jueves, 30 de abril de 2009

A propósito del día internacional del libro.

 
Primera glosa.-

He encontrado recientemente una reedición de La Decadencia de Occidente, de Oswald Spengler, en una de las pocas librerías que (a pesar del cerrojo instaurado por el gobierno a la libre importación de libros) aún logra mantener en sus estantes libros de lectura imprescindible *. Me refiero a la librería Estudios que regenta nuestro amigo Marichal. En Venezuela, poco a poco, se le ha tendido un cerco a la literatura, a los estudios humanistas y a la cultura en general, desde un círculo de poder de cuarta categoría que tutela la labor cultural, y el cual es integrado mayormente por lustradores de botas palaciegas. Ese cenáculo sólo aprueba e impulsa la publicación, en las imprentas “estatales”, de libros cuyo tema sea de perfil conveniente para la verborragia que predica quien se ha autoproclamado Mesías interplanetario del siglo XXI; verborragia que hace perfecto juego con las afectadas alabanzas de toda una corte de recién alfabetizados y encumbrados príncipes, secretarios, consejeros, ministros, minuetistas, embajadores, plenipotenciarios, sinecuristas, sabios descalzos, amanuenses, notarios, ideólogos de nueva ola, doctrinarios ungidos de importancia nula, académicos de la inopia, teorizantes oficinistas, filósofos sectarios, suplicantes, mendicantes y pare usted de contar. Aduladores, gente gustosa de vestir las prendas del funcionario, servidumbre que apolilla nuestra lengua cuando piensan estar erigiendo las más hermosas églogas de una cegata visión política... Poquito a poco vamos navegando hacia el mar de una felicidad embargada… En tanto que los gobiernos de Cuba y USA, parecieran comenzar a abrir exclusas entre sí… Claro que esto sólo es un utópico parecer, pues a los Castro y su comitiva no les conviene levantar el bloqueo a un pueblo de corderos expiatorios.

A Spengler hay que leerlo y entre-leerlo, pues es inevitable tomar una actitud precavida ante alguien que llegó a coquetear con el partido Nazi hasta muy poco antes de fallecer (Spengler falleció en el 36, pero en el 34 se distanció definitivamente del lunático de Hitler y su cuadrilla de vampiros), luego de la funesta Noche de los cuchillos largos, ya reseñada en estas páginas, el pasado 22 de Abril. Sin embargo, jamás puso en tela de juicio la admiración que sentía por “el Duce” Mussolini, por los sistemas absolutistas, el Cesarismo y la mano dura, ya que descreía firmemente de la democracia.

Uno puede tener cautela y hasta descreer de la democracia, dado que -como todo sistema de ideas y propuestas para una más justa coexistencia en colectividad- ella está sujeta al obrar humano. Pero es que de cualquier sistema de ideas que haya sido orquestado y, sobre todo, asumido y acogido en una siempre mudable conciencia, como un corpus teórico, mas sin piso ético y como divorciado de la humana sensibilidad, esto es, des-espiritualizado, no puede surgir una verdadera convivencia.

De todas maneras me propongo leerlo en sus líneas y entre líneas, pues la versión previa que yo tenía de ese libro es una edición viejísima y excesivamente subrayada por su dueño original, un venerable catedrático que donó su biblioteca y que, quizás, jamás imaginó que sus libros irían a parar a los puestos de libreros de la avenida Fuerzas Armadas, en el centro de Caracas, luego de haber él confiado su legado a los cuidados de la Biblioteca Nacional. Escribo esto porque se aproxima el día internacional del libro. Y tal parece que hoy, como ayer, cultura y libro valen un par de granos de comino para los gobiernos que se apropian de las vestiduras del Estado.

