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viernes, 22 de noviembre de 2013

Un modo de abandonar la discusión, lacl, contracorrientes, sentencias en incertidumbre / ABANDONO DE LA DISCUSIÓN (Vigraha_vyāvartanī) – NĀGĀRJUNA / CANTOS.

© lacl 
Un modo de abandonar la discusión… Una glosa lejana...

En memoria de Nāgārjuna...

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No puedo ser un literato, tal como no podría ser un profesional en nada de lo que predica la embaucadora civilización del siglo XXI. Y aunquecumpla un rol, también yo soy un embaucador (lamentablemente para quienes creen en mí). La literatura de hoy se alimenta con un noventa por ciento de mentiras. Y ya debería bastarnos con que el mundo se alimente con un noventa por ciento de mentiras. Así que, harto como estoy, no puedo escribir mentiras. Tal como no se debería hablar por hablar, tampoco deberíamos escribir por escribir. El ingenio puede ser nuestro mayor enemigo, representando el papel de un acicalado Narciso que en nada nos compromete. ¿ De qué vale exhibir la belleza de la imaginación si ella ha de quedar prisionera entre las desérticas regionesde un escindido pensamiento, desterrada del alma ? Tampoco me vanaglorio ni me quejo de vender el zumo de mis días a una secta cuyo culto es el de arrasar, como una aplanadora, todo intento de vivir en  libertad. Tengo las noches. Dispongo de su silencio, del de la luna y las estrellas; dispongo del susurro de los grillos (hay grillos en mi balcón y, en ocasiones, se alojan debajo de mi cama) y tengo el eco de mi canto cuando estoy tan conmovido que no puedo cantar. Además, tengo mis amigos y, en ocasiones, canto con ellos. Tenemos la fortuna de poder celebrar la fiesta de la memoria y el olvido. Y luego dispongo de nuevo del silencio del  tiempo, derramándose como un arroyo solitario. En cuanto al amor, no puedo pedirle nada. En estos días él está tan agobiado como lo está el maltrecho y apertrechado corazón del hombre. Y no puedo culpar a la mujer por tener que cerrar filas en esta agónica lucha, en la que todos buscan imponer una egótica victoria. Prefiero convivir con un pretendido diez por ciento de verdad o, al menos, con un diez por ciento de no mentira.

Ni quiero ni debo escribir mentiras.


(contracorrientes, sentencias en incertidumbre, lacl, Col. Manoa, BID&CO Editor, Caracas 2006 y 2013
)





 

Abandono de la discusión, Nāgārjuna

POST SCRIPTUM

Obra acrisolada, que merece un comentario aparte. Compré tres veces este libro, en un momento y una oferta que lo hacían posible, dos para ser regalados y un tercero para el goce de este servidor. Sus destinatarios serían dos muy queridas personas, mi hermano y compadre Mario Amengual y nuestro querido maestro Rafael Cadenas. La ocasión era propicia, pues el afectuoso gesto coincidía con el bautizo, en la librería El Buscón de Las Mercedes, de un libro de Mario y dos de este servidor con palabras de nuestro maestro. Por cierto que esa noche del bautizo me fue imposible darle el presente a Cadenas (a Mario le había dado el suyo esa misma tarde, antes del comienzo del evento); eso lo haría tiempo después, en otro de nuestros ocasionales encuentros y en un aparte con algo de mayor intimidad. Se sorprendió ante tal libro y en breves minutos me regaló una clase magistral sobre la importancia de esta obra, amén de una amena semblanza sobre Nāgārjuna.
En este momento, no tengo mi ejemplar a la mano. Supongo que andará dialogando con otros compañeros en algún lugar de mi itinerante biblioteca. Pero ya aparecerá. Por lo momentos, dejaremos acá una de sus objeciones que ya tenía anotada.


