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viernes, 20 de octubre de 2017

Isaak Babel, El Despertar. Un cuento magistral (Cuento de Odessa) / Imágenes: Órdenes de ejecución, la de Babel incluida / Isaac Babel's Song

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Un relato magistral, El despertar...

El despertar

Toda la gente de nuestra categoría: corredores, tenderos, bancarios y oficinistas de compañías navieras, enseñaban música a sus hijos. Nuestros padres, al no ver salida para mí, idearon una lotería. La montaron sobre los huesos de la gente menor. Odesa quedó afectada por ese delirio más que otras ciudades. Se debía ello a que durante decenios nuestra ciudad suministró niños prodigio a las salas de concierto del mundo. De Odesa salieron Misha Elman, Zimbalist, Gabrilóvich, aquí comenzó Yasha Heifetz.
Al cumplir el niño los cuatro o cinco años, la mamá llevaba a ese ser minúsculo y enclenque al señor Zagurski. Zagurski tenía una fábrica de niños prodigio, una fábrica de enanos judíos con cuellos de encaje y zapatitos de charol. Los encontraba en los tugurios de la Moldavanka y en los patios macilentos del Bazar viejo. Zagurski daba la primera orientación, después los niños eran enviados al profesor Auer de Petersburgo. El alma de aquellos alfeñiques de hinchadas cabezas azules cobijaba una potente armonía. Llegaban a ser virtuosos de fama. Y mi padre quiso darles alcance. Tenía yo catorce años, había rebasado la edad de los niños prodigio, pero por mi estatura y flojedad bien podía pasar por uno de ocho años. En eso estaban todas las esperanzas.
Me llevaron a Zagurski. Por respeto a mi abuelo accedió por muy poco precio: un rublo la clase. Mi abuelo, Leivi-Itsjok, era el hazmerreír de la ciudad y su ornato. Deambulaba con chistera y choclos y arrojaba luz sobre los asuntos más oscuros. Le preguntaban qué era un gobelino, por qué los jacobinos traicionaron a Robespierre, cómo se fabrica la seda artificial, qué es la cesárea. Mi abuelo podía responder a todas esas preguntas. Por respeto a su sabiduría y a su demencia, Zagurski nos cobraba un rublo por clase. Es más, por temor a mi abuelo perdía el tiempo conmigo, porque yo era un caso perdido. Los sonidos se desprendían de mi violín como limaduras de hierro. A mí mismo aquellos sonidos me tronzaban el corazón, pero mi padre no me dejaba en paz. En casa sólo se hablaba de Misha Elman, al que el propio zar liberó del servicio militar. Zimbalist, según las noticias de mi padre, fue presentado al rey de Inglaterra y tocó en el palacio de Buckingham; los padres de Gabrilóvich compraron dos casas en Petersburgo. Los niños prodigio habían enriquecido a sus papás. Mi padre hubiera transigido con la pobreza, pero necesitaba la fama.
—No puede ser —le susurraban los que comían a cuenta suya—, no puede ser que el nieto de un abuelo como ese...
Yo era de distinta opinión. Cuando ensayaba los ejercicios de violín colocaba en el atril un libro de Turguénev o de Dumas y mientras rascaba el instrumento devoraba una página tras otra. De día contaba a los chicos de la vecindad patrañas que de noche pasaba al papel. En nuestra familia la escritura nos venía de herencia. Leivi-Itsjok, que a la vejez se chifló, durante su vida estuvo escribiendo una novela titulada «El hombre sin cabeza». Yo salí a él.
Cargado con la funda y las notas me trasladaba tres veces a la semana a la calle Witte, antes Dvoriánskaya, a casa de Zagurski. Allí, sentadas a lo largo de la pared, hacían cola judías pletóricas de histérico entusiasmo. Sobre sus rodillas débiles soportaban unos violines que en tamaño superaban a quienes llegarían a tocar en el palacio de Buckingham.
Se abría la puerta del santuario. Del despacho de Zagurski salían dando traspiés niños cabezudos, pecosos, de cuello delgado como el tallo de una flor y con rubor epiléptico en las mejillas. La puerta volvía a cerrarse, tragándose al enano siguiente. Tras la pared se desgañitaba cantando y dirigiendo el maestro, con pajarita, rizos peligrosos y piernas flacas. El, gerente de la abominable lotería, poblaba la Moldavanka y los negros callejones del Bazar viejo con espectros del pizzicato y de la cantilena. Después, el viejo profesor Auer sacaba un brillo infernal a aquella solfa.
En aquella secta yo no tenía nada que hacer. Enano como ellos, en la voz de mis antepasados escuché otra sugestión.