Salud!
lacl
16 de abril, 2009


* Claro que puede hacerlo a un precio que no permite llevar todo lo que uno quisiera, pues aquel que se quiera aventurar a importar libros a Venezuela, debe acudir al mercado de la compra de bonos internacionales para poder obtener legalmente dólares a un cambio superior a la tasa establecida por el control de cambio oficial. A la fecha de hoy, el dólar así obtenido se cotiza aproximadamente a BsF 7,00 x 1USD vs. los BsF 2.15 que establece el control de cambio fijado por el gobierno desde hace ya más de seis años.

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Segunda glosa.-
Hoy es el día internacional del libro y ayer u hoy, también, ha sido el día de la tierra. Salí a la calle a tomar bocanadas de viciado oxígeno y a intentar un lance con el que aliviar mi depauperada hacienda, esto es, darle algo de comer a mis macilentos bolsillos. El hastío, la morriña y una lobreguez que acaso pudiera responder al nombre de nihilismo (producto de los desganados amores de hastío y morriña) asfixian el ambiente con su pesadez, hasta el punto de bloquearle los pulmones al aire de la ciudad y hasta a los aires del más alto cielo. Este o aquel rostro iracundo deben su ceño a la ausencia de aire en el aire*. Aquella alma, vagando de luto, no podría aseverarle a nadie, ni a sí misma siquiera, por qué lleva esa mortaja entre sus brazos; dejó de tener cuerpo, aun portando el cuerpo de una hermosa mujer, aunque más inerte que la más silenciosa de las rocas.

En el camino de vuelta, que no sé si es de partida o de regreso, me bajo del bus para buscarle un recoveco a mi respiración. Caigo en un tinglado, una feria sin arlequines, un cementerio. Están celebrando el “Día Internacional del Libro”, así, con toda la pomposidad del caso. Me armo de valor. Deambulo entre sus tiendas montadas en una plaza al aire libre (la idea no es mala, asumiendo que hubiera aire libre transitando en los pulmones de la memoria de quienes, más que convivir, lo que hacen es disputarse los espacios del circo). Veo en uno de los quioscos a un académico de la lengua, un caballero que ha escrito dos quijotes y tres celestinas en términos cuantitativos, así que opto por hacerme el invisible y tomo por la tangente. Me place caminar por la sombra. Recorro el resto de los tarantines de la feria y NADA. Sólo libros de personal superación, recetarios de cocina, biografías farandulescas, manuales de esto y aquello, estampitas de Jesucristo y postales con oraciones reiteradamente cursis, para no perder la costumbre. Y más de esa sensación de estar respirando o simulando respirar ese aire denso, amelcochado, que no permite que uno levante los brazos para explayarse en una alegría sin por qué. Es incomprensible. Estoy convencido de que todos en la ciudad prefieren vivir asfixiados antes que arrostrar vida o muerte. Casi al final de la ronda me topo con dos libros en los que pudiera uno fijar su interés: una novela de Oz y un extenso ensayo de Hillman. Pero sus precios superan holgadamente la exigüidad de mi liquidez. Así que doy por terminada mi rutina.


Pero, pendejamente, vuelvo al punto de inicio, allí donde antes inicié mi transitar bajo la sombra. Entro a la improvisada tienda y un título en particular, entre los exhibidos, llama mi curiosidad. Se trata de un volumen de ensayos, artículos periodísticos, entrevistas y glosas de terceros en torno a la persona de José Ignacio Cabrujas. Hojeo el libro, reviso aquí y allá, como suelo hacer con todo libro que capte mi atención. El tomo exhibe en la portada una fachada lustrosa y, en su interior, papel de segunda, como haciéndole juego a la nación en que vivimos. Decido llevarlo. No es barato. Tampoco es caro. Su precio responde a una circunstancia que se ha intentado convertir en regla, a un ejercicio de petulancia administrativa impartido desde los más altos cenáculos de una barbarie gubernativa. Cuando le digo a la encargada “me lo llevo”, noto que los ojitos académicos han estado posados sobre mi humanidad. ¿Por qué está aquí otra vez? Pues, ahora me percato, porque no se había ido. Está firmando un libro. Supongo que hoy han presentado un libro suyo, acaso sea una reedición, dado que el título manualesco creo remembrarlo. Casi que, por pena, lo compro. Pero jamás me han complacido los manuales, aunque no desacredito su lectura y, por otra parte, la exigüidad de mi liquidez ni siquiera ha pretendido cambiar de estatus. Decido ser selectivo. Cancelo el importe de mi libro y me despido cortésmente.

