martes 31 de julio de 2007
w
Walt sigue, entre siesta y siesta,
celebrando y celebrándonos en su poesía.
a más de un siglo de su partida,
siguió creciendo la hiedra
de una deliberación huera de sentidos;
a más de un siglo de distancia
se siguió fortaleciendo el reino de las censuras
y las vejaciones,
de los laureles ostentosos y los panegíricos;
mas no por ello su alabanza
ha quedado huérfana de levitación.
y no porque padezcamos el mundo del hombre,
un imperio despojado de alabanzas
y saqueado por los bárbaros,
Walt ha dejado de cantarnos
ese su poema único,
trajeado de mil formas
y milenarios versos;
él nos sigue entonando en sus canciones
mientras, elípticamente, desnuda
toda insensatez de la razón
y alumbra las apetencias de nuestros corazones,
comulgantes con el vasto cielo
o las más ínfimas partículas de creación.
la comedia del poder
en su canto fue desarmada,
no por la imagen ideal
que la razón se formó de cada cosa,
sino por la imagen espiritual
que de cada cosa se formó el sentido.
de la figura del poeta él nos dijo:
"...sus pensamientos son los himnos de alabanza de las cosas..."
Esta suerte de glosa o tentativa poética corresponde a la letra W. de un pequeño cuaderno telefónico, en el cual se escribió lo que luego intitulé Cuadernario y que este año fuera publicado en la Colección Los Conjurados de Comun Presencia Editores. Cupo la suerte de que tal cuaderno hubiera sido confeccionado con la particularidad de incluir, al menos, unas cuatro páginas por cada letra del alfabeto. Y una mañana, en la que una luminosidad asombrosamente excepcional comenzara a juguetear con una exaltación rumorosa de mi espíritu, acaeció que una voz me ordenara dar inicio a una escritura libre y desenfadada sobre las páginas de tal cuaderno. Lo lúdico y, si se quiere, lo curioso del mandato es que tal voz me imponía iniciar cada texto, nota o imagen con la letra correspondiente a la página en cuestión. Así escribí, en la letra A, un texto un tanto extravagante para lo que, al menos yo, pudiera considerar mi “estilo” personal. Otros textos se escribieron, uno tras otro, hasta la letra E o la F. Luego me tocó dejar en reposo el cuaderno, por varios meses, antes de volver a esbozar cualquier otro intento entre sus páginas. Esta operación se repitió en el transcurso de unos cinco o seis años y acaso a ello ha de atribuirse su aire de heterogeneidad. No había prisas. Nunca escribí nada que no necesitara escribir en él, y cuando lo hice fue siempre atendiendo al llamado inicial, esto es, principiando cada texto, nota o asomo poético, con la enunciación de la letra correspondiente a aquella página que quedaba libre en el cuaderno. No lo considero un libro trascendente. Acaso contenga algún que otro texto que tenga algún valor. Eso es lo que menos me importa, siempre ha sido así con todo lo que escribo. Creo que los seres humanos le damos una recargada importancia a nuestras huellas personales, olvidando otorgarle el justo prevalecer al anonimato del vivir. Podemos ser fidedignos a la hora de correr el velo de nuestro ser y de nuestras indagaciones; es más, es natural que deseemos serlo, dado que ello es expresión de un llamado ineludible, pero ¿será esa misión exteriorizadora la prenda última y más preciada en el íntimo decurso de una vida? De ello no estaría tan seguro. Con todo, debo admitir que tampoco estoy exento de esa necesidad de exteriorizar lo que podríamos calificar como mis angustias y aspiraciones. En fin de cuentas, es éste más un cuaderno de obsesiones que de poesía. Acaso pueda librarme el consuelo de que algunas de nuestras obsesiones sean parientes muy cercanas de la poesía.
lacl
lunes 23 de julio de 2007

LETRAS CONTRA LETRAS
Ars poética y poema como fruto del ars vivendi
Comencemos nuestro encargo con una pregunta. ¿Sería dable la existencia de un ars poética que no estuviera enhebrada con los hilos de un ars vivendi? A vuelo de pájaro, luce como una perogrullada tal pregunta. Pero si dispusiéramos de unos instantes para, serenamente, pensar sobre el tema, creo que no sería difícil admitir o deducir que en nuestro glorificado mundo moderno priva un culto a toda una escala de patrones que no nos consiente mucho espacio ni tiempo para el silencio, el aislamiento, la contemplación o la íntima meditación. Usualmente los seres humanos preferimos hablar en términos formales, antes que aventurarnos a tentar las zonas abisales o ingénitas de esa humana condición nuestra. Preferimos avecinarnos a la noción de modus operandi inherente a nuestro diario vivir o a una noción de modus vivendi que muy bien sabe condicionar la parte al todo, el individuo a la masa, la extremidad al cuerpo.
Y con el debido respeto que se merece todo ajeno sentir, yo siento y presiento —como un hecho irrefutable— que la experiencia de una genuina ars poética no podrá cultivarse límpidamente si aquel que la galantea, persigue y pretende no tiene por costumbre el visitar las márgenes de ese arroyo rumoroso que nace en las secretas cabeceras del vivir. ¿Será necesario acotar que es menester, en tal contexto, el permitirnos que se imponga la esponjosa cualidad de nuestras almas para que, con ello, la vida nos impregne de aquello humilde y sencillo sobre lo que nadie, o casi nadie, suele reparar? ¿Ese hálito tenue que una vulgar veneración por el horario desdoro no nos permite percibir? ¿Ese milagro imprevisto que una común inadvertencia atribuye a un medido y descorazonado pulso de la sangre? Espero que no. Las aguas de la vida pudieran no venir a nosotros por siempre cristalinas, pero las aguas del ars vivendi siempre vendrán teñidas de pureza hasta nosotros, aun cuando hayan tenido que deslavarse por esclarecer alguna turbidez del alma u otra opacidad del corazón y, es más, gracias a ello. Y ese ars vivendi por el que abogamos —canto y llamado de fondo— es prenda singular y consustancial a todo aquel ser susceptible de ser vivido. Y a aquel ser que le es dado captar esa singular providencia (que tenuemente respira en y por nosotros) se le revela, en el momento más inopinado, su arte de vivir como una filiación cósmica; como un alistamiento de lo molecular y poroso; una confluencia de aquello palpable —aun cuando imperceptible— que parte en migratoria, desbandada búsqueda y de esto aéreo e intangible que se abre en receptiva apelación, para propiciar un baño en los afluentes de la memoria.

