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Si ocio es contemplación,
el poeta es el magnífico ocioso.
La poesía está allí,
brillando en su testimonio.
La obra, a un tanto inmóvil
y estremecedora,
del silencioso mirar
es la fuente de su testimonio
y está antes de todo poema,
porque es la poesía misma.
Alguna vez siente
que alguien le dice:
ve y canta.
Y entonces se siente
entusiasmado
hasta el colmo del secuestro,
ha sido tomado
por los dioses de la poesía.
Y aventura su pasos
por senderos tendidos
entre el pálpito
y todo lo palpable.
En el mirar se alza
una diáspora de esporas
uniendo la imago con la piel,
tendiendo un puente
entre una y otra realidad,
y el latigazo de un frío escozor
le recorre la médula,
como un relámpago estelar,
y todos los vellos
se yerguen erizados,
como el campo de trigo
o el cañaveral
cantándole al sol de la mañana;
y se siente grande tan sólo
porque su alma se ensancha;
no es su yo lo que ha crecido,
es el ello que le habita y por el que,
en cuerpo y alma, transmigra.
Sí, de algún modo sintió
el dardo en la nuca,
lanzado por Hermes, Selene
o Dionisius, quién sabe...
Ve y canta fue el llamado.
Y la víctima feliz,
ante el rapto, canta y ve.
lacl, 23 de marzo de 2026, entre la hora del pulmón y la del amanecer...
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