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martes, 17 de octubre de 2017

Alfonso Reyes en su voz - Visión de Anáhuac (1519)



“…No renunciaremos —oh Keats— a ningún objeto de belleza, engendrador de eternos goces…”
(A. R.)

Ensayo que nos pone a recorrer un pueblo, tal como se vive un día de hace 498 años, leído por su autor, el humanista Don Alfonso Reyes, uno de los más grandes prosistas de la historia. 

Dejamos acá el primer capítulo de tal ensayo, para iniciarnos en la conmovedora narración que nos lega Don Alfonso Reyes en el audio que agregamos abajo…

Salud!
lacl

Visión de Anáhuac
(1519)
Alfonso Reyes

I

Viajero: has llegado a la
región más transparente del aire.

En la era de los descubrimientos, aparecen libros llenos de noticias extraordinarias y amenas narraciones geográficas. La historia, obligada a descubrir nuevos mundos, se desborda del cauce clásico, y entonces el hecho político cede el puesto a los discursos etnográficos y a la pintura de civilizaciones. Los historiadores del siglo XVI fijan el carácter de las tierras recién halladas, tal como éste aparecía a los ojos de Europa: acentuado por la sorpresa, exagerado a veces. El diligente Giovanni Battista Ramusio publica su peregrina recopilación Delle Navigationi et Viaggi en Venecia en el año de 1550. Consta la obra de tres volúmenes in-folio, que luego fueron reimpresos aisladamente, y está ilustrada con profusión y encanto. De su utilidad no puede dudarse: los cronistas de Indias del Seiscientos (Solís al menos) leyeron todavía alguna carta de Cortés en las traducciones italianas que ella contiene.

En sus estampas, finas y candorosas, según la elegancia del tiempo, se aprecia la progresiva conquista de los litorales; barcos diminutos se deslizan por una raya que cruza el mar; en pleno océano, se retuerce, como cuerno de cazador, un monstruo marino, y en el ángulo irradia picos una fabulosa estrella náutica. Desde el seno de la nube esquemática, sopla un Éolo mofletudo, indicando el rumbo de los vientos —constante cuidado de los hijos de Ulises—. Vense pasos de la vida africana, bajo la tradicional palmera y junto al cono pajizo de la choza, siempre humeante; hombres y fieras de otros climas, minuciosos panoramas, plantas exóticas y soñadas islas. Y en las costas de la Nueva Francia, grupos de naturales entregados a los usos de la caza y la pesquería, al baile o a la edificación de ciudades. Una imaginación como la de Stevenson, capaz de soñar La isla del tesoro ante una cartografía infantil, hubiera tramado, sobre las estampas del Ramusio, mil y un
regocijos para nuestros días nublados.

Finalmente, las estampas describen la vegetación de Anáhuac. Deténganse aquí nuestros ojos: he aquí un nuevo arte de naturaleza.

La mazorca de Ceres y el plátano paradisíaco, las pulpas frutales llenas de una miel desconocida; pero, sobre todo, las plantas típicas: la biznaga mexicana —imagen del tímido puerco espín—, el maguey (del cual se nos dice que sorbe sus jugos a la roca), el maguey que se abre a flor de tierra, lanzando a los aires su plumero; los «órganos» paralelos, unidos como las cañas de la flauta y útiles para señalar la linde; los discos del nopal —semejanza del candelabro—, conjugados en una superposición necesaria, grata a los ojos: todo ello nos aparece como una flora emblemática, y todo como concebido para blasonar un escudo. En los agudos contornos de la estampa, fruto y hoja, tallo y raíz, son caras abstractas, sin color que turbe su nitidez.

Esas plantas protegidas de púas nos anuncian que aquella naturaleza no es, como la del sur o las costas, abundante en jugos y vahos nutritivos. La tierra de Anáhuac apenas reviste feracidad a la vecindad de los lagos. Pero, a través de los siglos, el hombre conseguirá desecar sus aguas, trabajando como castor; y los colonos devastarán los bosques que rodean la morada humana, devolviendo al valle su carácter propio y terrible: —En la tierra salitrosa y hostil, destacadas profundamente, erizan sus garfios las garras vegetales, defendiéndose de la seca—.