Me costó dar el primer paso. Un día salí de casa abrumado con la funda, el violín, las notas y doce rublos —el pago por un mes de aprendizaje. Iba por la calle Nézhinskaya y tenía que torcer a la Dvoriánskaya para llegar hasta la casa de Zagurski, pero tiré por la Tiráspolskaya arriba y aparecí en el puerto. Las tres horas que me correspondían pasaron volando en el muelle Práctico. Era el comienzo de la emancipación. La antesala de Zagurski ya no me vio nunca más. Asuntos más importantes ocuparon mi cabeza. Con mi condiscípulo Nemánov comenzamos a visitar en el barco «Kensington» a un viejo marinero llamado mister Trottibearn. Nemánov, un año más joven que yo, se dedicaba desde los ocho años al negocio más extravagante del mundo. Era un genio de la compraventa y cumplía todo lo que prometía. Hoy es millonario en Nueva York, director de la General Motors Co., una empresa tan potente como la Ford. Nemánov me llevaba consigo porque yo le seguía sin rechistar. El compraba a mister Trottibearn pipas metidas de contrabando. Un hermano del viejo marinero torneaba las pipas en Lincoln.
—Gentlemen —nos decía mister Trottibearn—, recuerden que deben hacer a sus hijos con sus propias manos... Fumar una pipa de fábrica es lo mismo que meterse en la boca el pitorro de una lavativa... ¿Saben quién fue Benvenuto Cellini?... Fue un maestro. Mi hermano de Lincoln podría hablarles de él. Mi hermano no impide vivir a nadie. Pero está convencido de que los niños deben hacerse con las propias manos y no con manos ajenas... No hay más remedio que darle la razón, gentlemen...
Nemánov vendía las pipas de Trottibearn a directores de banca, a cónsules extranjeros y a griegos acaudalados... Obtenía el cien por cien de ganancia.
Las pipas del maestro de Lincoln transpiraban poesía. Cada una contenía una idea, una gota de eternidad. En su boquilla ardía un ojo amarillo, los estuches estaban forrados de raso. Yo probé a imaginarme cómo en la vieja Inglaterra vivía Matews Trottibearn, el último artífice de la pipa, que se resistía a la marcha de las cosas.
—No tenemos más remedio que admitir que los hijos deben ser hechos con nuestras propias manos...
Las olas macizas del espolón me alejaban más y más de nuestra casa con olor a cebolla y a suerte judía. Del muelle Práctico pasé a la otra parte del rompeolas. Allí, en un trozo de banco de arena, se instalaron los muchachos de la calle Primórskaya. Desde la mañana hasta la noche, sin ponerse los pantalones, buceaban por debajo de las chalanas, robaban cocos para la comida y esperaban la hora en que de Jersón y de Kamenka llegaban las lanchas con sandías que abrían golpeándolas contra el muelle.
Mi ilusión era aprender a nadar. Me daba vergüenza confesar a aquellos muchachos bronceados que, habiendo nacido en Odesa, no había visto el mar hasta los diez años y que a los catorce no sabía nadar.
¡Qué tarde hube de aprender cosas útiles! En mi infancia, atado al Gemara, llevé vida de persona docta; cuando crecí empecé a subirme a los árboles.
El arte de nadar resultó inasimilable. Me arrastraba al fondo la hidrofobia de todos mis antepasados —de rabís españoles y de cambistas francfortianos. El agua no me sostenía. Flagelado, rebosando agua salada, volvía a la orilla, al violín y a las notas. Estaba amarrado a las armas de mi delito y las llevaba conmigo. La lucha de los rabís contra el mar prosiguió hasta el día que de mí se compadeció Efim Nikítich Smólich, genio de las aguas de aquella comarca, lector de pruebas de «Novedades de Odesa». El pecho atlético de aquel hombre cobijaba compasión por los niños judíos. Nikítich acaudillaba a multitud de alfeñiques raquíticos; los hallaba en los chinchales de la Moldavanka, los llevaba al mar, los enterraba en la arena, hacía gimnasia y buceaba con ellos, les enseñaba canciones y mientras se tostaba al sol que caía de plomo, contaba historietas de pescadores y de animales. A los mayores Nikítich explicaba que era filósofo naturalista. Los niños judíos se morían de risa escuchando las historietas de Nikítich, chillaban y se arrebozaban como cachorros. El sol les asperjaba con pecas inconstantes, con pecas color lagartija.
El viejo observaba en silencio y de reojo mi cuerpo a cuerpo con las olas. Cuando vio que no había esperanza y que yo jamás aprendería a nadar, me incorporó al grupo de los moradores de su corazón. Allí estaba, con nosotros, su alegre corazón —no se inflaba, no se mostraba ávido, no se alarmaba... Con hombros de cobre, con cabeza de gladiador envejecido, con piernas de bronce, un tanto torcidas, se tumbaba con nosotros más allá del rompeolas, como soberano de aquellas aguas con cáscaras de sandía y manchas de gasolina. Amé a aquel hombre como sólo un niño afecto de histeria y con dolores de cabeza puede amar a un atleta. No me separaba de él y procuraba serle útil.
Díjome:
—No te apresures... Fortalece tus nervios. El saber nadar llegará... No puede ser que no te sostenga el agua... ¿Por qué no te va a sostener?