Y toda esta intentona metafísica ha venido a cuento porque me mueve el deseo de dispensar un breve homenaje a un poeta. Se trata de alguien que —imagino yo— no es tenido por gran parte del público lector como un poeta: Hermann Hesse. Conversando en cierta oportunidad con un amigo, éste me soltó de pronto una frase que, por su redonda sencillez, cayó como una luz repentina sobre mis quizá demasiado peregrinos pensamientos. Hablábamos primeramente del afán innovador, de ese sueño de originalidad per se que señorea hoy día en la literatura y las artes; y de cómo es éste un fenómeno extendido a todos los campos en los que se expresa el hombre: sea el mundo de la economía, la política, las ciencias (cuyas fronteras y fundamento se confunden, cada día más, con los logros y la “inventiva” de una ciega tecnología) y, prácticamente, todas las actividades serviles.
Coincidíamos en que este afán de innovar se ha convertido en un estorbo para el buen hacer y el buen decir (entendiendo el término decir en el más amplio sentido de la palabra: el de la expresión, cualquiera que sea la forma elegida para hacerlo). De pronto mi amigo me disparó la frase a la quiero hacer alusión: “Yo creo que la única vía para llegar a ser real y genuinamente innovador es queriendo hacer las cosas bien”. Y luego lo recalcó al menos dos o tres veces: “en serio”, decía, “sólo queriendo hacer las cosas bien”. Y aquí nos plantamos ante otra perogrullada. Suena a frase repetida. Y lo es, aunque desafortunadamente, no tan repetida en el íntimo discurso de la conciencia humana, como en la palestra del discurso público. ¡Cuántas veces no hemos oído expresiones parecidas a ésta! Sin embargo, dudo que la mayor parte de las gentes dispongan de la paciencia o, quizás, del tiempo interior para dedicarse a sus tareas con gozo. El querer hacer las cosas bien implica dos actitudes en un individuo: una necesidad que es la que fundamenta el hacer y un amor hacia eso que se desea hacer. Rilke decía, en las Cartas a un joven poeta, que toda obra de arte puede considerarse como tal gracias a que ha sido concebida y creada necesariamente; que si una persona no siente una fuerte necesidad de expresarse, entonces puede, o más bien debe, abandonar toda idea de abocarse al arte como medio de dicción.

Hermann Hesse es una figura que despierta polémicas. Sé de gentes que aborrecen o, por lo menos, se fastidian con su literatura. No es mi intención aquí la de discutirles su gusto. Lo que quiero destacar es ése su don de poeta que pocos, pienso yo, conocen. Suele encontrarse mucha narrativa y ensayística de Hesse en los quioscos y remates, así como —por supuesto— en las librerías. Pero poesía, eso sí que es difícil. Al menos, ésa es mi experiencia de más de veinte años como ratón de librerías y afines. El volumen bilingüe de poesías de Hesse, cuya traducción debemos altamente agradecer a Rodolfo Modern, versión que si bien se resiente un tanto al echar mano de algunos localismos y ciertos ribetes del lenguaje, pero que yo guardo con amoroso celo desde hace ya varios años, nos muestra a un poeta recatado, sin prisas, alguien que ama demasiado el ver; un ver del que la dicción poética no es sino una consecuencia. Un hombre cuyo “tempo” contrasta con el agitado y, no pocas veces, cruento ritmo de eso que entendemos por modernidad, criatura con la que tuvo Hesse tiempo de convivir lo suficiente. Fue Hesse un hombre atacado por una fuerte necesidad de plasmar sus vivencias. No encontraremos innovación estilística en sus poemas, ni el experimentalismo a ultranza que tantos estragos hizo y sigue haciendo en la poesía y literatura modernas. Pero nos toparemos, sí, con un arte de vivir. Su innovación radica en el don que tiene para expresar el mundo que ve a su alrededor. En un mundo cuyas prisas nos habitúan, cada vez más, a caminar dando tropiezos —puesto que no se nos aplaude el tomarnos nuestro tiempo para detenernos a gozar de las simplezas de la vida— es innovador que alguien pueda mostrarnos estas simplezas de un modo tan llano y natural.
¿Deberíamos advertir, a quienes no la hayan leído, sobre el tono lírico de la poesía de Hesse? Acaso el lector moderno esté deshabituado —y más aun el escaso lector moderno de poesía, excúsenme la franqueza— a una poesía como ésta, cuya fuerza e identidad se amparan y residen en el lirismo; pues, vivimos un tiempo de pequeñas y medianas guerras, con la amenazante espada de Damocles de la grande y acaso última, definitiva guerra, pendiendo sobre el cuello descubierto de la civilización. Y, desde tiempos inmemoriales, ha sido la poesía épica la encargada de narrar los pleitos y dedicarle loas a sus héroes. Vivimos un tiempo en el que se ha impuesto, además, el predicado de una peculiar economía: economía verbal, economía del espíritu, economía del sentido común, economía de los cinco sentidos y hasta del sexto, economía de los afectos; en suma, economía del gusto por todas las cosas sencillas de que se compone la vida del hombre. Y quizás se haya extendido demasiado cierta noción de la lírica proveniente de aquellos que predican tan peculiar economía: la que afirma que aquella no es otra cosa que un cúmulo de incomprensibles e inútiles palabras, producto de los desvelos de hombres idiotas. Y ateniéndonos a la génesis e, incluso, a la etimología, toda poesía o expresión lírica deviene de la necesidad del canto. Pero no creemos que un hombre como Hermann Hesse haya tenido de sí mismo la imagen de un tonto que se acompaña de una lira, mientras escribía “Oh mundo ardiente”, poema aquí reproducido. Con la venia de quienes rinden ciego culto a los emblemas del poder, me permito aseverar que más se aviene tal imagen con la de un loco emperador que incendia su ciudad.
Quizás quepa la posibilidad de que un breve poema acerca de los pliegues de un vestido usado por innumerables doncellas chinas, siglos atrás, pueda revelarnos la belleza del mundo y el misterio de la vida, de un modo tan abruptamente iluminado, como no podrían revelárnoslos todas las sagas de Odín.