Abarca la desecación del valle desde el año de 1449 hasta el año de 1900. Tres razas han trabajado en ella, y casi tres civilizaciones —que poco hay de común entre el organismo virreinal y la prodigiosa ficción política que nos dio treinta años de paz augusta—. Tres regímenes monárquicos, divididos por paréntesis de anarquía, son aquí ejemplo de cómo crece y se corrige la obra del Estado, ante las mismas amenazas de la naturaleza y la misma tierra que cavar. De Netzahualcóyotl al segundo Luis de Velasco, y de éste a Porfirio Díaz, parece correr la consigna de secar la tierra. Nuestro siglo nos encontró todavía echando la última palada y abriendo la última zanja.

Es la desecación de los lagos como un pequeño drama con sus héroes y su fondo escénico. Ruiz de Alarcón lo había presentido vagamente en su comedia de El semejante a sí mismo. A la vista de numeroso cortejo, presidido por Virrey y
Arzobispo, se abren las esclusas: las inmensas aguas entran cabalgando por los tajos.

Ése, el escenario. Y el enredo, las intrigas de Alonso Arias y los dictámenes adversos de Adrián Boot, el holandés suficiente; hasta que las rejas de la prisión se cierran tras Enrico Martín, que alza su nivel con mano segura.

Semejante al espíritu de sus desastres, el agua vengativa espiaba de cerca a la ciudad; turbaba los sueños de aquel pueblo gracioso y cruel, barriendo sus piedras florecidas; acechaba, con ojo azul, sus torres valientes.

Cuando los creadores del desierto acaban su obra, irrumpe el espanto social.

El viajero americano está condenado a que los europeos le pregunten si hay en América muchos árboles. Les sorprenderíamos hablándoles de una Castilla americana más alta que la de ellos, más armoniosa, menos agria seguramente (por mucho que en vez de colinas la quiebren enormes montañas), donde el aire brilla como espejo y se goza de un otoño perenne. La llanura castellana sugiere pensamientos ascéticos: el valle de México, más bien pensamientos fáciles y sobrios. Lo que una gana en lo trágico, la otra en plástica rotundidad.

Nuestra naturaleza tiene dos aspectos opuestos. Uno, la cantada selva virgen de América, apenas merece describirse. Tema obligado de admiración en el Viejo Mundo, ella inspira los entusiasmos verbales de Chateaubriand. Horno genitor donde las energías parecen gastarse con abandonada generosidad, donde nuestro ánimo naufraga en emanaciones embriagadoras, es exaltación de la vida a la vez que imagen de la anarquía vital: los chorros de verdura por las rampas de la montaña; los nudos ciegos de las lianas; toldos de platanares; sombra engañadora de árboles que adormecen y roban las fuerzas de pensar; bochornosa vegetación; largo y voluptuoso torpor, al zumbido de los insectos. ¡Los gritos de los papagayos, el trueno de las cascadas, los ojos de las fieras, le dard empoisonné du sauvage! En estos derroches de fuego y sueño —poesía de hamaca y de abanico— nos superan seguramente otras regiones meridionales.

Lo nuestro, lo de Anáhuac, es cosa mejor y más tónica. Al menos, para los que gusten de tener a toda hora alerta la voluntad y el pensamiento claro. La visión más propia de nuestra naturaleza está en las regiones de la mesa central: allí la vegetación arisca y heráldica, el paisaje organizado, la atmósfera de extremada nitidez, en que los colores mismos se ahogan —compensándolo la armonía general del dibujo—; el éter luminoso en que se adelantan las cosas con un resalte individual; y, en fin, para de una vez decirlo en las palabras del modesto y sensible Fray Manuel de Navarrete: una luz resplandeciente que hace brillar la cara de los cielos.

Ya lo observaba un grande viajero, que ha sancionado con su nombre el orgullo de la Nueva España; un hombre clásico y universal como los que criaba el Renacimiento, y que resucitó en su siglo la antigua manera de adquirir la sabiduría viajando, y el hábito de escribir únicamente sobre recuerdos y meditaciones de la propia vida: en su Ensayo político, el barón de Humboldt notaba la extraña reverberación de los rayos solares en la masa montañosa de la altiplanicie central, donde el aire se purifica.