Viendo mi esmero, como distinguiéndome entre sus discípulos, Nikítich me invitó a su casa, una buhardilla espaciosa y limpia con esteras, me enseñó los perros, el erizo, la tortuga y las palomas. En correspondencia a tales riquezas yo le entregué la tragedia que había escrito la víspera.
—Ya me imaginaba que escribías —dijo Nikítich—, tienes mirada de eso... Por lo general no miras a ninguna parte...
Leyó mis escritos, movió un hombro, pasó la mano por su pelo crespo y canoso y paseó por la buhardilla...
—Cabe pensar —dijo alargando la frase, poniendo un pausa entre cada palabra—, que tienes madera...
Salimos a la calle. El viejo se paró, descargó con fuerza el bastón contra la acera y me miró fijamente.
—¿Qué es lo que te falta?... La juventud es lo de menos, eso se remedia con los años... Te falta el sentido de la naturaleza.
Con el bastón señaló un árbol de tronco rojizo y de copa baja.
—¿Qué árbol es ése?
Yo no lo sabía.
—¿Qué crece en esa mata?
Tampoco lo sabía. Caminábamos por un jardincillo de la avenida Alexándrovski. El viejo señalaba con el bastón todos los árboles, me tomaba del hombro cuando pasaba un pájaro y me hacía escuchar sus trinos.
—¿Qué pájaro canta?
No lograba responder a ninguna de sus preguntas. El nombre de los árboles y de las aves, su clasificación por órdenes, adonde vuelan los pájaros, de dónde sale el sol, cuándo es mayor el rocío —yo desconocía todo eso.
—¿Y te atreves a escribir?... El que no vive dentro de la naturaleza como vive en ella la piedra o el animal, no escribirá en su vida dos renglones dignos... Tus paisajes parecen un descripción de decorados. ¿En qué diablos estuvieron pensando tus padres estos catorce años?...
—¿En qué pensaban?... En letras protestadas, en los chalets de Misha Elman... No se lo dije a Nikítich, me lo callé.
En casa no toqué la comida. Se me atragantaba. «El sentido de la naturaleza —pensaba yo—, Dios mío, ¿por qué no se me había ocurrido a mí?... ¿Dónde busco yo ahora a quien me descifre las voces de los pájaros y me enseñe el nombre de los árboles?... ¿Qué sé yo de eso? Sólo podría distinguir a la lila y sólo cuando está en flor. La lila y la acacia. Las calles Deribásovskaya y Grécheskaya tienen acacias...»
Durante la comida mi padre contó otra historia de Yasha Heifetz. Antes de llegar a Robin se cruzó con Mendelsón, tío de Yasha. Resulta que el niño recibe ochocientos rublos por concierto. Calculen cuánto sale con quince conciertos al mes.
Lo calculé y me salieron doce mil al mes. Multipliqué, llevé cuatro y miré a la calle. Por el patio de cemento, con la capa ligeramente ondeada, los bucles pelirrojos asomando por debajo del sombrero, apoyándose en el bastón, avanzaba majestuoso el señor Zagurski, mi profesor de música. No podría decirse que me echó pronto de menos. Habían pasado tres meses largos del día en que mi violín se posó en la arena del rompeolas.
Zagurski se acercaba a la puerta principal. Yo me dirigí a la puerta de servicio: la habían tapiado la víspera por temor a los ladrones. Entonces me escondí en el retrete. Media hora después a mi puerta estaba congregada toda la familia. Las mujeres lloraban. Bobka restregaba su hombro carnoso contra la pared y se ahogaba en llantos. Mi padre callaba. Comenzó a hablar con una voz tan queda y clara como nunca hasta entonces.
—Soy oficial —dijo mi padre—, y tengo un latifundio. Salgo de cacerías. Los campesinos me pagan renta. Ingresé a mi hijo en el cuerpo de cadetes. No tengo por qué preocuparme de mi hijo...
Calló. Las mujeres resollaban. Después un golpe terrible cayó sobre la puerta. Mi padre cogía impulso y descargaba contra ella todo su cuerpo.
—Soy oficial —gritaba—, salgo de cacerías... Le mato... Y se acabó...
El picaporte saltó; quedaba un pestillo retenido por un solo clavo. Las mujeres se retorcían en el suelo, sujetaban a mi padre por los pies; enloquecido, él se liberaba de ellas. Al ruido acudió una vieja, la madre de mi padre.
—Hijo mío —pronunció en hebreo—, nuestra congoja es grande. No tiene límites. Sólo sangre faltaba en nuestra casa. No quiero sangre en nuestra casa...
Mi padre gimió. Escuché sus pasos que se alejaban. El pestillo colgaba del último clavo.
Seguí en mi fortaleza hasta la noche. Cuando todos se acostaron, mi tía Bobka me llevó a casa de la abuela. Teníamos que caminar un largo trecho. La luz lunar quedó plasmada en arbustos ignotos, en árboles sin nombre... Un pájaro invisible silbó y se apagó, quizá quedó dormido... ¿Qué pájaro era aquél? ¿Cómo se llamaba? ¿Cae el rocío al anochecer?... ¿Dónde está la Osa Mayor? ¿Por qué parte sale el sol?...
Íbamos por la calle Pochtóvaya. Bobka me sujetaba fuertemente de la mano para que no me escapara. Tenía razones. Yo pensaba en la fuga.