ABANDONO DE LA DISCUSIÓN (Vigraha_vyāvartanī) – NĀGĀRJUNA

[Objeción]

Si dices que ninguna cosa tiene naturaleza propia (svabhā_va), entonces tus palabras (vacana) carecerían de naturaleza propia, y no estarías en posición de negar la naturaleza propia de las cosas.

(De la magnífica traducción de Juan Arnau, Universidad de Michigan)

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CANTOS 
DEVA PREMAL




© [Luis Alejandro Contreras Loynaz/LetrasContraLetras - contracorrientes]. Todos los derechos reservados. Fecha de creación del blog: 2007. ©

domingo, 17 de noviembre de 2013

Es tan fácil perder el camino, lacl / Lectura / Estampas

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Es tan fácil perder el camino

Dos semanas después de haber rasguñado las líneas de abajo puedo, finalmente, entrar a mi blog para dejar, al menos, estos rastros…

3 de Noviembre, 2013

Vengo a casa por unos momentos a buscar restauración para el cuerpo. Y ya debo partir de nuevo, pero no me voy sin el mandato de dejar acá estas líneas, que lanzo a los aires y que dedico especialmente a quienes sientan o acaso intuyan que se les pudieran haber cortado los hilos que le ligaban al ombligo ancestral.

*


      A Maruja, mi madre, María Luisa Loynaz Sucre

Es tan fácil perder el camino,
tan expedita la vía para desandar
la fragante memoria de las flores,
es tan empalagosamente engañoso
olvidarnos del ombligo,
caminar, con paso resoluto, sobre una cuerda
o, acaso, un espejismo, un piso de vidrio,
y vestirlos de sagrado templo.
Vestir nuestras piruetas de heroicidad fingida.
Es tan fácil hallar morada en lo foráneo,
tan fácil partir, saltar al afuera y no volver,
olvidarnos de la casa primera, de su fuego
o de la titilante llama de su centro.
Y vivir la vida sin asiento,
que es como haberla vivido sin aliento,
pintar nuestras fábulas de posteridad,
de una posteridad que sólo dura
hasta el instante en que exhalamos
nuestro último suspiro;
y volver a casa,
a la nada que es todo,
sin saber que volvíamos al origen.

lacl, noviembre 03, 2013, 7:00 am, en el hospital, cama de acompañante.





lacl, Imagen de arriba, en B/N: Cota Mil - Río de luz. Década de los 90 (Aprox 1994)- Fotografía 35 mm, D. R.


 

La joven Maruja posando para unas fotografías, en su casa, San Agustín...



Maruja a mi lado, al romper mi silencio con una tardía Ópera Prima: "contracorrientes - sentencias en incertidumbre", bid&co editor, caracas, 2006, reimpresión en 2013. Al fondo Mercedes Barreto conversa animadamente al trasluz de una copa de vino y, en el centro, de negro y sonriente, nuestra bella y querida Beatriz Patiño. 





En el jardín, azalea... 




Autopista Caracas - Valencia




jueves, 31 de octubre de 2013

LA GUERRA, JOSE ANTONIO RAMOS SUCRE - LAS FORMAS DEL FUEGO, 1929.

© lacl 


El hombre de inteligencia rudimentaria salió a cazar lejos de su llanura inundada, al empezar el día de una época primitiva.

Dirigió sus pasos a un desfiladero de origen volcánico, donde habitaban dragones crispados y aves deformes y perezosas.

Escogió, durante el trayecto, las piedras más sólidas, para armar su honda.
Emitió gritos con el mayor aliento, usando las manos a guisa de tornavoz.

Otro hombre apareció, vestido de una zamarra y aparejado a la lucha. Vociferaba desde la cima de un monte. Su rostro se perdía en el bosque del cabello y de la barba.

El combate duró, sin decidirse, un tiempo indefinido. Hilos de sangre pintaban la cara y el pecho de los rivales.

Una mujer falseó cautelosamente el pie del defensor y lo precipitó desde la altura. 

Se vengaba de una sumisión abyecta.

