© lacl
Formo parte del séquito, una delegación especial del ministerio de propaganda para el trabajo. Soy pintor y fotógrafo oficial del régimen. Estamos en el palacio de gobierno que ha deshabitado el zar ante un llamado mayor: el del inexorable encuentro con las parcas.
Todos nos
rinden pleitesía. Somos objeto de todos los honores.
En el palacio
hay mucho alboroto, sin que ello signifique que la atmósfera reverencial, de
sumisa adoración por el difunto monarca, deje de marcar todas las pautas
ceremoniales. Nadie debe equivocarse. Es un dios, así sea un dios caído.
Con taciturna prosopopeya
nos dan acceso a la pequeña recámara donde yacen los restos que se niegan a
morir, recinto al que entramos escoltados por dos de sus edecanes.
Sobre un catre jadea extenuantemente una sombra o remedo de armazón humana, henchida de vientos susurrantes. Aullidos de otro mundo pueblan la armadura y de ella salen girando en remolino, como el eco de un millar de ahogadas voces que no alcanzan a salir de la recámara; sólo pueden ser escuchadas dentro de ella.
Sobre un catre jadea extenuantemente una sombra o remedo de armazón humana, henchida de vientos susurrantes. Aullidos de otro mundo pueblan la armadura y de ella salen girando en remolino, como el eco de un millar de ahogadas voces que no alcanzan a salir de la recámara; sólo pueden ser escuchadas dentro de ella.
No son cantos,
son clamores del averno.
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Autor desconocido, 1911. Hallado entre los papeles del Conde Anselmo Di Testarutto. Turín.
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NOTA BENE
Solemos rescatar con mayor facilidad la memoria ancestral, los recuerdos añejos, incluso de infancia, que los recuerdos recientes. Bueno, al menos, en lo que concierne a la importancia de lo fijado en la memoria. Por supuesto, un suceso importante de reciente data no debería ser olvidado, a menos que haya resultado traumático y el soñador opte por colocar ese suceso en un cajón o gabinete de la memoria; él sabe que está allí, al alcance de la mano, pero no desea abrirlo, a menos que haya decidido que es necesario enfrentar las secuelas de su trauma. En fin, El infiltrado es una suerte de pesadilla que había caído en el olvido; fue soñada hace apenas un año y no fue un sueño feliz. Encarar esas voces de otro mundo de las que versa ese breve relato de una pesadilla, fue una experiencia verdaderamente tenebrosa. Mucho más tenebrosa que la que solemos encarar en la diaria y diurna realidad. Y uno despierta de tales pesadillas en un estado de zozobra de dimensiones colosales, como si se hubiera enfrentado verdaderamente con un cíclope. Como los sueños son anónimos, el autor de este relato también lo es.
(lacl)
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© [Luis Alejandro Contreras Loynaz/LetrasContraLetras - contracorrientes]. Todos los derechos reservados. Fecha de creación del blog: 2007. ©









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