 ...

Agregamos un documental...




Execute 346 Stalins resolution Lista de presos a ejecutar 
Presunta firma de Stalin За conforme - Bajo el número 12 figura el nombre de Isaak Bábel


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martes, 17 de octubre de 2017

Alfonso Reyes en su voz - Visión de Anáhuac (1519)



“…No renunciaremos —oh Keats— a ningún objeto de belleza, engendrador de eternos goces…”
(A. R.)

Ensayo que nos pone a recorrer un pueblo, tal como se vive un día de hace 498 años, leído por su autor, el humanista Don Alfonso Reyes, uno de los más grandes prosistas de la historia. 

Dejamos acá el primer capítulo de tal ensayo, para iniciarnos en la conmovedora narración que nos lega Don Alfonso Reyes en el audio que agregamos abajo…

Salud!
lacl

Visión de Anáhuac
(1519)
Alfonso Reyes

I

Viajero: has llegado a la
región más transparente del aire.

En la era de los descubrimientos, aparecen libros llenos de noticias extraordinarias y amenas narraciones geográficas. La historia, obligada a descubrir nuevos mundos, se desborda del cauce clásico, y entonces el hecho político cede el puesto a los discursos etnográficos y a la pintura de civilizaciones. Los historiadores del siglo XVI fijan el carácter de las tierras recién halladas, tal como éste aparecía a los ojos de Europa: acentuado por la sorpresa, exagerado a veces. El diligente Giovanni Battista Ramusio publica su peregrina recopilación Delle Navigationi et Viaggi en Venecia en el año de 1550. Consta la obra de tres volúmenes in-folio, que luego fueron reimpresos aisladamente, y está ilustrada con profusión y encanto. De su utilidad no puede dudarse: los cronistas de Indias del Seiscientos (Solís al menos) leyeron todavía alguna carta de Cortés en las traducciones italianas que ella contiene.

