Todo aprendizaje es lento,
andante cantable,
piano piano,
pianissimo,
aunque nos abisme,
nos atraiga como un magneto
y nos entusiasme la velocidad.
¿Por qué nos subyuga el correr?
-podemos preguntarnos-
y siento que no puede haber otra respuesta o razón
que por el goce
que nos da la brisa
al golpear nuestra faz,
porque nos encanta el vértigo
de todo abismo,
por ese raptus de escalofrío
que nos sube desde el sexo
y toma nuestro cuerpo,
convirtiéndole en materia volátil
que se sabe muy expuesta y delicada,
tan pasajera y cercana a aquello
que va un paso más allá de la vida,
y ante lo cual retrocedemos
porque todavía no es la hora, no señor.
¿Cómo no querer correr a campo traviesa
sobre un potro tan desbocado como uno,
cual las yuntas de corcel y jinete de Kafka o de Rimbaud?
Y sin embargo, también es cierto que hay un crecer vegetativo
que se enamora de la lentitud,
que nos posterga toda madurez,
que nos detiene en el camino y nos dice: ¡estate quieto!
Y no nos permite avanzar al ritmo de los otros,
y nosotros impávidos y pudibundos,
queriendo crecer a toda costa,
pero también gozándonos y aprendiendo a gozar la lentitud del crecer,
porque el tiempo es otra cosa,
esa regla tan distinta al vivir
que nos va empujando por dentro
y nos va sigilosamente ensanchando en la crecida.
Y, entonces, te sientes retratado
cuando lees aquellos versos que dicen
"Al comenzar mis estudios",
de un poeta barbado y algo impúdico y desvergonzado.
Y te arrellanas en el sillón del alma
cuando lees un libro extraño y ancestral del que una sentencia reza que "un viaje de cien leguas comienza al primer paso".
Entonces comprendes,
ya no con la cabeza,
sino con la inocencia del mirar
que hay lentitudes que se agradecen,
lentitudes a honrar cuando nos eligen
como sus víctimas sagradas.
Si has sido elegido, debes aceptar
que irás al sacrificio final,
gozoso y con la lentitud que corresponde
al contrapunto de la vida y la muerte.
lacl, 3 de marzo de 2026. 3 de la tarde...




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