Así pues, reeditando el gusto por el obsequio de bonos del que tanto gusta usar la flamante mercachiflería, añadimos a modo de complemento de una escueta muestra poética de Hesse —pero que habla por sí sola—, un breve poema chino atribuido a Ch’en-Ling, que data del siglo III. Quiero decir, por último, que con respeto he cambiado algunas palabras o matizado algunos giros del lenguaje utilizado por Rodolfo Modern en su traducción, particularmente en el poema arriba mencionado, atendiendo —por supuesto— al por siempre subjetivo sentido del poema.
Luis Alejandro Contreras
(publicado previamente como ensayo en http://www.letralia.com/)
Tributo a H Hesse
http://www.youtube.com/watch?v=_nrke0PTqs8
El Poeta
De noche a veces no puedo dormir,
duele la vida,
entonces juego poetizando con las palabras,
las malas y las dóciles,
las untuosas y marchitas,
nado afuera en su silencioso mar como un espejo.
Remotas islas con palmeras se levantan azules,
en la orilla sopla un viento perfumado,
en la orilla juega un niño con conchas coloreadas,
en un verde cristal se baña una mujer blanca como la nieve.
Así como sobre el mar las ondeantes tormentas de colores
sopla sobre mi alma el sueño de los versos,
destilan voluptuosidad, se cubren de luto mortal,
bailan, corren, quedan como perdidos,
se visten con un modesto vestido de palabras,
cambian infinitamente su sonido, forma y semblante,
viejísimos parecen y están no obstante tan llenos de fugacidad.
La mayoría de la gente no entiende de esto,
toman los sueños por locura, y a mí como un caso perdido,
así me miran comerciantes, periodistas y profesores.
Otros en cambio, los niños y algunas mujeres,
lo saben todo y me aman como yo a ellos,
pues también ellos miran el caos en las imágenes del mundo,
porque también a ellos la diosa les prestó el velo.
El poeta y su tiempo
Fiel a las imágenes eternas, constante en la contemplación,
dispuesto estás para la acción y el sacrificio.
Pero careces, en un tiempo sin respeto
de oficio y cátedra, de dignidad y confianza.
Tiene que bastarte, en un puesto perdido,
expuesto a la burla del mundo, consciente sólo de tu vocación,
renunciar al brillo y al placer diario,
y preservar aquellos tesoros que jamás se oxidan.
La burla de los mercados apenas puede perjudicarte
en tanto suene para ti la voz sagrada;
si entre las dudas muere, te hallas como desprestigiado
del propio corazón, como un bufón sobre la tierra.
Pero es mejor, para una perfección futura,
servir dolorosamente, sacrificarse sin acción,
que volverse grande y rey, por un acto traicionero,
al sentido de tu sufrimiento: a tu misión.
Hoja marchitada
Cada flor tiende a ser fruto,
cada mañana tiende a convertirse en noche,
nada hay eterno en esta tierra,
excepto el cambio o la huída.
También el verano más hermoso quiere
sentir alguna vez el otoño y lo marchito.
Mantente, hoja, quieta y con paciencia,
si intenta el rapto alguna vez el viento.
Juega tu juego sin nunca defenderte,
deja que tranquilamente ocurra,
y por el viento que te arranca
déjate soplar hasta tu casa.
Oh mundo ardiente
Siempre, continuamente, así lo siento, siendo joven o viejo como ahora:
una montaña en la noche, una mujer silenciosa en el balcón,
una calle blanca bajo el suave impulso de la luz de la luna,
de puro anhelo esto me arrebata el temeroso corazón del cuerpo.
Oh mundo ardiente, oh blanca mujer en el balcón,
un perro ladra en el valle, un tren rueda a lo lejos,
oh, cómo han mentido, cuán amargamente me han engañado,
y pese a todo son todavía mi sueño e ilusión más dulce.
A menudo intenté el camino hacia la terrible realidad,
donde norma y profesor, moda y comercio de dinero prevalecen,
pero escapé siempre solitario, desengañado y libre,
allí, al otro lado, donde el sueño y una apacible locura nacen.
Sofocante viento de la noche en el árbol, negra gitana,
mundo lleno de necia nostalgia y aromas de poeta,
espléndido mundo al que estoy entregado plenamente,
¡donde tu relámpago me estremece, donde tu voz me llama!
Antología poética, Hermann Hesse, Ediciones Librerías Fausto, Buenos Aires, 1974.
Mi traje
Ch’en Ling
Mi traje es de la época en que vivía un rey de la Dinastía Tching.
Se lo pusieron tantas bellas mujeres para danzar que sus pliegues
conservan una sinuosidad armoniosa. Lo han acariciado tantas
brisas que mi traje es diáfano como el ala de una mariposa.
Poetas chinos, Editorial Quetzal, Buenos Aires, 1958. Vertido del francés por Álvaro Yunque.
La pintura que hemos colocado arriba es una de las acuarelas de Herman Hesse, quien gustaba dedicarle tiempo a la plástica.
La foto es obra de Martin Hesse, su hijo, fino fotógrafo.
Lamentablemente desconozco el autor del video...
domingo 22 de julio de 2007
A Juan Sánchez Peláez
¿Por qué no soy yo el hijo de un Sioux que, de cuclillas,
soporta impávido las inclemencias del sol
en medio de la aridez de una tierra olvidada,
al margen de una estación de trenes,
o por qué no soy el Yanomami que duerme
sobre un trozo de cartón a la entrada de un centro comercial,
mientras su concubina ofrece sus collares?
¿Por qué no estoy talando árboles obedientemente
o desarmando carros entre refunfuños?
¿Por cuál capricho del destino se dictaminó
que yo no calzara los zapatos
de un inmigrante italiano que vende
la salvación de puerta en puerta?
¿Y quién me legó, además, este arte histriónico
que me permite fingir, ser uno más de la fila?
¿Quién decidió que esté rodando siempre sin meta,
sin querer jamás vestir la camiseta del líder?
¿Quién ha estado girando la rueda de la fortuna?
¿Qué golpe del azar concluyó
que yo no fuera un ángel
o una vieja de sexo desdentado que vende revistas obscenas,
o una breve Ave del Paraíso,
o un pequeño facineroso de la calle?
¿Quién, como un Atlas, está haciendo el gasto
por sostener las murallas de este
inmenso laberinto pavloviano?