En aquel paisaje, no desprovisto de cierta aristocrática esterilidad, por donde los ojos yerran con discernimiento, la mente descifra cada línea y acaricia cada ondulación; bajo aquel fulgurar del aire y en su general frescura y placidez, pasearon aquellos hombres ignotos la amplia y meditabunda mirada espiritual. Extáticos ante el nopal del águila y de la serpiente —compendio feliz de nuestro campo— oyeron la voz del ave agorera que les prometía seguro asilo sobre aquellos lagos hospitalarios. Más tarde, de aquel palafito había brotado una ciudad, repoblada con las incursiones de los mitológicos caballeros que llegaban de las Siete Cuevas —cuna de las siete familias derramadas por nuestro suelo—. Más tarde, la ciudad se había dilatado en imperio, y el ruido de una civilización ciclópea, como la de Babilonia y Egipto, se prolongaba, fatigado, hasta los infaustos días de Moctezuma el doliente. Y fue entonces cuando, en envidiable hora de asombro, traspuestos los volcanes nevados, los hombres de Cortés («polvo, sudor y hierro») se asomaron sobre aquel orbe de sonoridad y fulgores —espacioso circo de montañas—.

A sus pies, en un espejismo de cristales, se extendía la pintoresca ciudad, emanada toda ella del templo, por manera que sus calles radiantes prolongaban las aristas de la pirámide.


Hasta ellos, en algún oscuro rito sangriento, llegaba —ululando— la queja de la chirimía y, multiplicado en el eco, el latido del salvaje tambor.





jueves, 12 de octubre de 2017

Un adiós provisional… lacl / Fine and mellow

© lacl 


Entre las luces más hermosas del día se halla ésta que anuncia el adiós de las sombras desveladas; paso, o cruce de la garita entre el ensueño y la presencia del humano, cotidiano discurrir, dos caras de una misma moneda o anverso y reverso del espejo en el que vida y muerte no saben cómo desprenderse la una de la otra, porque son una sola y misma esencia... Es la hora en que todo se resuelve, porque nada, absolutamente nada, de lo que nos hemos inventado para justificar la forma en que vivimos, desde la infancia del primer hombre, tiene importancia alguna, sólo ser parte vívida de las horas del cosmos...

Escribo estas líneas bajo el influjo de esta hermosura del sentir... Graciass le doy a Billie y sus secuaces…

lacl.



© [Luis Alejandro Contreras Loynaz/LetrasContraLetras - contracorrientes]. Todos los derechos reservados. Fecha de creación del blog: 2007. ©

LA ARISTOCRACIA DE LOS HUMANISTAS, José Antonio Ramos Sucre, La torre de Timón.





LA ARISTOCRACIA DE LOS HUMANISTAS, José Antonio Ramos Sucre, La torre de Timón.


Carencia de objetividad, lo que multiplica los dictámenes personales, como si de opiniones no constara el tesoro de austeras disciplinas humanas. Flojo enlace, consecuencia problemática entre los acontecimientos, falta de regularidad que engaña a la previsión. He aquí los argumentos de quienes reducen la historia a simple entretenimiento literario, donde cada autor de respeto marca su estampa, enriqueciendo más la diversidad del mundo.

La historia puede merecer el majestuoso nombre de ciencia, desde que ésta, despojada de lo absoluto y allanada a tarea más humilde, renuncia a explicar y antever y se reduce a describir.

La historia como pasatiempo estético es parecer de humanistas. Los hombres del Renacimiento repetían en la escritura de ella la grandiosa unidad del poema épico, y ejecutaban una y otra empresa literaria bajo el dictado de la misma musa. Seguían otras veces el curso de los acontecimientos, para exponerlos a guisa de ejemplos, con fines de moral práctica para uso de los príncipes. Prestaban a los personajes en consejo discursos armados de sutilezas y figuras, como en torneo de escuelas. Atribuían a los caudillos de la batalla arengas razonadas o briosas que tenían de Tito Livio o de Homero. Cerraban el comentario a los sucesos estampando con duro buril de hierro la grave sentencia escapada a la ceñuda concisión de Tácito.