El vencedor la toma bajo su autoridad e impone sobre sus hombros la suma del botín. La dirige hacia la llanura por una cuesta breve.

Se despreocupa de la espalda abrumada y de los pies sangrientos de la cautiva.
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© [Luis Alejandro Contreras Loynaz/LetrasContraLetras - contracorrientes]. Todos los derechos reservados. Fecha de creación del blog: 2007. ©

lunes, 21 de octubre de 2013

Walt Whitman, Un millón de muertos, Anotación, Días ejemplares de América (Walt Whitman, Specimen days: THE MILLION DEAD, TOO, SUMM'D UP) / Galería de fotos de la Guerra de Secesión / Benjamin Britten, Réquiem de guerra (War requiem) / DEMOCRATIC VISTAS: ENLACE AL LIBRO, EN LÍNEA

© lacl 
















(Esta nota ha sido escrita en Junio del año pasado, * pero se me había pasado subirla al blog)


Nota: Para leer la glosa de Whitman, ir a las imágenes de arriba, colocar el cursor sobre la que se desee leer, hacer click con el botón de la izquierda, al abrir la imagen, hacer click con el botón de la derecha, seleccionar "view image" o "ver imagen" y se activará el zoom.

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Entre los libros que más honda huella han dejado en mi alma se encuentra “Días ejemplares de América”, de Walt Whitman. Un libro conmovedor, compuesto de pinceladas y anotaciones iniciadas durante el año de 1862, en plena guerra de secesión. Es un libro al que de cuando en cuando vuelvo, para leer al azar, cual un caminante que recoge frutos por el campo en una travesía sin destino. Whitman cubrió sus libretas con vívidos bocetos de lo que le tocó presenciar durante esa conflagración homicida entre hermanos, una de las más cruentas del siglo XIX. El belicismo no es nada que el ser humano no haya practicado desde tiempos inmemoriales. Pero resulta sorprendente que, a pesar de los florecimientos civilizatorios de la humanidad, el hombre se siga mostrando como la más bárbara de las especies que pueblan el mundo.

Parece increíble que los hombres hallen tantas razones para tan empecinadamente matarse entre sí y tan pocas para disfrutar el regalo de las llanezas con que les regala la naturaleza, esa diosa a la que Alfonso Reyes nominara alguna vez como “dulzura ambiente”.



En medio de esa absurda mortandad, Whitman decidió ir al teatro de la guerra, pero no como soldado, sino como enfermero voluntario y, en buena medida, como escucha, como consolador de almas, como un imparcial observador del exabrupto. Afirmo que estas páginas suyas logran conmover a quien entregadamente las lee, con la misma potencia que puede alcanzar el más iluminado de los poemas.

Notas de naturaleza contemplada, estertores de un soldado malherido, la íngrima silueta de Lincoln a la luz de la luna, sangrientos cuadros de guerra o pinceladas post mortem. Una de ellas, la intitulada “Un millón de muertos”. Lo que parece, en un principio, un ejercicio de enumeración caótica, va tornándose de repente en un río de batallas y de seres inmolados. El épico zigzag de un carrusel plagado de fantasmas y seres anónimos. Hubo una época de mi vida en que acostumbraba llevar ese libro bajo el brazo y, al menor descuido, leerle esa cuartilla a un desprevenido amigo (creo que he de volver a tal costumbre). Tal era mi necesidad de comunicar esa develadora palabra. No soy misionero. Pero creo firmemente que debemos combatir la humana sinrazón que avasalla al ser humano.