¿Y por qué no puede estar la Pavlova bailando
sobre la almohada de mi pecho?
Al menos, tengo la luna.
Estoy vivo y, a veces, tengo la luna.
Que así sea mientras dure.

Semele vista desde el Avila.
(poema publicado en Voces Nuevas 1998-1999, Celarg; forma parte del libro Mientras Dure ©, Luis Alejandro Contreras, inédito)
martes 17 de julio de 2007

VIENTOS AUSPICIOSOS
“…Fiel a sus apariencias, el violento no se desanima, vuelve a empezar y se obstina, ya que no puede dispensarse de sufrir. ¿Que se encarniza en la perdición de los otros? Es el rodeo que toma para llegar a su propia perdición. Bajo su aire seguro de sí, bajo sus fanfarronadas, se esconde un apasionado de la desdicha. De este modo, es también entre los violentos donde se encuentran los enemigos de sí mismos. Y todos nosotros somos violentos, rabiosos que, por haber perdido la llave de la quietud, no tienen ya acceso más que a los secretos del desgarramiento…”
E. M. Cioran (La tentación de existir)[*]
La respuesta colectiva de nuestros estudiantes a los abusos autocráticos de la hora, espontánea por su variedad de recursos para llegar a la psique del país e inaudita por la frescura que muestra una juventud no avasallada por baratijas políticas (que en muy poco distan de las consignas publicitarias que impulsan las ventas de cigarrillos, jeans o computadoras), creo, ha conmovido los cimientos de nuestra ciudadanía.
A la vista de las múltiples manifestaciones de adhesión y aliento que se han expresado a lo largo y ancho del país, me parece innegable que ha surgido en el seno de nuestra colectividad una visión benevolente y propicia hacia los estudiantes de universidades ancestrales que, se pensaba, dormitaban comodonamente sobre los almohadones de la indolencia. Hemos visto expresarse, en múltiples espacios, a una entusiasta muchedumbre del estudiantado proveniente de la UCV, LUZ, SB, UDO, ULA, de institutos pedagógicos como UPEL e, incluso, de universidades privadas como de la UCAB y la METROPOLITANA. Se me escapan algunas más. Como nota sintomática, hagamos mención de la participación, en tales manifestaciones, de estudiantes de la UNEFA, diciéndoles a los periodistas que muy poco les importaba si se les expulsaba de esa universidad por el hecho de haber expresado su opinión (expulsiones que, al parecer, fueron consumadas); claro, me pregunto yo, ¿quién, en su sano juicio, desearía vivir toda su vida bajo el despótico caudillaje de una cachucha militar? ¿quién, en sus cabales, va a querer para sí ese desaguisado del aburrimiento que palpita bajo toda doctrina militar?
Digo más, tal ha sido el alcance de la ingeniosa rebeldía de nuestros estudiantes que ha llegado a filtrarse hasta un punto supuestamente invulnerable del oído interno de unos obnubilados funcionarios que, coronados de legalidad, aúpan fundamentalismos y promueven discursos unívocos de filantrópica belleza, mientras hacen vista gorda ante el andamiaje represivo y censurador sobre el que han construido su legitimidad. Ayer eran dóciles predicadores de un dadivoso porvenir de adhesión y confraternidad; hoy son replicantes trogloditas fungiendo el papel de perdonavidas, de un modo tan impúdico y perverso, que lo que menos traslucen sus actos y palabras son indulgencia o contrición. Eso sí, siguen arrogándose, a la mejor usanza del maniqueísmo, las buenas causas y la filantropía para el insólito evangelio, por decir lo menos, que predica su secta. Al pensar en estas gentes, modeladas con las plantillas del absolutismo, me viene a gusto parafrasear el luminoso pensamiento de Cioran: en el fondo, no son más que unos apasionados de la desdicha.
Y a esta última condición suya no hemos de estar desatentos. Seres hay que no pueden subsistir si no es en medio del caos, el naufragio y la ignominia. Seres hay, lamentable es reconocerlo, que no pueden respirar a su aire sin una buena dosis de salvajismo y de retorcido cinismo.
Quizás no haya un más visible signo de locura que el de la desmesura del ego. Quien manifiesta una tendencia a encumbrarlo por encima de toda otra manifestación de la realidad, no muestra sino desequilibrio. Y cuando el ego se desborda, arrasa en su crecida esa ciudad silente (y compartida) que alienta en toda alma humana, borrando o despintando los bienes del espíritu que encuentra a su paso.
Y haciendo una extrapolación, acaso en política no haya un signo más visible de desmesura que el de los gobiernos autocráticos y autoritarios. Y la verdad, no se me ocurre sobre cuál ejemplo podríamos hacer salvedad, como no fuera el de aquella autocracia imposible que pudiera haber sido ideada al calor de la utopía. Si ampliamos la mirada sobre el mapa nos daremos cuenta de que hay pueblos que no son capaces de percibir que padecen, en la inmensa mayoría de sus hijos, una locura similar a la del sujeto al que han recluido en un sanatorio, en aras de preservar la “salud” de la comunidad. Prudencia y Discernimiento no parecen ser virtudes que se resguarden en el espejo de Narciso.
En algunos momentos de mi vida, me ha atacado la angustia de que nuestro pueblo sea uno de esos en los que la mirada interior se ha descaminado del corazón que, muy a su pesar, ve cómo es tomada su casa por una indeseable manía hacia la destemplanza. Como si, a fuerza de cultivar la barbarie y el rencor en predios del sentimiento y la sensibilidad, nos hubiésemos extirpado esa mirada agraciada, propia del corazón. Esta es una cuestión para la que no tengo respuesta clara. Formo parte de la multitud y es sumamente complicado ver y, más todavía, prever en nombre de todo un colectivo. Acaso sea, incluso, prematuro. Pero ante esta duda tan angustiosa, no puedo dejar de afirmar que la sinceridad de ese espíritu de conciliación que ha mostrado en la calle y en todo otro escenario una multitud de estudiantes, de cara al afán totalitario de quienes -rodilla en tierra- se congregan en secta y amenazan con repartir mandarriazos, nos colma el espíritu de vientos auspiciosos, nos trae un mensaje de buenos augurios y esperanza. Seña y síntoma son de una vitalidad floreciente que también fluye en el sustrato de nuestra psique colectiva, a contrapelo de los agitados vientos que desde hace varios años mayoritariamente han portado imprecaciones de Odín.