En sus estampas, finas y candorosas, según la elegancia del tiempo, se aprecia la progresiva conquista de los litorales; barcos diminutos se deslizan por una raya que cruza el mar; en pleno océano, se retuerce, como cuerno de cazador, un monstruo marino, y en el ángulo irradia picos una fabulosa estrella náutica. Desde el seno de la nube esquemática, sopla un Éolo mofletudo, indicando el rumbo de los vientos —constante cuidado de los hijos de Ulises—. Vense pasos de la vida africana, bajo la tradicional palmera y junto al cono pajizo de la choza, siempre humeante; hombres y fieras de otros climas, minuciosos panoramas, plantas exóticas y soñadas islas. Y en las costas de la Nueva Francia, grupos de naturales entregados a los usos de la caza y la pesquería, al baile o a la edificación de ciudades. Una imaginación como la de Stevenson, capaz de soñar La isla del tesoro ante una cartografía infantil, hubiera tramado, sobre las estampas del Ramusio, mil y un
regocijos para nuestros días nublados.

Finalmente, las estampas describen la vegetación de Anáhuac. Deténganse aquí nuestros ojos: he aquí un nuevo arte de naturaleza.

La mazorca de Ceres y el plátano paradisíaco, las pulpas frutales llenas de una miel desconocida; pero, sobre todo, las plantas típicas: la biznaga mexicana —imagen del tímido puerco espín—, el maguey (del cual se nos dice que sorbe sus jugos a la roca), el maguey que se abre a flor de tierra, lanzando a los aires su plumero; los «órganos» paralelos, unidos como las cañas de la flauta y útiles para señalar la linde; los discos del nopal —semejanza del candelabro—, conjugados en una superposición necesaria, grata a los ojos: todo ello nos aparece como una flora emblemática, y todo como concebido para blasonar un escudo. En los agudos contornos de la estampa, fruto y hoja, tallo y raíz, son caras abstractas, sin color que turbe su nitidez.

Esas plantas protegidas de púas nos anuncian que aquella naturaleza no es, como la del sur o las costas, abundante en jugos y vahos nutritivos. La tierra de Anáhuac apenas reviste feracidad a la vecindad de los lagos. Pero, a través de los siglos, el hombre conseguirá desecar sus aguas, trabajando como castor; y los colonos devastarán los bosques que rodean la morada humana, devolviendo al valle su carácter propio y terrible: —En la tierra salitrosa y hostil, destacadas profundamente, erizan sus garfios las garras vegetales, defendiéndose de la seca—.

Abarca la desecación del valle desde el año de 1449 hasta el año de 1900. Tres razas han trabajado en ella, y casi tres civilizaciones —que poco hay de común entre el organismo virreinal y la prodigiosa ficción política que nos dio treinta años de paz augusta—. Tres regímenes monárquicos, divididos por paréntesis de anarquía, son aquí ejemplo de cómo crece y se corrige la obra del Estado, ante las mismas amenazas de la naturaleza y la misma tierra que cavar. De Netzahualcóyotl al segundo Luis de Velasco, y de éste a Porfirio Díaz, parece correr la consigna de secar la tierra. Nuestro siglo nos encontró todavía echando la última palada y abriendo la última zanja.

Es la desecación de los lagos como un pequeño drama con sus héroes y su fondo escénico. Ruiz de Alarcón lo había presentido vagamente en su comedia de El semejante a sí mismo. A la vista de numeroso cortejo, presidido por Virrey y
Arzobispo, se abren las esclusas: las inmensas aguas entran cabalgando por los tajos.

Ése, el escenario. Y el enredo, las intrigas de Alonso Arias y los dictámenes adversos de Adrián Boot, el holandés suficiente; hasta que las rejas de la prisión se cierran tras Enrico Martín, que alza su nivel con mano segura.

Semejante al espíritu de sus desastres, el agua vengativa espiaba de cerca a la ciudad; turbaba los sueños de aquel pueblo gracioso y cruel, barriendo sus piedras florecidas; acechaba, con ojo azul, sus torres valientes.

Cuando los creadores del desierto acaban su obra, irrumpe el espanto social.

El viajero americano está condenado a que los europeos le pregunten si hay en América muchos árboles. Les sorprenderíamos hablándoles de una Castilla americana más alta que la de ellos, más armoniosa, menos agria seguramente (por mucho que en vez de colinas la quiebren enormes montañas), donde el aire brilla como espejo y se goza de un otoño perenne. La llanura castellana sugiere pensamientos ascéticos: el valle de México, más bien pensamientos fáciles y sobrios. Lo que una gana en lo trágico, la otra en plástica rotundidad.

