martes, 11 de marzo de 2014

Show Business de la Muerte



Tengo ojos avezados para imágenes de horror…



Tengo ojos avezados
para imágenes de horror,
tal como impone
el insomne training severo
de nuestra edad aguijoneante
de humaredas,
vidrios rotos,
kilobips
y llamas en el hígado

Como un vulgar ciudadano, no tuve más opción
que hacerme de un escudo no visible
-forjado en las llamas de la voluntad-
apto para repeler los desmanes de la pasión
o las jugarretas de la sensualidad,
instruido en el arte de sellar un silencio
rendido, solemne,
ante los embates del gran inmolador

Una mañana de generosa claridad,
me tocó ser un espectador más
del Show Business de la Muerte.
Gentes aplaudiendo a rabiar
ante pantallas de TV,
como focas amaestradas,
mientras presenciaban, abstraídas,
el abatimiento de los magnos
emblemas del poder,
el derribo de las torres majestuosas,
colmadas, como árboles en flor,
de latidos y transpiraciones,
de sueños y suspiros,
al final tan inocentes
como la savia que fluye
entre el bulbo y la hoja,
como el cumplido prodigio de la ósmosis,
como las ardillas y chicharras que,
sin la aquiescencia de los árboles,
hacen vida en las florestas

Tengo ojos avezados
para láminas de horror,
tal como demanda  
la solemne doctrina
de nuestra edad ponzoñosa,
plagada de urbanas fumarolas;
nuestra edad moldeada
por detonaciones y estampidas,
marcada por el sojuzgamiento
de toda eclosión del corazón
que intente alzar una cadencia amorosa
hacia nubes de pureza;
nuestro ciclo predicante
del letargo de los sueños,
ese cielo nuestro, mayorista
de revoluciones e involuciones,
ese nuestro manojo de centurias
que promueven la hibernación de los sentidos
y una hornada de lóbregas mentiras
y misteriosas erratas;
ese tiempo nuestro colmado de éxodos verbales
e implosiones psicóticas,
de dogmáticas oscilaciones,
de malversaciones del alma
y de la compra-venta de inhumaciones;
nuestro horario racimo de ofrendas
de cáustica crueldad y de jergas axiomáticas,
nuestra festejada era de los vergonzosos alegatos
en defensa de la pobreza del espíritu
y de la deificación del monstruo cibernético,
descorazonado y duro salvador
que impuso su trastornado culto maquinal
sobre las pulsaciones de la vida

Tengo ojos curtidos
para íconos de atrocidad
y con ellos observo cómo Tánato pasea
su sombra triunfante
por nuestro anchuroso mundo,
alzando su cartapacio para contar
los dividendos de cada jornada bélica,
pues necesidad no tiene de apelar
a espada o a clepsidra

Y no sé cómo la obtuve pero,
de pronto y como por hechizo,
tenía una córnea gruesa en la mirada,
como la piel de un rinoceronte…

…pero los rinocerontes no tienen la culpa
de nuestras divinas decepciones
o de que hayamos olvidado
cómo dejarnos llevar al amor del agua…
…y no necesitamos de una hechicera
herida en su amor propio
para que nos vista con piel de asno
o para que, con un soplo,
invoque el espejismo
de nuestra ritual fatalidad,
nuestra fatal falta de amor…

… porque somos ajenjo de polvo cósmico,
brizna que respiramos sin advertir
que nos estamos viendo por dentro,
sin caer en cuenta que, de algún modo, ya viajamos
en los corpúsculos que visitan nuestros alvéolos,
para allí liarse tras una larga travesía


Cuadernario, Común Presencia Editores, Colección Los Conjurados, Bogotá, 2007.
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lacl ©

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