Así, me permitiré expresar el beneficio de la duda para con nuestra conciencia colectiva o para con, al menos, parte de ese sustrato del inconsciente que nos identifica como pueblo. Por esta razón haré algo más de hincapié en el tema del gobierno autoritario; dado que la hipótesis de si nuestra sociedad se encuentra en una fase primitiva que impida justificar, para sí, un escenario más provechoso que el de un gobierno autoritario y ramplón es algo que nadie puede aseverar, hasta el punto de convertirla en tesis. Mas, para ello, será necesario que demos un vistazo al típico cultor de esta modalidad de gobierno que solemos calificar con términos como totalitario, autocrático, dictatorial o autoritario.
Desafortunadamente, el talante despótico y violento brota con mayor habilidad en el seno del alma humana que la gracia de la fraternidad; pareciera ser más corto y menos arduo el camino de dejarnos seducir por las penumbras y miserias que se agolpan en la ciénaga de las frustraciones que el dar la cara a la vida reconociendo nuestras propias falencias, siendo que este desnudo acto de reconocimiento nos permitiría lavar almas y cuerpos en las aguas del vivir. Hay un déspota acechando en los recovecos de toda psique, de allí la intuitiva precaución que en innumerables ocasiones nuestra psique se ve en la inminencia de adoptar, ante las apremiantes arengas que se gestan en esa ciudad crepuscular que palpita en nuestro fondo. Pero hay quienes no pueden vencer la revuelta y caen embriagados ante las cantilenas de las Moiras. Tenemos pues, en nuestras narices, al despótico. Podemos divisarlo, en toda hora y lugar, en las fachas del más modesto y malhumorado de los funcionarios de un castillo burocrático o en las del más encumbrado y refinado de los amos revestidos de divinidad. Pero una condición hay que les hermana: el déspota se aqueja de un mal que podríamos calificar como el de una impostación del ego. En el déspota todo es actuación, todo es grandilocuencia; todo es monumentalismo y magnificencia; quizás, debamos hablar, más bien, de una sobreactuación, de una superlatividad del yo. No se puede dar el lujo de mostrar las máculas de una piel que le abochorna. Y mucho menos se dará el lujo de mostrar los requiebros de su corazón, pues es algo que su ego exacerbado considera como un síntoma de debilidad. Claro es que media una gran distancia en la calidad de los daños que puede infligir un despótico portero ministerial de los que puede ocasionar un napoleón de psique secuestrada. Lo que no nos garantiza que en ellos pudiera operarse un fenómeno de moderación o un cambio de predicamentos si, por un azar, se vieran en la encrucijada de correr la suerte que corrieran el príncipe y el mendigo de la leyenda de Mark Twain. Un príncipe cuya psique haya sido víctima de la aberración del autoritarismo y la violencia, al verse en harapos en medio de calles cubiertas de inmundicia, privado de fasto y poder, acrecentará su rumiante despotismo y su odio hacia todo aquello que se mueva o respire. Y un mendigo cuya psique haya sido absorbida por el yerro del rencor, al verse premiado por los hados con el cetro del poder, no dudará en darle cauce a sus resentimientos hacia el prójimo, a quien -tábula rasa- responsabilizará por los largos años de privaciones a que se vio sometido.
Vayamos al punto. Un gobierno autocrático, totalitarista y censor no será más que el producto de la suma y concertación de algunas naturalezas despóticas tras un claro y, acaso, único objetivo: el poder del vasallaje. De allí las razones de su imperecedero éxito a lo largo de la historia, aun cuando no representen a las mayorías (con toda la diversidad que yace implícita en una conceptuación tan vaga), pues todo ser de naturaleza despótica o de talante autocrático predica el culto a la falange. Y con organizadas y obedientes escuadras no hará falta el concurso de las mayorías para que ellos detenten el poder. Formarán, pues, legiones de hormigas empecinadamente dispuestas a dejar sus tenazas en un campo de batalla, con tal de lograr su cerrado objetivo: el avasallamiento de sus adversarios, el avasallamiento de quienes son neutrales, el avasallamiento de quienes les apoyan y hasta el avasallamiento de sí mismos. Ante tales huestes, el individuo aislado que desea paz y concordia entre los pueblos se encontrará totalmente indefenso; ante una cofradía de déspotas, el hombre solitario que proclama la simple igualdad de derechos humanos será susceptible de ser diligentemente inculpado, segregado y silenciado por la ley de que se vale toda historia oficial.
Pero una respuesta cabal, firme y efectiva ante la amenaza que suponen las montoneras de los déspotas es aquella que hilvana y propone la libre suma y concertación de quienes no están dispuestos ni a avasallar ni a dejarse avasallar por ningún mecanismo coercitivo de la individualidad humana. Porque la voz de la equidad es también inesperadamente poderosa, cuando se la entona con convencimiento, aunque en su misión no incite a vestir las indumentarias de Marte, para blandir venablos y repartir heridas. La voz de un solo hombre equitativo, sumada a la de otro hombre equitativo elevará a los vientos un mensaje de curación. Y sumará otras voces cautivando oídos. Tal, me parece a mí (y creo no equivocarme al respecto), ha sido el mensaje que se ha venido elevando desde los vientres de una población estudiantil, caracterizada porque desaprueba el culto a todo clan y porque tan sólo pretende sumar voces y oídos a la causa de la equidad; porque no se ha dejado seducir por los coros de las furias y los envites marciales y, con ello, ha sembrado un mensaje de esperanza que propone un vertedero diferente a la fatídica conclusión a que llega Cioran en el párrafo que insertáramos a modo de epígrafe. Un estudiantado que no ha caído en el enfermizo juego de verborrea de los operadores políticos -bien sean de gobierno o de oposición- y, antes, ha preferido enarbolar un exhorto a la conciliación de todos los ciudadanos de la nación. Todos sus voceros, sin excepción, han expresado su lógico repudio a la implantación de un sistema de gobierno al que toda disensión le luce como un claro llamado a sediciosas revueltas; un sistema de gobierno que promueve una fangosa verdad única. Todos estos nuevos voceros de nuestra sociedad han mostrado claridad de metas, al concluir que ésta no es más que una lucha cívica cuyos objetivos sólo podrán lograrse a mediano y largo plazo. Hemos sido testigos del despertar de una juventud estudiantil que llegó al colmo del hastío al tener que presenciar y padecer las miserias y entuertos de quienes, impulsados por la borrasca de la desdicha, desean consumar su venganza subyugando, sometiendo y coartando a quienes tan solo desean vivir en santa paz. Hagamos votos porque esa nueva representación estudiantil no desande su camino, porque mantenga su permeabilidad al espíritu de conciliación, porque jamás permita que, ni entre sus filas ni en sus conciencias, se infiltren el déspota y el calculador político. Y hagamos votos porque equidad persuada a despotismo; pues, de no lograrlo, muy poco podrá hacerse para evitar una hecatombe.