Escribo esto ahora, en el curso de una a cinco cervezas, porque tenía que sentarme, aunque fuera en la más mediocre de las areperas, tenía que hacer las paces, tenía que hacer memoria y cuenta de esta desazón que no tiene derrotero ni asidero en el mundo patente, sino en el latente y luego de haberme leído varios pasajes del libro de Cabrujas, precisa y noblemente prologado por Ibsen Martínez. Mi conclusión es que el tiempo sigue detenido. Cabrujas nos habla de una aldea en la que el tiempo fue invalidado, como si viviéramos atrapados en un cuadro de la historia o en una esfera de cristal que, al girar sobre su eje, representa eternamente la misma fábula. Él, que no tuvo la dicha o el infortunio de ser testigo y parte de este desaguisado del siglo XXI que nos obligan a empinarnos como lo haríamos con un tonel de aceite de ricino, habla con más propiedad y justeza de la aldea que dejó intempestivamente, que quienes la siguen habitando. Nuestra falta de piso, nuestro gusto por la grandilocuencia, nuestra colectiva egolatría, nuestra historia cargada de niebla y humo, nuestra manía por inventarnos mitos de fallida heroicidad y por contemplar perpetuamente a Adonis en el espejo, todo por ocultar nuestra no admitida vocación para el desengaño.

Reproduzco las primeras líneas que leí al sentarme, un extracto de la entrevista que le concediera a Arráiz Lucca:

“…Bolívar es un personaje fantástico, no por lo que siempre se dice de bajarlo de la estatua (cosa que le hubiera molestado muchísimo porque trabajó para una estatua, se hubiera indignado si alguien le dice que no era una estatua) sino porque es un personaje excepcional, porque es un tipo demasiado solitario, arbitrario y con un "yo" que no creo que otro venezolano haya tenido. Tenía un concepto de sí mismo tan apabullante, tan carente de paisaje. Él se cree el centro del mundo y no ve esto sino como decorado, no le importa en lo absoluto la realidad, por eso llegó a tanto. Un tipo que comete el exabrupto, cuando está liquidado políticamente, de andar pensando cómo van a ser sus relaciones con Inglaterra. Bolívar era un alucinado, un desaforado, un delirante tapando su yo en todo momento para que nadie captara su intimidad, con una vida sentimental terrible…”

Tal pincelada es una joya. Pero me temo que a Bolívar le haya saltado a la arena un extraordinario competidor. Y me temo que el propio Cabrujas no habría dado crédito a tanta desmesura del yo, la cual se ha proyectado -cual sombrío alter ego- entre las muchedumbres, bien sean las que nacieron en el seno del lumpen proletariat o aquellas más hambrientas que, invariablemente, suelen rondar las volutas del poder; descomedimiento del yo que se ha desbordado en los últimos diez años sobre los suelos de un fingimiento que responde al nombre de Venezuela.

lacl
23 de abril, 2009




(El título del libro es El mundo según Cabrujas, Editorial Alfa, Caracas, Abril de 2009)


Post data. A Juan Sánchez Peláez.

Al releer lo escrito en mi segunda glosa en torno al día del libro y caminar por encima de la frase: Este o aquel rostro iracundo deben su ceño a la ausencia de aire en el aire, se hace presente la estampa de Juan Sánchez Peláez pues, involuntariamente he aludido al título de un libro suyo, de un modo no literal, aunque forzosa y desdichadamente, con una significación antagónica a la propuesta por su aérea poesía.

