martes, 25 de septiembre de 2012

Letras contra Letras / UN HONDO LLAMADO. Carta de Hermann Hesse a Thomas Mann


UN HONDO LLAMADO
Esta carta que le escribiera Hermann Hesse a Thomas Mann, con motivo de la invitación que se le cursara para formar parte de la academia de la lengua alemana, es lo que yo llamaría un ejemplo de sencilla, pero firme dignidad humana. Hesse es uno de esos seres que uno debería tener siempre en mente, a la hora de la dudas en lo que respecta a las cartas que debe uno tomar o rechazar cuando se trata de acompañar al anonimato de las masas.
El hombre nunca debería olvidar que es un ser indiviso inmerso en la corriente de un océano de seres que se le asemejan. Misteriosa y, en veces, dolorosa paradoja. Pero que debe ser tomada muy en cuenta si se pretende vivir la vida con sustancias y aromas que nos recuerden aquello que llaman la honra, entendida en su añejísima acepción del que obra bien, porque bien quiere.
Cuando, en noches pasadas, leí esta carta de Hesse (y al azar, como todo o casi todo lo que se lee verdaderamente), sentí un hondo llamado, una sentida invitación a comunicar aquello que sus letras exponen: que no se puede vivir la vida negando el fuero interior, que no se puede vivir la vida rezando, a pie juntillas, lo que la masa repite, una y otra vez, por obra del miedo a vivir como lo que en el fondo es, una suma de milagros, seres indivisos que pueden vivir mancomunados.
Lacl
Baden, principios de Diciembre de 1931
 
Venerado señor Thomas Mann:
          Su amable carta me ha sorprendido en Baden, fatigado por la cura y con la vista en muy mal estado, de modo que nunca termino de ponerme al día con mi correspondencia. Le ruego que me excuse, pues, por la brevedad de mi respuesta.  Por otra parte, ella no require mucho espacio ya que a su pregunta sólo puedo contestar con un no, pero quisiera fundamentar con exhaustivas razones mi negativa a aceptar la invitación de la Academia transmitida a través de un hombre tan querido y venerado. Cuanto más reflexiono sobre el particular, mas complicada y metafísica se me antoja la cuestión, y como debo darle los motivos de mi negativa, lo hago con la gravedad brutal y excesivamente clara que adoptan por lo general los contextos complicados cuando son formulados de repente en palabras.
          En definitiva, el último motivo de mi imposibilidad de ingresar a una corporación alemana oficial es mi profunda desconfianza respecto a la República Alemana. Este estado inconsistente y vulgar ha surgido del vacío, del agotamiento después de la guerra. Los pocos buenos cerebros de la “revolución“ que no fue tal, han sido asesinados con la aprobación del noventa y nueve por ciento de la población. Los tribunales son injustos, los funcionarios indiferentes, el pueblo absolutamente infantil. En 1918 saludé a la Revolución con mucha simpatía, pero desde entonces mis esperanzas en una República  Alemana digna de ser tomada en serio fueron aniquiladas. Alemania perdió la oportunidad de hacer su propia Revolución y hallar su propia forma. Su futuro es la bolcheviquización, que en sí no me repugna, pero que significa una gran pérdida en cuanto a posibilidades nacionales únicas, y, por desgracia, le precederá una ola sangrienta de terror blanco. Así es como veo las cosas desde hace tiempo y por más simpática que me resulte la pequeña minoría de los republicanos de buena voluntad, los considero por completo impotentes y sin futuro, tan carentes de futuro como lo fueron en su momento la simpática ideología de Uhland y sus amigos en la iglesia de San Pablo en Frankfurt. De mil alemanes, quedan novecientos noventa y nueve que nada quieren saber de una responsabilidad de la guerra, quienes no hicieron la guerra, ni la perdieron, ni firmaron el tratado de Versalles, quienes la sienten como un pérfido rayo que cae desde un cielo despejado.
          Resumiendo, me siento tan alejado de la mentalidad que domina a Alemania, como en los años 1914-18. Observo procesos que se me antoja absurdos y desde 1914 y 1918 me he visto empujado muchas millas a la izquierda, en lugar del diminuto paso a la izquierda que dio la ideología del pueblo. Ya no me es posible siquiera leer los diarios alemanes. Querido Thomas Mann, no espero que usted comparta mi ideología y mis opiniones, pero sí que las reconozca en el compromiso que tienen para mí. Mi esposa le está escribiendo a la suya… 
(Fragmento, luego agrego las palabras finales, saludos familaires entre los Hesse y los Mann)
Hermann Hesse, cartas escogidas, Editorial Sudamemricana, Buenos Aires.

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