[*] E. M. Cioran, La tentación de existir, Punto de Lectura, Santillana Ediciones Generales, Marzo 2002
Luis Alejandro Contreras
Junio 18 de 2007
Publicado previamente en http://www.elmeollo.net/
Award winning video from Amnesty International. Yor signature is more powerful than you think. Winner of the Gold Lion at the Cannes Lions 2007
domingo 8 de julio de 2007

LETRAS CONTRA LETRAS
Ars Poética y el poema como Ars Poética
Pocos son los poetas que, en algún momento de su vida, no hayan dedicado unas páginas, al menos, a la expresión del Ars Poética. Algunos lo han hecho de un modo íntimo o personal -por decirlo así-, expresando sus ideas informalmente, a través de cartas o recurriendo a anotaciones de uso propio y en las que se expone su concepción de un Ars Poética que remite, primeramente, a su propia obra; ideas que, luego, voluntaria o involuntariamente se han transformado en libros; otros, con la decidida intención de plantear el tema abiertamente al público (o abiertamente al aire, pues no pretendemos afirmar que Ars Poética haya sido nunca, y menos hoy, un tema con un gran poder de convocatoria), otros -decíamos- lo han hecho por medio de ensayos e, incluso, estudios monográficos, estos últimos, afortunadamente, son los menos. Sin embargo ¿quién podría decir que no hay en cada caso, una visión implícitamente íntima y personal del arte poético?
Particularmente queremos destacar, en este número con el que damos inicio a la sección Letras Contra Letras, el aspecto visionario que reside en todo poema o, mejor, en todo verdadero poema y en ese vasto, desconocido y subyugante cuerpo de la verdadera poesía. Sabemos la gran carga subjetiva que pueden alojar expresiones como "verdadero poema" o "verdadera poesía". Es un riesgo asumido. La poesía es una forma de vida y no pretendemos que sea la única o que no comporte variantes, según aquel que la cultive. Sin querer entrar a hablar en este momento de su aspecto visionario, hay en ella un ver distinto, un distraído ver despierto, un modo de entrar en un contacto más íntimo con aquello que excede y obsesiona al simple mortal y que algunos optan por designar con palabras como realidad, naturaleza o absurda perplejidad (acepción esta última, tal vez, más apropiada para quienes tienden a ser menos asertivos). Pero más imperativo se nos hace decir ahora, que la poesía no podría manifestarse y llegar a ser esencialmente ella sin su condimento ético, amén del estético, -al cual no vacilamos en colocar en un rol secundario, subalterno-, otro riesgo asumido. Hoy queremos iniciar esta sección con un obsequio: dos breves poemas que nos hablan de un modo de asumir la poesía como forma de vida; dos poetas, dos personas quizás diametralmente distintas, pero corresponsalmente poetas: Fina García Marruz y Dylan Thomas. De ellos traemos dos breves muestras en las que el ars poética se propone como tema, es el poema.
Rescatamos un texto de Aldo Pellegrini que juzgamos sumamente pertinente para un tiempo y una civilización como ésta en la que nos ha tocado vivir, en la que el tan trajinado término “globalización” no alcanza a dar una idea justa de la alucinación que padece el grueso de la humanidad; una civilización que, con rigor, tacha al individuo en el punto más preciado de sus atributos, allí donde debería sanamente respirar su libre albedrío; una civilización (¡caramba! ¿podemos seguir denominándola así?) en la que, al decir de Robert Graves, en su prólogo a La Diosa Blanca, "...son deshonrados los principales emblemas de la poesía. En la que la serpiente, el león y el águila corresponden a la carpa del circo; el buey, el salmón y el jabalí a la fábrica de conservas; el caballo de carreras y el lebrel a las pistas de apuestas; y el bosquecillo sagrado al aserradero. En la que la luna es menospreciada como un apagado satélite de la Tierra y la mujer considerada como ‘personal auxiliar del Estado’. En la que el dinero puede comprar casi todo menos la verdad y a casi todos menos al poeta poseído por la verdad..."
Completaremos este número con una serie que hemos titulado Fragmentarias, un espacio dedicado al fragmento, provenga de quien provenga, de poetas, filósofos y novelistas; de escritores de toda tacha; de santos, mártires, reos y artistas de toda índole, siempre y cuando juzguemos pertinente su decir. En un mundo fragmentado por guerras y disputas, por la explosión de imágenes hipnóticas, por credos ciegos y golpes de pecho, es natural el cultivo de la idea fragmentaria; más que un cultivo podría ser el resultado de una imposibilidad: la del decirnos llanamente, con la serenidad que no nos brindan estos tiempos. Pero, también, puede ser el producto de una urgencia: la de aquel que no puede esperar para poner el dedo en la llaga. En todo caso será un espacio abierto a todo tipo de ideas, siempre y cuando obedezcan a la calidad de fragmento.
Luis Alejandro Contreras

NO ES POR ORGULLO, POESIA

No es por orgullo, poesía
no es por orgullo
que nunca trato de buscarte,
que no me impaciento si no me visitas,
que no me ocupo de publicar tus favores
como un mal amante los favores de su dama,
no es por orgullo,
sino porque sé bien que,
de algún modo,
tú estás en algún sitio firme
esperándonos siempre
y que todos los caminos
oscuros e inciertos
que de ti me separan
irán a dar al final a tu radiante pecho.
Fina García Marruz, Segundas Partes, tomado de Nociones Elementales y Algunas Elegías, libro publicado por Fundarte, Colección Breves, 1994.

