descalifican cualquier otra posición que no sea la que defiende tal o cual persona. Vivimos en un mundo embrutecido. 

(lacl)

***

Hace bastante tiempo que yo me desprendí de los prometedores de oficio de libretos político-novelescos. Prefiero ver un remake de Radio Rochela que los sainetes sin sal ni pimienta de ese "liderazgo que hay", cuyo "trabajo de campo" son las redes sociales, muy distinto al de los políticos de antaño que, con todos sus defectos, sabían que el acuerdo social comienza por un organizado y constante trabajo de campo, cara a cara, mano a mano, una maquinaria que se construye desde la base hacia arriba, y no desde el púlpito de un prometedor de oficio, siempre expuesto a las tentaciones de un mesianismo generador de ilusiones. Todo acuerdo social debe construirse de manera horizontal primeramente y, luego de bien echadas las bases, comienza a subir la estructura vertical. 

Las redes sociales son un elemento de ayuda que en el pasado no se tenía. Un político de antaño, si se veía forzado a trabajar a la sombra para construir una sociedad democrática, sólo contaba con el boca a boca o con mensajes cifrados y aparentemente inocentes estampados en papelitos que pasaban de mano en mano. Pero no hay que olvidar que las redes sociales son solamente eso, un medio de comunicación y no un fin. Podrían incluso servir de medio para comunicar una propuesta seria de organización política para una nación y en la cual imperen, en la práctica, los famosos tres principios de la Revolución Francesa, y sin olvidar que tales principios deben ser las bases rectoras de todo emprendimiento y no las manidas nociones de toda demagogia. 

Podrán decir lo que quieran de políticos de antaño como algunos de los que trabajaron a la sombra de alguna dictadura. De Rómulo Betancourt no sé podrá decir, por ejemplo, que fue un vende patria o un vende suelo, ni -mucho menos- vende subsuelo. 

Podrán decir de Luis Beltrán Prieto alguna estupidez atribuida por un tercero, aunque tuvo sus razones para desvincularse de su partido político de origen, pero no podrán decir que no fue uno de los padres de una educación universal y gratuita impartida en una nación convulsa y asediada por la sempiterna ambición de Fidel Castro y sus secuaces.

 Gracias a esa educación gratuita y universal yo supe desde que era un niño lo que era la Ley Del Talión o el Código Hammurabi. Y aunque era un niño me sentía afortunado de tanta maravilla que se nos ofrecía al sentarnos en un aula. ¿Que la nación se desdibujó? Sí, por supuesto que se desdibujó. No se siguieron los principios rectores de una democracia, sino los principios rectores del comercio de influencias y de las injustificables prebendas impartidas a trastiendas: principios rectores, estos últimos, que se establecen en todo conciliábulo, independientemente de que se autoproclamen de derechas o de izquierdas. 

Hay que volver a las bases rectoras de toda propuesta social que pretenda, de manera cabal, ser justa y equitativa. Y todo ello pasa por algo más que estrategias de enroques políticos de conveniencia temporal, con discursitos de Tik Tok o alebrestaciones por vía de Instagram. 

Los enroques políticos deben perseguir una misión más alta, supratemporal y suprapersonal. Debemos atajar y contener en nuestra conciencia y hasta en nuestro inconsciente colectivo, ese culto a la provisionalidad que ha definido a nuestra sociedad desde el primer grito de aquel 19 de abril. 

Salud, lacl

11 de enero, 2025


 Galería de Orfeo







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