Jamás se ha tratado la historia, como entonces, con tan fina curia, como para público de artistas. Los personajes son todos héroes, y hablan extraordinario lenguaje sobre un tablado trágico. Desde aquí amonestan a caballeros y monarcas. La Edad Media contribuye con la parte más principal al brote del Renacimiento. Aporta el entono caballeresco, el menosprecio casi feroz hacia el villano, sentimientos más benéficos para el culto del arte que todo el primor de la erudición grecolatina. Los letrados se alejan hoscos e inhumanos de la plebe. Escriben historia a modo de epopeya, o con moraleja que no sirve a la turba de los mortales. Plagan, por lo mismo, las literaturas de la época con aquellos modos de expresión, raros y artificiosos, que sedujeron a Góngora, entre muchos. Eran, en suma, estilos y temperamentos cortesanos y heroicos, en los cuales se reiteraba el Feudalismo.

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domingo, 8 de octubre de 2017

Guarida de los poetas. Rainer Maria Rilke, Pietà, Nuevos poemas. Lo reza Oskar Werner / Andrei Rubliov, La pasión. / Auguste Rodin Cristo y Magdalena. / La Pietà de Miguel Ángel

© lacl 




Un conmovedor poema de Rilke, la Pietà de los Nuevos poemas. Nos tomamos el atrevimiento de agregar una versión libre, en nuestro vano celo e intento por acercar forma a contenido.

He leído algunas versiones inglesas que han creado otro poema, muy distinto al original, canto o elegía que, sin pretensiones (¿cabría alguna en tema semejante?) apunta a un amor por encima de toda prueba, por encima de toda creencia, por encima de cualquier mitología ideada para la creación de fábulas escriturales cuyo sentido no haya sido otro que el asentar un dogma. Pero resulta que el amor supera todo dogma. Eso es lo que, a juicio de un servidor, cantan estas conmovedoras y piadosas letras que versan los rezos de María Magdalena.

Tómese nota de la lectura y el acento que le da Oskar Werner al texto original, independientemente de que se conozca o no la lengua madre, tomando en cuenta la lectura del original aquí agregado. Es cuestión de entonación. Y la armonía y la concordancia de las palabras resultan ser tan melodiosas como las de cualquier nota musical retozando con las otras.

lacl


Cristo y Magdalena, Auguste Rodin




Pietà


So seh ich, Jesus, deine Füße wieder,
die damals eines Jünglings Füße waren,
da ich sie bang entkleidete und wusch;
wie standen sie verwirrt in meinen Haaren
und wie ein weißes Wild im Dornenbusch.

So seh ich deine niegeliebten Glieder
zum erstenmal in dieser Liebesnacht.
Wir legten uns noch nie zusammen nieder,
und nun wird nur bewundert und gewacht.

Doch, siehe, deine Hände sind zerrissen -:
Geliebter, nicht von mir, von meinen Bissen.
Dein Herz steht offen und man kann hinein:
das hätte dürfen nur mein Eingang sein.

Nun bist du müde, und dein müder Mund
hat keine Lust zu meinem wehen Munde -.
O Jesus, Jesus, wann war unsre Stunde?
Wie gehn wir beide wunderlich zugrund.


Pietà

Así pues veo Jesús, una vez más, tus pies,
que fueron los pies de un muchacho,
los que 
antaño descalcé y lavé;
cómo se confundían entre mi pelo
cual un gamo blanco en el arbusto espinoso.

Así pues veo tus miembros nunca cortejados
por primera vez en esta noche de amor.
Nunca nos acostamos juntos,
y ahora sólo te admiro y te velo.

Pero he aquí tus manos desgarradas,
Amado, no por mí, ni por mi mordedura.
Tu corazón está abierto y uno puede entrar: 

entrada que debería haber sido sólo mía.

Ahora estás cansado, y tu boca cansada
no tiene ganas de soplar en mi boca.
Oh Jesús, Jesús, ¿cuándo fue nuestra hora?
Cuánto los dos nos extrañamos.

Rainer Maria Rilke, mayo / junio 1906, París

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Notas: 
1. En la foto superior dejamos una toma de la traducción de ese poema, puede leerse en Nuevos Poemas de Rilke, para Hiperión, Madrid, 1998. Al hacer doble click sobre la foto o abrir la imagen en una pestaña nueva puede leerse más cómodamente con el zoom.  

2. Agregamos el hermoso pasaje de la Pasión del filme Andrei Rubliov, de Andrei Tarkovski, por las resonancias que nos dejan sus imágenes. 

Rilke, Piedad.