Nuestra naturaleza tiene dos aspectos opuestos. Uno, la cantada selva virgen de América, apenas merece describirse. Tema obligado de admiración en el Viejo Mundo, ella inspira los entusiasmos verbales de Chateaubriand. Horno genitor donde las energías parecen gastarse con abandonada generosidad, donde nuestro ánimo naufraga en emanaciones embriagadoras, es exaltación de la vida a la vez que imagen de la anarquía vital: los chorros de verdura por las rampas de la montaña; los nudos ciegos de las lianas; toldos de platanares; sombra engañadora de árboles que adormecen y roban las fuerzas de pensar; bochornosa vegetación; largo y voluptuoso torpor, al zumbido de los insectos. ¡Los gritos de los papagayos, el trueno de las cascadas, los ojos de las fieras, le dard empoisonné du sauvage! En estos derroches de fuego y sueño —poesía de hamaca y de abanico— nos superan seguramente otras regiones meridionales.

Lo nuestro, lo de Anáhuac, es cosa mejor y más tónica. Al menos, para los que gusten de tener a toda hora alerta la voluntad y el pensamiento claro. La visión más propia de nuestra naturaleza está en las regiones de la mesa central: allí la vegetación arisca y heráldica, el paisaje organizado, la atmósfera de extremada nitidez, en que los colores mismos se ahogan —compensándolo la armonía general del dibujo—; el éter luminoso en que se adelantan las cosas con un resalte individual; y, en fin, para de una vez decirlo en las palabras del modesto y sensible Fray Manuel de Navarrete: una luz resplandeciente que hace brillar la cara de los cielos.

Ya lo observaba un grande viajero, que ha sancionado con su nombre el orgullo de la Nueva España; un hombre clásico y universal como los que criaba el Renacimiento, y que resucitó en su siglo la antigua manera de adquirir la sabiduría viajando, y el hábito de escribir únicamente sobre recuerdos y meditaciones de la propia vida: en su Ensayo político, el barón de Humboldt notaba la extraña reverberación de los rayos solares en la masa montañosa de la altiplanicie central, donde el aire se purifica.

En aquel paisaje, no desprovisto de cierta aristocrática esterilidad, por donde los ojos yerran con discernimiento, la mente descifra cada línea y acaricia cada ondulación; bajo aquel fulgurar del aire y en su general frescura y placidez, pasearon aquellos hombres ignotos la amplia y meditabunda mirada espiritual. Extáticos ante el nopal del águila y de la serpiente —compendio feliz de nuestro campo— oyeron la voz del ave agorera que les prometía seguro asilo sobre aquellos lagos hospitalarios. Más tarde, de aquel palafito había brotado una ciudad, repoblada con las incursiones de los mitológicos caballeros que llegaban de las Siete Cuevas —cuna de las siete familias derramadas por nuestro suelo—. Más tarde, la ciudad se había dilatado en imperio, y el ruido de una civilización ciclópea, como la de Babilonia y Egipto, se prolongaba, fatigado, hasta los infaustos días de Moctezuma el doliente. Y fue entonces cuando, en envidiable hora de asombro, traspuestos los volcanes nevados, los hombres de Cortés («polvo, sudor y hierro») se asomaron sobre aquel orbe de sonoridad y fulgores —espacioso circo de montañas—.

A sus pies, en un espejismo de cristales, se extendía la pintoresca ciudad, emanada toda ella del templo, por manera que sus calles radiantes prolongaban las aristas de la pirámide.


Hasta ellos, en algún oscuro rito sangriento, llegaba —ululando— la queja de la chirimía y, multiplicado en el eco, el latido del salvaje tambor.





jueves, 12 de octubre de 2017

Un adiós provisional… lacl / Fine and mellow

© lacl 


Entre las luces más hermosas del día se halla ésta que anuncia el adiós de las sombras desveladas; paso, o cruce de la garita entre el ensueño y la presencia del humano, cotidiano discurrir, dos caras de una misma moneda o anverso y reverso del espejo en el que vida y muerte no saben cómo desprenderse la una de la otra, porque son una sola y misma esencia... Es la hora en que todo se resuelve, porque nada, absolutamente nada, de lo que nos hemos inventado para justificar la forma en que vivimos, desde la infancia del primer hombre, tiene importancia alguna, sólo ser parte vívida de las horas del cosmos...

