jueves, 9 de abril de 2026

Retomando el sendero. Anotaciones Android, lacl / NOCHE Y DÍA, lacl / GUARIDA MUSICAL: Debussy: Sirènes from Nocturnes- Boulez - La mer

© lacl 

Añeja fotografía, 35mm, apoyado sobre el techo del Jeep. De vuelta a Caracas desde Arrecife, litoral central. 



Retomando el sendero. Anotaciones Android. 

El pensamiento se materializa en el inconsciente cuando entramos en la región del sueño. Uno nota cómo prácticamente está tocando las cosas, entidades o seres pensados; materialidad que  se esfuma en lo que despierta la conciencia y se fuga el sueño. 


lacl, 8 de abril, 2026


Post scriptum: eso fue hoy al amanecer, en un momento en el que estaba volviendo a caer en el sueño. Cuando entraba en el sueño, justo en el lindero entre conciencia e inconsciente, me di cuenta de que estaba tocando, como en un arpegio de las manos, la ensoñación que brotaba de pronto ante mí. Y el simple hecho de constatar ese "toque" me  regresó al momentum del despertar. Nunca lo había sentido tan cercano, tan palpable: la realidad hecha tangible en el seno de lo inasible. 


lacl, 8 de abril. Al anochecer.


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Lo invisible se aloja en lo visible, lo infinito musita en lo finito. 


lacl, 9 de abril, amanecer


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Las ruinas mismas del mundo griego nos enseñan de qué modo, en nuestro mundo moderno, podría hacérsenos soportable la vida. 

Richard Wagner

Epígrafe del Prefacio de la novela AFRODITA, de Pierre Louys.


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NOCHE, © lacl





ALBA, © lacl 



ATARDECER © lacl 




GUARIDA MUSICAL Debussy: Sirènes from Nocturnes - Boulez - La mer







© [Luis Alejandro Contreras Loynaz/LetrasContraLetras - contracorrientes]. Todos los derechos reservados. Fecha de creación del blog: 2007. ©

lunes, 6 de abril de 2026

...de Nietzsche para Voltaire ... Y de Voltaire para nosotros. / VOLTAIRE, del TRATADO SOBRE LA TOLERANCIA, Capítulo IV / Galería de Orfeo: la belleza de la voz humana... / Selene entre las redes, lacl

 © lacl 


Dedicatoria de Nietzsche para Voltaire ...

Este libro monológico, nacido en Sorrento durante el invierno de 1876-1877, no sería ahora publicado si la proximidad del 30 de mayo de 1878 no me hubiese suscitado el más vivo deseo de rendir a su debido tiempo un homenaje personal a uno de los más grandes liberadores del espíritu.

(F. Nietzsche, en Humano, demasiado humano)




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El gran vicio de la democracia no radica en la tiranía ni en la crueldad. Hubo republicanos montaraces, salvajes y feroces, pero no les hizo así el espíritu republicano, sino la naturaleza.

Voltaire.

(Diccionario filosófico, en la entrada sobre Democracia)




VOLTAIRE, del TRATADO SOBRE LA TOLERANCIA 


Capítulo IV

DE SI LA TOLERANCIA ES PELIGROSA, Y EN QUÉ PUEBLOS ESTÁ PERMITIDA


Han dicho algunos que, si se tratase con una indulgencia paterna a nuestros hermanos errantes que rezan a Dios en mal francés, eso sería ponerles las armas en la mano; que se verían nuevas batallas de Jarnac, de Moncontour, de Coutras, de Dreux, de Saint-Denis*, etc.: eso es cosa que yo ignoro, porque no soy profeta; pero me parece que no es razonar de manera consecuente decir: «Esos hombres se sublevaron cuando les hice mal; por lo tanto, se sublevarán cuando les haga bien».

Me atrevería a tomar la libertad de invitar a los que están al frente del gobierno, y a los que están destinados en los grandes puestos, a dignarse examinar con madurez si, en efecto, debe temerse que la dulzura produzca las mismas revueltas que ha hecho nacer la crueldad; si lo que ha ocurrido en ciertas circunstancias debe ocurrir en otras; si los tiempos, la opinión y las costumbres son siempre los mismos.

Indudablemente los hugonotes han estado embriagados de fanatismo y manchados de sangre como nosotros; pero ¿es tan bárbara como sus padres la presente generación? El tiempo, la razón que tanto ha progresado, los buenos libros, la dulzura de la sociedad, ¿no han penetrado en los que dirigen el espíritu de esos pueblos? ¿Y no percibimos que casi toda Europa ha cambiado de cara desde hace unos cincuenta años?

El gobierno se ha fortalecido en todas partes, mientras que las costumbres se han suavizado. La policía general, apoyada por ejércitos numerosos y siempre en pie, no permite, además, temer el retorno de esos tiempos anárquicos en que unos aldeanos calvinistas luchaban contra unos aldeanos católicos reclutados de prisa y corriendo entre las siembras y las siegas.