EN MI OFICIO O ARTE SOMBRIO
En mi oficio o arte sombrío
ejercido en la noche silenciosa
cuando sólo la luna se enfurece
y los amantes yacen en el lecho
con todas sus tristezas en los brazos,
junto a la luz que canta yo trabajo,
no por ambición ni por el pan
ni por ostentación ni por el tráfico de encantos
en escenarios de marfil,
sino por ese mínimo salario
de sus más escondidos corazones.
No por el hombre altivo
que se aparta de la luna colérica
escribo yo estas páginas de efímeras espumas,
ni para los muertos encumbrados
entre sus salmos y ruiseñores,
sino para los amantes, para sus brazos
que rodean las penas de los siglos,
que no pagan con salarios ni elogios
y no hacen caso alguno de mi oficio o mi arte.
Dylan Thomas, Edición original: COLLECTED POEMS, Traducido por Elizabeth Azcona y publicado por Fabril Editora, Buenos Aires, bajo el título de POEMAS COMPLETOS, 1974.
Se llama poesía a todo aquello que cierra la puerta
a los imbéciles
La poesía tiene una puerta herméticamente cerrada para los imbéciles, abierta de par en par para los inocentes. No es una puerta cerrada con llave o con cerrojo, pero su estructura es tal que, por más esfuerzos que hagan los imbéciles, no pueden abrirla, mientras cede a la sola presencia de los inocentes. Nada hay más opuesto a la imbecilidad que la inocencia. La característica del imbécil es su aspiración sistemática a cierto orden de poder. El inocente, en cambio, se niega a ejercer el poder porque los tiene todos.
Por supuesto, es el pueblo el poseedor potencial de la suprema aptitud poética: la inocencia. Y en el pueblo, aquellos que sienten la coerción del poder como un dolor. El inocente, conscientemente o no, se mueve en un mundo de valores (el amor, en primer término), el imbécil se mueve en un mundo en el cual el único valor está dado por el ejercicio del poder.
Los imbéciles buscan el poder en cualquier forma de autoridad: el dinero en primer término, y toda la estructura del estado, desde el poder de los gobernantes hasta el microscópico, pero corrosivo y siniestro poder de los burócratas, desde el poder de la iglesia hasta el poder del periodismo, desde el poder de los banqueros hasta el poder que dan las leyes.
Como la poesía significa libertad, significa afirmación del hombre auténtico, del hombre que intenta realizarse, indudablemente, tiene prestigio ante los imbéciles. En ese mundo falsificado y artificial que ellos construyen, los imbéciles necesitan artículos de lujo: cortinas, bibelots, joyerías, y algo así como la poesía. En esa poesía que ellos usan, la palabra y la imagen se convierten en elementos decorativos, y de ese modo se destruye su poder de incandescencia. Así se crea la llamada "poesía oficial", poesía de lentejuelas, poesía que suena a hueco.
La poesía no es más que esa violenta necesidad de afirmar su ser que impulsa al hombre. Se opone a la voluntad de no ser que guía a las multitudes domesticadas, y se opone a la voluntad de ser en los otros que se manifiesta en quienes ejercen el poder.
Los imbéciles viven en un mundo artificial y falso: basados en el poder que se puede ejercer sobre otros, niegan la rotunda realidad de lo humano, a la que sustituyen por esquemas huecos. El mundo del poder es un mundo vacío de sentido, fuera de la realidad. La poesía es una mística de la realidad. El poeta busca en la palabra no un modo de expresarse sino un modo de participar en la realidad misma. Recurre a la palabra, pero busca en ella su valor originario, la magia del momento de la creación del verbo, momento en que no era un signo, sino parte de la realidad misma. El poeta mediante el verbo no expresa la realidad, sino que participa de ella.
La puerta de la poesía no tiene llave ni cerrojo: se defiende por su calidad de incandescencia. Sólo los inocentes, que tienen el hábito del fuego purificador, que tienen dedos ardientes, pueden abrir esa puerta y por ella penetran la realidad.
La poesía pretende cumplir la tarea de que este mundo no sea sólo habitable para los imbéciles.
Aldo Pellegrini, Artículo publicado originalmente en el No. 9 de la revista Poesía de Buenos Aires, 1.961, y luego reproducido en el libro: Para Contribuir a la Confusión General, Edit. Leviatán, Buenos Aires.
Fragmentarias... 
Al hombre vulgar le gustaría creer que vive por un solo designio, y esta expresión es definida por su ignorancia de sí mismo y de los fines a que está destinado. ¿Qué es, pues, este gran designio por el cual vive? ¿Una mujer? ¿Hijos? ¿La extensión de esta resbaladiza democracia de la cual tanto se habla? Para ensayar la validez de estos valores, querido ciudadano, párese bajo cualquier árbol sano, repítase estas cosas y fíjese si las ramas no se ríen de usted y de su designio en eterna burla.
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He amado a Sócrates con un afecto que no sentí por ningún ser humano en la historia. Le he perdonado, incluso, su único gran pecado: la transformación de la razón en una fuerza tiránica.
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Si nunca habéis caminado a solas con vosotros mismos por un sendero de la montaña mientras el sol se levanta lentamente sobre los bosques de otro horizonte, no habéis hallado aún una escena apropiada para vuestro renacimiento como alma individual.
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Durante uno de nuestros paseos, Lavizky me preguntó cuál de mis libros me gustaba más. Le contesté que no estaba seguro pero debía ser alguno de los que aún no escribí. Siento tal benevolencia por todas las cosas del mundo que todavía no han nacido.
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¿Qué es lo que distingue a un hombre como rico o lo hunde como pobre? Su capacidad o su inhabilidad para dar cuanto posee, sin perder la sensación de seguridad.
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En muchos sentidos, Kant fue el creador del mundo moderno -¡y qué mundo exclusivista!-, en el que sólo pueden existir las cosas que han sido concebidas en términos de sentido humano y experiencia. En este mundo la mente humana es el dictador supremo y sólo las cosas que están preparadas (y dispuestas) a sujetarse a su regla pueden formar parte del reino de la existencia.
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Hay gente en este mundo que ha sido amamantada tan enteramente de preciosas ilusiones que piensan que sólo les queda una cosa útil para emplear sus energías remanentes, y ella es achicarse a la vista del público en un acto de suicidio moral. Sin embargo, ¿dónde está el deshollinador que no fuese un gran primer ministro? ¿Dónde el rey que, compelido por las circunstancias históricas, no llegara a ser un gran lustrabotas?