Lo reza Oskar Werner 





Andrei Rublev




Hay que ir a You_tube para disfrutar de esta maravilla...

https://youtu.be/BX5jZwjM6i8?si=a6wmtTslcJxAkgEO




Auguste Rodin
Cristo y Magdalena






La Pietà de Miguel Ángel






jueves, 5 de octubre de 2017

MITO. José Antonio Ramos Sucre, Las formas del fuego, 1929. / Andrei Rubliov, fim de Andrei Tarkovski



MITO.  José Antonio Ramos Sucre, Las formas del fuego, 1929.

El rey sabe de los motines y asonadas provocados por los descontentos en tomo de la misma capital. Recibe a cada paso un mensajero de semblante mustio. Se traba un diálogo sobresaltado en torno de una noticia ambigua.

El soberano imagina la devastación de una zona feraz y el exterminio de sus labradores. Una tribu cerril se ha aprovechado de la confusión del reino y lo ha invadido en carros armados de hoces. Unas brujas desvergonzadas, consejeras de los caudillos montaraces, vociferan sus vaticinios en medio de los residuos negros de las hogueras. A través del aire calentado se distingue un sol rojo, de país cálido.

Los hombres de la tribu cerril trasportan unas tiendas de cuero sobre el lomo de sus perros desfigurados, ávidos de sangre, y se establecen con sus mujeres, a sus anchas y cómodas, en cavernas practicadas en el suelo. Reservan las tiendas para sus jefes.

El rey consulta en vano el remedio del estado con los capitanes antiguos, de barba pontificia y de elocución breve.

El príncipe, su hijo, sobreviene a interrumpir el consejo, en donde reina un silencio molesto. Inventa los medios saludables y los recomienda en un discurso fácil. Posee la idea virtual y el verbo redentor. Acaba de salir de la compañía de los atolondrados.

Los veteranos se retiran ceremoniosos y esperanzados y se sujetan a sus órdenes. La presencia del joven suprime las fluctuaciones de la victoria y neutraliza el ardid de los rebeldes.

El héroe ha salido al peligro con la asistencia de una muchedumbre entusiasmada.


El día de su regreso, las mujeres hermosas entonan, desde la azotea de los palacios de la capital, un himno de antigüedad secular en alabanza del arco iris.



Una obra maestra, Andrei Rubliov, de Andrei Tarkovski, 1. Trailer. 2. Primera part. 3. Segunda parte






sábado, 30 de septiembre de 2017

Guarida de los poetas / Mi padre el inmigrante - Vicente Gerbasi / Elevación del ser, Vicente Gerbasi / Odila - Orquesta de Instrumentos Latinoamericanos (Fundación Bigott - 1987)

© lacl 
Dos cantos de Mi padre el inmigrante...


Esos versos suyos nos marcan a todos, a los que ”…Venimos de la noche y hacia la noche vamos…”

Una ofrenda…

“…los poetas no son unos literatos. Somos existenciales, somos como filósofos, pero en primer término el poeta tiene que trabajar con su propia alma…”

“…El arte es una reclusión…”


Vicente Gerbasi


Mi padre el inmigrante - Vicente Gerbasi


XXIII

Yo vengo de esa hora que soporta la tierra, 
donde estaba tu vida contra los huracanes,
frente a las puertas selladas ante las bocas mudas.           
¿Acaso, lloraste a veces bajo la medianoche,
cuando las estrellas te llevaban a tu cielo?
¿Acaso te arrepentías?
¡Ah, pero tus manos podían soportar toda tu soledad
y te daban el pan!           
Y entonces miraste en los ojos de los pobres,
de los mendigos que guardan en los rincones de las ciudades.           
¡Ah, los mendigos!... ¡Ellos, los mendigos!...
Tan parecidos a los viejos muros y a los santos...           