A otros tiempos, otros cuidados. Sería absurdo diezmar hoy día la Sorbona porque presentó en el pasado una requisitoria para quemar a la Doncella de Orleans; porque declaró a Enrique III despojado del derecho a reinar, porque excomulgó y proscribió al gran Enrique IV. No indagaremos desde luego en las restantes corporaciones del reino, que cometieron los mismos excesos en esas épocas de frenesí: sería no solo injusto, sino que supondría una locura equivalente a purgar a todos los habitantes de Marsella porque en 1720 tuvieron la peste.

¿Iremos a saquear Roma, como hicieron las tropas de Carlos V, porque en 1585 Sixto V concedió nueve años de indulgencia a todos los franceses que tomasen las armas contra su soberano? ¿Y no basta con impedir que Roma se entregue nunca a excesos semejantes?

El furor que inspiran el espíritu dogmático y el abuso de la religión cristiana mal entendida ha derramado tanta sangre, ha producido tantos desastres, en Alemania, en Inglaterra, e incluso en Holanda, como en Francia: sin embargo, hoy la diferencia de religiones no causa ninguna perturbación en esos Estados; el judío, el católico, el griego, el luterano, el calvinista, el anabaptista, el sociniano, el menonita, el moravo y tantos otros viven como hermanos en esas regiones, y contribuyen por igual al bien de la sociedad.

En Holanda ya no se teme que las disputas de un Gomar sobre la predestinación hagan cortar la cabeza del Gran Pensionario*. En Londres ya no se teme que las querellas de los presbiterianos y de los episcopalianos, por una liturgia y por un sobrepelliz, derramen la sangre de un rey sobre un cadalso. La Irlanda poblada y enriquecida no verá ya a sus ciudadanos católicos sacrificar a Dios durante dos meses a sus ciudadanos protestantes, enterrarlos vivos, colgar a las madres de patíbulos, atar a las hijas al cuello de sus madres, y verlas expirar juntas; abrir el vientre de las mujeres encinta, extraerles los hijos a medio formar y dárselos a comer a los cerdos y a los perros; poner un puñal en la mano de sus prisioneros atados y guiar sus brazos hacia el seno de sus mujeres, de sus madres, de sus hijas, imaginando convertirlos mutuamente en parricidas, y que todos se condenen al mismo tiempo que exterminan a todos. Es lo que cuenta Rapin-Thoiras, oficial en Irlanda, casi contemporáneo; es lo que cuentan todos los anales, todas las historias de Inglaterra, y que sin duda jamás será imitado. La filosofía, la sola filosofía, esa hermana de la religión, ha desarmado las manos que la superstición había ensangrentado tanto tiempo; y la mente humana, al despertar de su ebriedad, se ha asombrado ante los excesos a que la había arrastrado el fanatismo.

Nosotros mismos tenemos en Francia una provincia opulenta donde el luteranismo prevalece sobre el catolicismo. La universidad de Alsacia* está en manos de luteranos; ocupan una parte de los cargos municipales: nunca la menor querella religiosa ha turbado el reposo de esa provincia desde que pertenece a nuestros reyes. ¿Por qué? Porque no se ha perseguido a nadie. No intentéis molestar los corazones, y todos los corazones serán vuestros.

No digo que todos los que no son de la religión del príncipe deban compartir los puestos y los honores de los que son de la religión dominante. En Inglaterra, los católicos, mirados como unidos al partido del pretendiente, no pueden acceder a los cargos: hasta pagan doble impuesto; pero gozan por lo demás de todos los derechos de los ciudadanos.

Se ha sospechado de algunos obispos franceses que pensaban que no convenía ni a su honor ni a su interés tener calvinistas en su diócesis, y que ahí radica el mayor obstáculo a la tolerancia; no lo puedo creer. En Francia, el cuerpo de obispos está formado por gentes de calidad que piensan y actúan con una nobleza digna de su nacimiento; son caritativos y generosos, y hay que reconocérselo en justicia; deben pensar que desde luego sus diocesanos fugitivos no se convertirán en los países extranjeros, y que, de regreso al lado de sus pastores, podrían ser ilustrados por sus instrucciones y conmovidos por sus ejemplos: ganarían honor convirtiéndolos, lo temporal no perdería con ello y cuantos más ciudadanos hubiese más reportarían las tierras de los prelados.

Un obispo de Varmie, en Polonia, tenía un anabaptista por granjero, y un sociniano por recaudador; le propusieron despedir y perseguir al uno porque no creía en la consubstancialidad, y al otro porque no bautizaba a su hijo hasta los quince años; respondió que en el otro mundo se condenarían eternamente, pero que, en este, le eran muy necesarios. Salgamos de nuestra pequeña esfera, y examinemos el resto de nuestro globo. El Gran Señor gobierna en paz veinte pueblos de diferentes religiones; doscientos mil griegos viven seguros en Constantinopla; el propio muftí nombra y presenta al emperador el patriarca griego; allí toleran un patriarca latino. El sultán nombra obispos latinos para algunas islas de Grecia, y se sirve para ello de la siguiente fórmula: «Le mando ir a residir como obispo en la isla de Quíos, según su antigua costumbre y sus vanas ceremonias». Ese imperio está lleno de jacobitas, de nestorianos, de monotelitas; hay coptos, cristianos de San Juan, judíos, guebros, banianos. Los anales turcos no mencionan ninguna rebelión provocada por ninguna de estas religiones.