Escribo estas líneas bajo el influjo de esta hermosura del sentir... Graciass le doy a Billie y sus secuaces…

lacl.



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LA ARISTOCRACIA DE LOS HUMANISTAS, José Antonio Ramos Sucre, La torre de Timón.





LA ARISTOCRACIA DE LOS HUMANISTAS, José Antonio Ramos Sucre, La torre de Timón.


Carencia de objetividad, lo que multiplica los dictámenes personales, como si de opiniones no constara el tesoro de austeras disciplinas humanas. Flojo enlace, consecuencia problemática entre los acontecimientos, falta de regularidad que engaña a la previsión. He aquí los argumentos de quienes reducen la historia a simple entretenimiento literario, donde cada autor de respeto marca su estampa, enriqueciendo más la diversidad del mundo.

La historia puede merecer el majestuoso nombre de ciencia, desde que ésta, despojada de lo absoluto y allanada a tarea más humilde, renuncia a explicar y antever y se reduce a describir.

La historia como pasatiempo estético es parecer de humanistas. Los hombres del Renacimiento repetían en la escritura de ella la grandiosa unidad del poema épico, y ejecutaban una y otra empresa literaria bajo el dictado de la misma musa. Seguían otras veces el curso de los acontecimientos, para exponerlos a guisa de ejemplos, con fines de moral práctica para uso de los príncipes. Prestaban a los personajes en consejo discursos armados de sutilezas y figuras, como en torneo de escuelas. Atribuían a los caudillos de la batalla arengas razonadas o briosas que tenían de Tito Livio o de Homero. Cerraban el comentario a los sucesos estampando con duro buril de hierro la grave sentencia escapada a la ceñuda concisión de Tácito.


Jamás se ha tratado la historia, como entonces, con tan fina curia, como para público de artistas. Los personajes son todos héroes, y hablan extraordinario lenguaje sobre un tablado trágico. Desde aquí amonestan a caballeros y monarcas. La Edad Media contribuye con la parte más principal al brote del Renacimiento. Aporta el entono caballeresco, el menosprecio casi feroz hacia el villano, sentimientos más benéficos para el culto del arte que todo el primor de la erudición grecolatina. Los letrados se alejan hoscos e inhumanos de la plebe. Escriben historia a modo de epopeya, o con moraleja que no sirve a la turba de los mortales. Plagan, por lo mismo, las literaturas de la época con aquellos modos de expresión, raros y artificiosos, que sedujeron a Góngora, entre muchos. Eran, en suma, estilos y temperamentos cortesanos y heroicos, en los cuales se reiteraba el Feudalismo.

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domingo, 8 de octubre de 2017

Guarida de los poetas. Rainer Maria Rilke, Pietà, Nuevos poemas. Lo reza Oskar Werner / Andrei Rubliov, La pasión. / Auguste Rodin Cristo y Magdalena. / La Pietà de Miguel Ángel

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Un conmovedor poema de Rilke, la Pietà de los Nuevos poemas. Nos tomamos el atrevimiento de agregar una versión libre, en nuestro vano celo e intento por acercar forma a contenido.

He leído algunas versiones inglesas que han creado otro poema, muy distinto al original, canto o elegía que, sin pretensiones (¿cabría alguna en tema semejante?) apunta a un amor por encima de toda prueba, por encima de toda creencia, por encima de cualquier mitología ideada para la creación de fábulas escriturales cuyo sentido no haya sido otro que el asentar un dogma. Pero resulta que el amor supera todo dogma. Eso es lo que, a juicio de un servidor, cantan estas conmovedoras y piadosas letras que versan los rezos de María Magdalena.

Tómese nota de la lectura y el acento que le da Oskar Werner al texto original, independientemente de que se conozca o no la lengua madre, tomando en cuenta la lectura del original aquí agregado. Es cuestión de entonación. Y la armonía y la concordancia de las palabras resultan ser tan melodiosas como las de cualquier nota musical retozando con las otras.

lacl


Cristo y Magdalena, Auguste Rodin




Pietà


So seh ich, Jesus, deine Füße wieder,
die damals eines Jünglings Füße waren,
da ich sie bang entkleidete und wusch;
wie standen sie verwirrt in meinen Haaren
und wie ein weißes Wild im Dornenbusch.

