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Juan Sánchez Peláez
Rasgos comunes
OH EL TRASPIÉS
Oh el traspiés, el hueco de nuestra sombra, y ninguna lágrima redonda.
Oh muy tunante que olvidas, muy parlanchín, callas ante los verdaderos misterios. Apuras el sabor de lejanos mediodías. Pero el tiempo se pegó a tus botas, la nieve que quieres arrojar por las ventanillas del tren. El tiempo que es un tambor en el vestíbulo de los desconsolados. Oh aquel susurro en el viento mudo de la hora febril.
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PIENSO CON FRECUENCIA
Pienso con frecuencia en el día que pasa y en los años que me fueron negados. Sin embargo, el jazmín de pie se vino de bruces e invadió la casa. Me regodeé con la mujer encinta, toqué lo que le faltaba. He sentido también con su piel la tierra, y me he visto envejecer desnudo.
(Has dado vueltas al reloj, persona que desvarías. De golpe tuvimos tú y yo toda la claridad. Nos vimos llegar victoriosos e indemnes a rehacer el camino, a referir lo vivido al sueño.)
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INOCENCIA
Cuando pongo la mejilla en esa melodía, recupero un instante la ciudad perdida.
Vivo sin leño ni lumbre, señuelo en pos de ti.
Por encontrarnos en el mundo, nos cubre la llama que da pavor. Soy de pies a cabeza la gran vacilación del hombre. Mustio, trago a cántaros el olvido y la tiniebla.
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Un poema que marcó mi juventud tanto como otros del mismo Juan...
(lacl)
REASONING
Los hombres de heteróclitos oficios viven en el cautiverio. Los embriaga un hada lisonjera y cruel. El pez espada no les sonríe, la furia del moscardón les impide ver. Los hombres de heteróclitos oficios no voltean la faz ni marchan tampoco al trote, y no esperan. Ay de nuestra presunción y de nuestra historia, jóvenes ligeros en el viento.
Juan Sánchez Peláez, Rasgos comunes. Monte Ávila Editores, Caracas, 1975
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EL CÍRCULO SE ABRE
El círculo se abre, ¿ves?, ¿no oyes como si hubiera gran brisa en los árboles, no escuchas las palabras sin sentido de una mandolina? Que regrese a nosotros la dicha que tuvimos y el páramo. A fondo, memoria mía, para que no extravíes en la estación final ni un átomo en las cuentas de la angustiosa cosecha. No te vayas a olisquear recuerdos, proseguía el encantado jardín; no nos abandones, reina madre, murmuraba nuestra familia de huérfanos; dame un punto de apoyo o una saeta exacta, continuaba la niñez mientras comía unas fresas. No te vayas, arduo otoño, exclamo ahora, déjame asirte
y baila arriba títere de mi corazón que tan bien sabes dilapidar la leche del gato y el cántaro de semillas, y que con la ayuda del tiempo me rectificas y alzas con el sonido de una pelota bajo la lluvia.
(a Humberto Díaz Casanueva)
Rasgos comunes , Juan Sánchez Peláez, Monte Ávila Editores, Caracas 1975.
Es el poema que abre el libro. Un poema fundamental de nuestra memoria sigilosa, nuestra rumorosa inconsciencia. (lacl)
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