Id a la India, a Persia, a la Tartaria, veréis la misma tolerancia y la misma tranquilidad. Pedro el Grande ha favorecido todos los cultos en su vasto imperio; el comercio y la agricultura han ganado con ello, y el cuerpo político no ha sufrido nunca.

El gobierno de China nunca ha adoptado, desde hace más de cuatro mil años que es conocido, más que el culto de los noáquidas*, la adoración simple de un solo Dios; sin embargo, tolera las supersticiones de Fo** y una multitud de bonzos que sería peligrosa si la prudencia de los tribunales no los hubiese contenido siempre.

Verdad es que el gran emperador Yung-Cheng, el más sabio y magnánimo tal vez que haya tenido China, expulsó a los jesuitas; pero no porque fuese intolerante, sino al contrario, porque lo eran los jesuitas. Estos mismos refieren, en sus Lettres curieuses***, las palabras que les dijo ese buen príncipe: «Sé que vuestra religión es intolerante; sé lo que habéis hecho en Manila y en el Japón; habéis engañado a mi padre, no esperéis que hayáis de engañarme a mí». Léase todo el discurso que se dignó hacerles, se le encontrará el más sabio y más clemente de los hombres. En efecto, ¿podía retener a unos físicos de Europa que, so pretexto de mostrar termómetros y eolipilas a la corte, ya habían sublevado contra él a un príncipe de sangre? ¿Y qué habría dicho ese emperador si hubiese leído nuestras historias, si hubiese conocido nuestros tiempos de la Liga y de la conspiración de las pólvoras*? A él le bastaba con estar informado de las indecentes querellas de los jesuitas, de los dominicos, de los capuchinos, de los sacerdotes seculares, enviados desde el fin del mundo a sus Estados: iban a predicar la verdad, y se anatematizaban unos a otros. Así pues, el emperador no hizo otra cosa que expulsar a unos perturbadores extranjeros; pero ¡con qué bondad los expulsó! ¡Qué cuidados paternales no tuvo con ellos para su viaje y para impedir que los insultasen en camino! Hasta su mismo destierro fue un ejemplo de tolerancia y de humanidad.

Los japoneses eran los más tolerantes de todos los hombres: doce religiones pacíficas estaban establecidas en su imperio; los jesuitas llegaron para ser la decimotercera, pero, como no querían tolerar ninguna otra, se sabe lo que de ello resultó: una guerra civil, no menos horrenda que la de la Liga, asoló aquel país. La religión cristiana fue ahogada finalmente en oleadas de sangre; los japoneses cerraron su imperio al resto del mundo, y solo nos consideraron como bestias feroces, semejantes a aquellas de las que los ingleses han limpiado su isla. Fue inútil que el ministro Colbert, sintiendo la necesidad que teníamos de los japoneses, que no nos necesitan para nada, tratase de establecer un comercio con su imperio: los halló inflexibles.

Así pues, nuestro continente entero nos demuestra que no hay que proclamar ni ejercer la intolerancia.

Volved los ojos hacia el otro hemisferio; ved la Carolina, cuyo legislador fue el prudente Locke: bastan siete padres de familia para establecer un culto público aprobado por la ley; esa libertad no da lugar a ningún desorden. ¡Dios nos libre de citar ese ejemplo para incitar a Francia a imitarlo! Lo citamos únicamente para mostrar que el mayor exceso a que puede llegar la tolerancia no ha sido seguido por la más ligera disensión; pero lo que en una colonia naciente es muy útil y bueno no es conveniente en un viejo reino.

¿Qué diremos de los primitivos que han sido llamados quakers* por burla, y que, con costumbres tal vez ridículas, han sido tan virtuosos y han enseñado 

inútilmente la paz al resto de los hombres? En Pensilvania alcanzan al número de cien mil; la discordia y la controversia son desconocidas en la feliz patria que se han creado, y el solo nombre de su ciudad de Filadelfia, que en todo momento les recuerda que los hombres son hermanos, es el ejemplo y la vergüenza de los pueblos que todavía no conocen la tolerancia.

Por último, esa tolerancia nunca ha provocado ninguna guerra civil; la intolerancia ha cubierto la tierra de carnicería. ¡Júzguese ahora entre estas dos rivales, entre la madre que quiere que se degüelle a su hijo y la madre que lo cede con tal de que viva!

Aquí solo hablo del interés de las naciones; y respetando, como debo, la teología, en este artículo no considero más que el bien físico y moral de la sociedad. 

Suplico a todo lector imparcial que sopese estas verdades, que las rectifique y que las difunda. Unos lectores atentos, que se comunican sus ideas, van siempre más lejos que el autor.

(Voltaire).


***

Algunas escuchas.
Galería de Orfeo: la belleza de la voz humana...




La mer, Claude Debussy




Selene entre las redes
(Fotografías de un servidor, lacl)








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