martes, 5 de marzo de 2013

Cuando el dios de la guerra y de la muerte infla sus pulmones.




Veinte días hará que se pergeñó la breve glosa que consigno más abajo, sobre uno de los, considero yo, grandes males de la civilización. En los tiempos recientes, debido a lo que mis ojos observan y mi corazón presiente alrededor, he estado siempre hilando sobre el tema del individuo y sus relaciones consigo mismo, cuando se le coloca en hilera junto a otros. De alguna u otra manera, las lecturas que han venido a parar en mis manos han tenido que caer, por fuerza, en tal meollo: Borges, Jung, Nietzsche, Lawrence, Lao Tse, Thoreau, textos sufíes, Said, entre tantas páginas al vuelo.

Premeditada búsqueda o no, eso es lo que me acontece. Y, claro está, tales ilaciones han de obedecer a la necesidad de saciar una sed surgida ante la desértica realidad que nos envuelve, bien sea en el entorno más cercano, como en aquel que traspasa los linderos de nuestras comarcas.

Este fin de semana, dispusimos de escaso tiempo para la lectura, realizada como es mi costumbre a la hora en que todos (o casi todos) duermen. Tenía una deuda pendiente desde hace mucho tiempo, como lo era leer el epílogo de Consideraciones sobre la historia actual, de Carl Gustav Jung*. Confieso que aún no salgo de mi asombro (y, menos aún, de mi gratitud) hacia el corpus del intellectus allí legado, para bien de toda alma que no desee contentarse con slogans disfrazados de mandamientos, cual lo predican -a los cuatro vientos- tantos líderes con pies de barro para sus hipnotizadas huestes, que en ellos sienten latir la sombra del alter ego.

Muchas de las afirmaciones de Jung en esa nota de cierre, las conforman frases que destellan por su poder de desnudar tantas falsedades en lo que toca a masa e individuo; provoca colocarlas cual graffitis en miles de muros de nuestras deshumanizadas ciudades.

Al leer tal epílogo, recordé algunas de las notas que he venido  deshilando en los tiempos recientes, particularmente ésta que ahora coloco a manera de frontispicio a un par de citas del referido texto de Jung, las que me tomé el trabajo de transcribir antes del canto de los gallos. La verdad es que provoca colocar, ya no digo el epilogo de Jung entero, sino el libro por completo. Lo considero un documento necesarísimo de cara al presente y de cara a futuro. Pues, activa las alarmas sobre el extravío del espíritu humano y la caída del hombre en lo más hondo de la barbarie, desde une perspectiva distinta y, a la vez, coincidente a las de un humanista, un literato, un librepensador o un poeta, cual algunos de los caballeros precitados en el primer párrafo.

Y si me tomo el atrevimiento de agregar mi breve anotación, antes de las de Jung, es porque de algún modo quiero dejar fe de aquello que el propio Jung nominara con la palabra sincronicidad. Me siento revelado por ese texto de Jung. Y me siento consecuencia. Albergo, además, la esperanza de no ser un oasis en el desierto, ni una isla solitaria en el océano. Albergo la esperanza de que muchos otros, como yo (no importa que seamos minoría), tengan ojos y corazón abiertos para dar cuenta de ese desacato a las razones del alma y sientan necesidad de evidenciarlo.

Esas murmuraciones del dios del martillo que alientan en las oscuridades del alma humana, siempre nos traen a la memoria los escritos de Jung respecto a la espeluznante amenaza de las hecatombes forjadas en la psique, las que él no duda en catalogar como mucho más devastadoras que cualquier catástrofe natural. Uno de tales ensayos es Wotan (1936), en el que se daban claras alarmas de los riesgos y graves consecuencias que sobrevendrían de seguir prosperando las soterradas insinuaciones que insufla este dios agitador con su aliento, hecho que luego se vio consumado en hecatombe, con la crecida del Nacional Socialismo en Alemania. Y el otro, incontestable, es Después de la catástrofe (1945) en el que alega que, luego de la tarea de descombrar, se impone la necesidad de Alemania, en primer lugar, y de Europa, en el segundo, de hacer un mea culpa colectivo.   


CIUDADANO COMUN.

El ciudadano común, aquel que poco se desvela por los vericuetos del poder, se halla feliz de dar la espalda a ese himno a la muerte que vibra en los patronatos que otros hombres han creado para su propia negación. Lo que tan grandilocuentemente llaman “Estado” los eruditos de palacio, se ha transformado en el mayor enemigo del ser humano. Aunque habría que acotar que, aquí o allá, no existe tal “Estado”. Lo que prevalece es una usurpación. Lo que se impone, acá o allá, son cerradas hermandades, especializadas en el fingimiento de un “orden de las cosas” que maniata al individuo, cercenando el libre albedrío; sectas, cofradías, milicias y misiones, perpetradores todos de bellaquerías. Es sorprendente que, a lo largo de los siglos, podamos verificar la inveterada persistencia de ese mal.

Aceptamos que es iluso pensar en una sociedad perfecta, porque eso sería entrar en el terreno de las fantasías. Pero un mundo de seres humanos que digan “alto” al abuso de los usurpadores, no es imposible. Un mundo en el que los ancestrales e inopinados valores de la vida (como la desprendida cooperación entre unos y otros) vuelvan a su cauce, no es inverosímil.

Quienes forman parte de los clanes de poder, predican la necesidad de sus aherrojados credos; alegan que sin ése, su marco legal que pone coto al “desorden”, todo se iría al traste. Los parámetros de equitatividad con que confinan derechos y dictan deberes al vulgo gozan de un prestigio más alto que el de la relojería suiza.