XXIV


De todo tu andar de antiguo caminante,           
de todo tu sufrir en desamparo,
de soportar el peso del hacha o del saco,
de asistir al herido y repartir el pan,
sólo te quedó una casa,           
a cuya puerta escribiste algunas palabras de la Biblia.
Aquella casa fue mi casa.           
Mi casa pintada de cal, allá en mi aldea,
escondida entre el café y el cacao.           
Otras casas había, rojas, azules, verdes, amarillas,
en mi aldea, que entre árboles           
jugaba con niños y caballos.
Había una plaza con cabras y almendrones de apacible sombra,
y una iglesia de donde salía un Cristo,
en una urna de cristal, cuando la Semana Santa.           
Yo nací en tu casa con palabras de la Biblia,
y allí estabas callado, con tus libros,           
junto a mi madre y a mis pequeños hermanos.
Allí estaban tus noches,           
todavía con las estrellas de otro mundo,
y allí tu amorosa soledad, tu vida, tus recuerdos.           
Y allí estaba yo como una angustia para ti,
y tu trabajo y el sudor de tu frente;           
y el canto de los sapos en las sombras,
y el tinajero en el corredor de la medianoche,
y las lluvias nocturnas que nos lanzaban a un oscuro amanecer.
¡Estábamos tan cerca de los árboles, del río y la montaña!...           
Yo con mi alegría donde cantaba el cristofué,
tú con tu vida dura, con golpes y nostalgias,
de pie ante los días de mi infancia.

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Nota: Desconozco quién es el autor de la foto.



 Elevación del ser, Vicente Gerbasi 








Odila - Orquesta de Instrumentos Latinoamericanos (Fundación Bigott - 1987)
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Emil Cioran, Ese maldito yo. / El Apocalipsis según Cioran





Lo esencial surge con frecuencia al final de las conversaciones. Las grandes verdades se dicen en los vestíbulos.

Lo caduco en Proust son sus futilidades cargadas de un vértigo prolijo, el regusto a estilo simbolista, la acumulación de efectos, la saturación poética. Es como si Saint-Simon hubiera sufrido la influencia de las Preciosas. Nadie le leería hoy.

Una carta digna de ese nombre sólo puede escribirse bajo el efecto de la admiración o de la indignación, de la exageración en suma. De ahí que una carta sensata sea una carta inexistente.

He conocido a escritores obtusos e incluso tontos. Por el contrario, los traductores con los que he tratado eran más inteligentes e interesantes que los autores a traducían. Es lógico: se necesita más reflexión para traducir que para «crear».

Quien esté considerado por sus amigos como alguien «extraordinario», no debe dar pruebas de lo contrario. Que evite dejar trazas y sobre todo que no escriba, si desea ser algún día para todos lo que fue para algunos solamente.

Cambiar de idioma, para un escritor, es como escribir una carta de amor con un diccionario.

«Creo que tú has llegado a detestar tanto lo que piensan los demás como lo que tú mismo piensas», me dijo aquella amiga poco después de vernos tras una larga separación. Más tarde, en el momento de despedirnos, me citó un apólogo chino del que podía deducirse que nada iguala el olvido de sí mismo. Ella, el ser más presente, el más rebosante de «yo» que pueda imaginarse, ¿por qué especie de malentendido preconiza ahora la renuncia hasta el punto de creer que ofrece el ejemplo perfecto?

Incorrecto hasta lo intolerable, mezquino, desastrado, insolente, sutil, intrigante y calumniador, captaba los menores matices de todo, gritaba feliz ante una exageración o una broma... Todo en él era atrayente y repulsivo. Un canalla al que se echa de menos. Nuestra misión es realizar la mentira que encarnamos, lograr no ser más que una ilusión agotada.

La lucidez: martirio permanente, inimaginable proeza.

Quienes desean hacernos confidencias escandalosas cuentan cínicamente con nuestra curiosidad para satisfacer su necesidad de exhibir secretos. Saben además que se los envidiaremos demasiado para revelarlos.

Sólo la música puede crear una complicidad indestructible entre dos seres. Una pasión es perecedera, se degrada como todo aquello que participa de la vida; mientras que la música pertenece a un orden superior a la vida y, por supuesto, a la muerte.

Si no poseo el gusto del misterio es porque todo me parece inexplicable, o mejor dicho, porque lo inexplicable es mi único sustento y estoy harto de él.

X. me reprocha que me comporte como un espectador, que no participe en nada, que lo nuevo me repugne. -«Pero si yo no quiero cambiar nada», le respondo. Sin embargo, no ha comprendido el sentido de mi respuesta: me cree modesto.

Se ha señalado acertadamente que la jerga filosófica cambia tan rápidamente corno el argot: ¿Las razones? La primera es demasiado artificial, el segundo demasiado vivo. Dos excesos desastrosos.


Emil Cioran, Ese maldito yo.


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El Apocalipsis según Cioran




Mircea Eliade et Emil Cioran, Paris, 1977 © Louis Monier