La única vez que estuve en su casa, luego de una plática con varios amigos que cortésmente me convidaron a visitarle, el poeta tuvo la deferencia de obsequiarnos ese libro, Aire sobre el aire, el mío con una dedicatoria que buenamente envidiaron algunos de los compañeros allí presentes. Desafortunadamente, ese libro al parecer partió en peregrinaje de mi biblioteca. En casa mis libros caminan, a veces conmigo, otras sin mí.

También he hecho una alusión a la ausencia en mi glosa segunda, y ya no sé si tan casuísticamente. Pues recuerdo que la dedicatoria que Sánchez estampó en mi libro hablaba de una ausencia y un colibrí. No soy un fetichista, ni coleccionista de huesos, ni iniciador de cultos personales, pero ese libro era verdaderamente especial, único y pleno de significaciones para este servidor. El venerable poeta, un ser encantador, captó esa noche mi sentimiento de ausencia y de alguna manera la asumió de colibrí. Una doliente ausencia que me superaba y que yo me empeñaba en disimular, mas no para él. Tenía un buen juego de estetoscopios el poeta, digno representante de nuestra querida vieja guardia.

Algún tiempo después le vi caminando con su querida Malena del brazo y yo, que secretamente portaba un conato de poema dedicado a él en el bolsillo de mi camisa, con la única misión de obsequiárselo si alguna vez volvía a verlo, no me atreví a importunarlos. Me arrepiento de no habérselo entregado ese día, ni después. A veces siento antipatía por mi colosal
retraimiento. Surgió como una respuesta a la filiación oscura que se tendiera tácitamente entre nosotros aquella noche, como una respuesta a lo que nos dijimos y a lo que nos callamos, como una contestación a mi ausencia, como una necesidad de mantener el verbo en alto. Y este pecado de aludir nuevamente al título de algo suyo, ahora sí, ha sido adrede.

Acá reproduzco mi conato:

Mientas dure

A Juan Sánchez Peláez



¿Por qué no soy yo el hijo de un Sioux que, de cuclillas,
soporta impávido las inclemencias del sol
en medio de la aridez de una tierra olvidada,
al margen de una estación de trenes,
o por qué no soy el Yanomami que duerme
sobre un trozo de cartón a la entrada de un centro comercial,
mientras su concubina ofrece sus collares?

¿Por qué no estoy talando árboles obedientemente
o desarmando carros entre refunfuños?

¿Por cuál capricho del destino se dictaminó
que yo no calzara los zapatos
de un inmigrante italiano que vende
la salvación de puerta en puerta?

¿Y quién me legó, además, este arte histriónico
que me permite fingir, ser uno más de la fila?

¿Quién decidió que esté rodando siempre sin meta,
sin querer jamás vestir la camiseta del líder?

¿Quién ha estado girando la rueda de la fortuna?

¿Qué golpe del azar concluyó
que yo no fuera un ángel
o una vieja de sexo desdentado que vende revistas obscenas,
o una breve Ave del Paraíso,
o un pequeño facineroso de la calle?

¿Quién, como un Atlas, está haciendo el gasto
por sostener las murallas de este
inmenso laberinto pavloviano?

¿Y por qué no puede estar la Pavlova bailando
sobre la almohada de mi pecho?

Al menos, tengo la luna.

Estoy vivo y, a veces, tengo la luna.

Que así sea mientras dure.


Salud!
lacl
04 de Mayo, 2009


(Este texto fue publicado en la antología Voces nuevas, editado por el Centro Romulo Gallegos, de cuyo taller de poesía fui uno de los participantes entre 1998 y 1999)
Aire sobre el aire fue publicado por la editorial Rasgos Comunes, a cargo del Catire Enrique Hernández D’Jesús.



1 comentario:

Hache dijo...

Que bueno encontrar este Blog...