La respuesta está en nosotros. El asunto es: ¿repararemos, algún día, en la certísima factibilidad que hay de obrar como un “nosotros”? Lucirá como una perogrullada, pero hay que empezar por dar la batalla en nuestro silencioso ego y vencerlo. Sin ese ajuste de cuentas en nuestra interioridad, jamás compartiremos nada.

lacl 16/17 de febrero, 2013.


Tomado del Epilogo del libro
Consideraciones sobre la historia actual. C. G. Jung.

Un par de fragmentos que se sostienen por sí mismos.

“…aquella desconfianza del primitivo frente a la tribu vecina, que creíamos haber superado hace tiempo con las organizaciones internacionales, ha vuelto a nosotros en esta guerra de dimensiones gigantescas (1ra. Guerra mundial). Sin embargo, no nos contentaremos con quemar un pueblo vecino, ni nos limitaremos a cortar un par de cabezas, sino que pueblos enteros serán asolados, millones de hombres muertos. En la nación enemiga no se dejará un hilo entero, y las propias faltas aparecerán a los otros fantásticamente aumentadas. ¿Dónde están hoy las cabezas superiores? Si es que existen, nadie las escucha: reina, por el contrario, una carrera hacia la muerte, la fatalidad de un destino universal, contra el que el individuo ya no se puede defender. Y, sin embargo, este fenómeno general se da también en el individuo, pues la nación se compone de meros individuos. Por eso, también el individuo debe reflexionar sobre los medios con los que se dispone a afrontar el mal. De acuerdo con nuestra postura racionalista, creemos poder alcanzar algo con organizaciones, leyes y demás buenas intenciones. En realidad, sólo una transformación de los sentimientos del individuo puede producir una renovación del espíritu de las naciones. Hay que comenzar por el individuo. Hay teólogos y filántropos bien intencionados que desean quebrar el principio del poder en los demás. Quiebren primero el principio del poder en sí mismos. Entonces resultará la cosa verosímil…”

(Ueber das Unbewusste, Scsweizerland, núm. 9 Cuaderno de junio, 1918.)

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“…Es un hecho patente que la moralidad de una sociedad, considerada como un todo, es inversamente proporcional a su magnitud, pues cuantos más individuos se reúnen, tanto más se desvanecen los factores individuales, y consiguientemente la moralidad, que descansa sobre el sentimiento moral y la indispensable libertad del individuo. Por  eso, cada individuo es inconscientemente, y en cierto modo, mucho peor cuando está en sociedad que cuando actúa por sí solo; pues entonces se siente llevado por la sociedad, y la masa le despoja de su responsabilidad individual. Una gran sociedad compuesta de hombres excelentes es comparable en moralidad e inteligencia a un enorme, estúpido y violento animal. Cuanto mayores son las organizaciones, tanto más inevitable resulta su inmoralidad y ciega oscuridad (Senatus bestia, senatores boni viri). Si además la sociedad acentúa en sus representantes individuales, de una manera automática, las cualidades colectivas, premia con ello toda mediocridad, todo lo que trata de vegetar en una forma vil e irresponsable: lo individual se verá inevitablemente oprimido contra la pared. Sin libertad no puede haber moralidad. Nuestra admiración por las grandes organizaciones desaparece al ver la otra cara del milagro, a saber, la acumulación horrible y la acentuación de todo lo primitivo que hay en el hombre y la inevitable destrucción de su individualidad en favor del monstruo que es toda gran organización. Un hombre de hoy, que responda más o menos al ideal de moralidad colectiva, ha hecho de su corazón una cueva de asesinos, lo cual resulta fácil de probar por el análisis de su inconsciente, aun cuando él mismo no se sienta turbado por ello. Y en la medida en que se encuentra “aclimatado” a su medio ambiente, tampoco le turbará la mayor locura de su sociedad, toda vez que la mayoría de sus conciudadanos creen en la elevada moralidad de su organización social…”
(Die Beziehungen szwischen dem Ich und dem Unbewustten, 1ra ed., Darmstadt, 1928, p. 56)
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* Consideraciones sobre la historia actual. C. G. Jung. Edic. Guadarrama, Colección Punto Omega, Madrid, 1968.

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Y una entrevista con C G Jung...
http://www.youtube.com/watch?v=QxL5Jx4QKRQ

1 comentario:

El Toro de Barro dijo...

El siglo XX nos ha dejado testimonios imborrables de la capacidad del Estado para debilitar, destruir y sustituir las rasgos individuales de sus ciudadanos por una visión del mundo colectiva en la que, creyendo ser enteramente libres, esos mismos ciudadanos representan un mismo papel, que en realidad no es otra cosa que el mismo papel repetido tantas veces como ciudadanos haya en un momento dado, en una especie –utilizo las palabras de Fernando Navarro– de comportamiento y pensamiento “sincronizado” y previsible. El poder de los medios de comunicación para convertir en “pensamiento racional” lo que no deja de ser, en el mejor de los casos, otra cosa que visiones parciales de la vida y, en el peor, burdas representaciones de esa misma vida por un puñado de propagandistas encelados, es realmente enorme. Pero huelga decir que, siguiendo en gran medida estos mismos mecanismos espurios de manipulación ideológica de masas, el mismo siglo XX ha dejado huellas evidentes de que no es necesario abolir ese mismo estado para conseguir un grado mayor de libertad individual y de dignidad social en la sociedad humana. Claro que esto ha sido así única y exclusivamente en Europa Occidental, por razones que tal vez no sea el caso de dejar aquí. Digo esto porque, de igual modo que veo extremadamente peligrosa la relativa capacidad de los estados y de las sociedades para protegerse de los instintos totalitarios que puedan surgir en su seno, entiendo como apocalípticas que pueden derivarse de la desaparición de ese mismo Estado bajo la creencia idealista de la bondad natural del individuo.