So seh ich deine niegeliebten Glieder
zum erstenmal in dieser Liebesnacht.
Wir legten uns noch nie zusammen nieder,
und nun wird nur bewundert und gewacht.

Doch, siehe, deine Hände sind zerrissen -:
Geliebter, nicht von mir, von meinen Bissen.
Dein Herz steht offen und man kann hinein:
das hätte dürfen nur mein Eingang sein.

Nun bist du müde, und dein müder Mund
hat keine Lust zu meinem wehen Munde -.
O Jesus, Jesus, wann war unsre Stunde?
Wie gehn wir beide wunderlich zugrund.


Pietà

Así pues veo Jesús, una vez más, tus pies,
que fueron los pies de un muchacho,
los que 
antaño descalcé y lavé;
cómo se confundían entre mi pelo
cual un gamo blanco en el arbusto espinoso.

Así pues veo tus miembros nunca cortejados
por primera vez en esta noche de amor.
Nunca nos acostamos juntos,
y ahora sólo te admiro y te velo.

Pero he aquí tus manos desgarradas,
Amado, no por mí, ni por mi mordedura.
Tu corazón está abierto y uno puede entrar: 

entrada que debería haber sido sólo mía.

Ahora estás cansado, y tu boca cansada
no tiene ganas de soplar en mi boca.
Oh Jesús, Jesús, ¿cuándo fue nuestra hora?
Cuánto los dos nos extrañamos.

Rainer Maria Rilke, mayo / junio 1906, París

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Notas: 
1. En la foto superior dejamos una toma de la traducción de ese poema, puede leerse en Nuevos Poemas de Rilke, para Hiperión, Madrid, 1998. Al hacer doble click sobre la foto o abrir la imagen en una pestaña nueva puede leerse más cómodamente con el zoom.  

2. Agregamos el hermoso pasaje de la Pasión del filme Andrei Rubliov, de Andrei Tarkovski, por las resonancias que nos dejan sus imágenes. 

Rilke, Piedad.

Lo reza Oskar Werner 





Andrei Rublev




Hay que ir a You_tube para disfrutar de esta maravilla...

https://youtu.be/BX5jZwjM6i8?si=a6wmtTslcJxAkgEO




Auguste Rodin
Cristo y Magdalena






La Pietà de Miguel Ángel






jueves, 5 de octubre de 2017

MITO. José Antonio Ramos Sucre, Las formas del fuego, 1929. / Andrei Rubliov, fim de Andrei Tarkovski



MITO.  José Antonio Ramos Sucre, Las formas del fuego, 1929.

El rey sabe de los motines y asonadas provocados por los descontentos en tomo de la misma capital. Recibe a cada paso un mensajero de semblante mustio. Se traba un diálogo sobresaltado en torno de una noticia ambigua.

El soberano imagina la devastación de una zona feraz y el exterminio de sus labradores. Una tribu cerril se ha aprovechado de la confusión del reino y lo ha invadido en carros armados de hoces. Unas brujas desvergonzadas, consejeras de los caudillos montaraces, vociferan sus vaticinios en medio de los residuos negros de las hogueras. A través del aire calentado se distingue un sol rojo, de país cálido.

Los hombres de la tribu cerril trasportan unas tiendas de cuero sobre el lomo de sus perros desfigurados, ávidos de sangre, y se establecen con sus mujeres, a sus anchas y cómodas, en cavernas practicadas en el suelo. Reservan las tiendas para sus jefes.

El rey consulta en vano el remedio del estado con los capitanes antiguos, de barba pontificia y de elocución breve.

El príncipe, su hijo, sobreviene a interrumpir el consejo, en donde reina un silencio molesto. Inventa los medios saludables y los recomienda en un discurso fácil. Posee la idea virtual y el verbo redentor. Acaba de salir de la compañía de los atolondrados.

Los veteranos se retiran ceremoniosos y esperanzados y se sujetan a sus órdenes. La presencia del joven suprime las fluctuaciones de la victoria y neutraliza el ardid de los rebeldes.

El héroe ha salido al peligro con la asistencia de una muchedumbre entusiasmada.


El día de su regreso, las mujeres hermosas entonan, desde la azotea de los palacios de la capital, un himno de antigüedad secular en alabanza del arco iris.



Una obra maestra, Andrei Rubliov, de Andrei Tarkovski, 1. Trailer. 2. Primera part. 3. Segunda parte