No he transcrito la glosa. Me he limitado a pasarla por un scan y agregarla a este álbum de imágenes de la guerra de Secesión. Espero que sea legible para quien (albergo esa esperanza) pueda sentir la perentoria necesidad de leer ese texto. Lo hago impulsado por dos razones o, mejor, tres: dos patentes y una subyacente. Una, porque me hallo inmerso en la lectura de la novela Lincoln, de Gore Vidal, extraordinaria. Dos: porque, al unísono, un amigo me envió un enorme archivo de fotos de la Guerra de Secesión en los EEUU, del cual sólo agrego acá una mínima parte. Y tres, porque esos dos eventos, aparentemente casuales, han venido a reiterar tantos años de sentida admiración por ese libro de Whitman, por el alma humana allí representada y porque, en el fondo, corrobora nuestra creencia de que pocas cosas en el universo simbólico del ser humano llegan a ser casuales.

lacl
* 06/06/2012

Post scriptum, 30 de Mayo, 2019. Agregamos la glosa en su lengua original...


THE MILLION DEAD, TOO, SUMM'D UP

The dead in this war — there they lie, strewing the fields and woods and valleys and battle−fields of the south — Virginia, the Peninsula — Malvern hill and Fair Oaks — the banks of the Chickahominy — the terraces of Fredericksburgh — Antietam bridge — the grisly ravines of Manassas — the bloody promenade of the Wilderness — the varieties of the strayed dead, (the estimate of the War department is 25,000 national soldiers kill'd in battle and never buried at all, 5,000 drown'd — 15,000 inhumed by strangers, or on the march in haste, in hitherto unfound localities — 2,000 graves cover'd by sand and mud by Mississippi freshets, 3,000 carried away by caving−in of banks, — Gettysburgh, the West, Southwest — Vicksburgh — Chattanooga — the trenches of Petersburgh — the numberless battles, camps, hospitals everywhere — the crop reap'd by the mighty reapers, typhoid, dysentery, inflammations — and blackest and loathesomest of all, the dead and living burial−pits, the prison−pens of Andersonville, Salisbury, Belle−Isle, (not Dante's pictured hell and all its woes, its degradations, filthy torments, excell'd those prisons) — the dead, the dead, the dead — our dead — or South or North, ours all, (all, all, all, finally dear to me) — or East or West — Atlantic coast or Mississippi valley — somewhere they crawl'd to die, alone, in bushes, low gullies, or on the sides of hills — (there, in secluded spots, their skeletons, bleach'd bones, tufts of hair, buttons, fragments of clothing, are occasionally found yet) — our young men once so handsome and so joyous, taken from us — the son from the mother, the husband from the wife, the dear friend from the dear friend — the clusters of camp graves, in Georgia, the Carolinas, and in Tennessee — the single graves left in the woods or by the road−side, (hundreds, thousands, obliterated) — the corpses floated down the rivers, and caught and lodged, (dozens, scores, floated down the upper Potomac, after the cavalry engagements, the pursuit of Lee, following Gettysburgh) — some lie at the bottom of the sea — the general million, and the special cemeteries in almost all the States — the infinite dead — (the land entire saturated, perfumed with their impalpable ashes' exhalation in Nature's chemistry distill'd, and shall be so forever, in every future grain of wheat and ear of corn, and every flower that grows, and every breath we draw) — not only Northern dead leavening Southern soil — thousands, aye tens of thousands, of Southerners, crumble to−day in Northern earth. And everywhere among these countless graves — everywhere in the many soldier Cemeteries of the Nation, (there are now, I believe, over seventy of them) — as at the time in the vast trenches, the depositories of slain, Northern and Southern, after the great battles — not only where the scathing trail passed those years, but radiating since in all the peaceful quarters of the land — we see, and ages yet may see, on monuments and gravestones, singly or in masses, to thousands or tens of thousands, the significant word Unknown.
(In some of the cemeteries nearly all the dead are unknown. At Salisbury, N. C., for instance, the known are only 85, while the unknown are 12,027, and 11,700 of these are buried in trenches. A national monument has been put up here, by order of Congress, to mark the spot — but what visible, material monument can ever fittingly commemorate that spot?)


W. W. Specimen Days






















Benjamin Britten, Réquiem de guerra (War requiem)



DEMOCRATIC VISTAS: ENLACE AL LIBRO, EN LÍNEA...


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