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Este manojo de ironías (si exceptuamos, tal vez, el tercer y quinto pensamientos) debe la luz a Federico Nietzsche, agrupadas en un polémico libro titulado Mi Hermana y Yo, del cual hubo quien negara su autenticidad. Fue publicado en español por Edaf en España y por Santiago Rueda en Argentina.
sábado 7 de julio de 2007

Contracorrientes, sentencias en incertidumbre, fue presentado en diciembre de 2006 para el círculo de amigos más cercanos, en la Librería Lectura. Estoy altamente agradecido con Bernardo Infante por haberle dado acogida en su catálogo a este heterodoxo cuaderno de meditaciones, aforismos, vivencias y, si se quiere, algún asomo poético (entre otras menudencias), perfil que no le hace precisamente un libro que se pueda ubicar cómodamente dentro de una línea de estilo. Mi inexperiencia, una ansiedad en mala hora acallada por mí ante la espera y ¿por qué no? acaso mi ligereza me hizo que pasara por alto la importancia del “envoltorio” en el que iría empaquetado tal cuaderno. No quiero decir con ello que repruebe el trabajo de Bernardo como editor. Sus cuidadas ediciones incitan al tiento, nos retrotraen a los días de la artesanía; y fue por ello que me atreví a tocar a su puerta después de varias décadas de rumiante especulación en torno al tema de si se justificaría el que intentase yo publicar el producto de mis rasguños sobre el papel. El asunto es que, luego de haber tentado el llamador de su puerta y de que Bernardo generosamente me invitase a pasar a esa casa que es su editorial; luego de que, leído el manuscrito, él se decidiera a la publicación de este cuaderno entre sus filas (queriendo el azar que con ese cuaderno se diera inicio a la Colección Manoa, en merecido homenaje a nuestro apreciado Eugenio Montejo, hecho que en mí no hizo sino acrecentar aún más el peso de la responsabilidad ante el compromiso de divulgar un material que, por años, quise mantener inédito), vino lo que para mí fueron largos meses de espera; obviamente, los intereses particulares impulsan a los seres humanos a experimentar una diferente percepción del devenir del tiempo; lo cierto es que mi percepción del tiempo se hizo larga en lo que toca a esperar ver entre mis manos una maqueta de lo que, premeditadamente, habría de ser mi primera publicación (pues, si no era viable el publicar, antes que cualquier otro esbozo mío, estas contracorrientes, entonces no tendría para mí justificación alguna el publicar ninguna otra cosa, dado que contracorrientes cumple algo así como el papel de un maestro de ceremonias entre lo que llevo escrito y ha de ocupar, así, su puesto en el preámbulo). Y, como dije antes, por inexperiencia, reprimida ansiedad o ligereza, no tomé el debido aviso de que todo libro ha de llevar una noticia sobre el autor. A manera de perfil, yo le había enviado a Bernardo un texto absolutamente informal y, lo acepto, irresponsablemente jovial, pero con la intención de que le sirviera de guía y con miras a depurarlo juntos; después de todo, sólo una vez en la vida se publica un primer libro. El asunto es que tal revisión no se dio. Un día Bernardo, me llamó para decirme que el libro estaba listo. Por un lado me contentó grandemente; mas, por el otro, al tener el libro entre mis manos y ver en tercera persona un extracto del perfil biográfico a que he hecho mención, me atacó una suerte de desazón (*). Lucía (y lucirá por siempre) como el comentario redactado por un presuntuoso bachiller, cuando nada podía estar más alejado de mi tesitura de espíritu. A mi mente vino aquella frase de Nietzsche en ocasión de enjuiciar su Nacimiento de la Tragedia: “es un libro echado a perder”; claro que por una razón más grave, como lo fue lo que él consideró como el nocivo influjo de Wagner sobre su vida. Debo asentar muy claramente que en nada pretendo que se me asocie con un genio incomparable como el que habitó la humanidad de Nietzsche. Traigo a colación este episodio para narrar las dimensiones apoteósicas que en mí creó un detalle como ése, pues la nota de presentación que debía llevar la cubierta del cuaderno (la carátula de un libro viene a ser lo que el sobre es a una carta), con los brevísimos afeites fisonómicos que habrían de dar noticia del autor, era un tema para el que no había tenido yo ningún cuidado. Bien. El caso es que lo hecho, hecho está… Y que el libro salió impreso de esta manera a las manos del anónimo lector.
Mi preocupación se vio corroborada, cuando el apreciado y aguzado Rafael Castillo Zapata, hizo mención del mismo señalamiento que causaba mis desvelos, durante la velada de presentación de algunos títulos del sello editorial de Bernardo (BID&CO Editor), en el marco del Salón del Libro 2007 de Caracas. Debo, por demás, agradecer los generosos comentarios que Castillo Zapata expresara con respecto a contracorrientes, luego, eso sí, de haber convocado mi sonrojo ante la curiosidad que le causaba el contraste entre las “noticias” que se dan del autor en la solapa de libro y el contenido del mismo.
Deseaba yo, pues, escribir desde diciembre pasado algunas apreciaciones en torno a este preocupante detalle.
Por no prevenir demasiado al lector en torno a contracorrientes y contra la muy respetable opinión de Bernardo, yo había decidido expurgarle un prólogo que hacía las veces de una profesión de fe. No es que me disgustara ese texto, aun aceptando que tuvo su génesis (hace unos quince años) un poco por el acicate de un par de desventurados comentarios en torno a la originalidad que “debería” caracterizar a toda obra. Como si los vasos comunicantes no estuviesen por siempre fluyendo y compartiendo sus líquidos desde el pasado hacia el futuro y desde el futuro hacia el pasado. El tiempo es maleable y los sueños también. ¿Por qué no habrían de serlo igualmente nuestras obsesiones, nuestras ansias de vivir, nuestra sensibilidad, nuestras percepciones, nuestra expresión? Así pues, dado que pienso que el expurgado prólogo en algo puede contribuir a ofrecer un esbozo algo más cabal de la inveteradamente subjetiva fisonomía de un espíritu, me decido ahora -a título post mortem y por este medio- a publicarlo, de seguidas a estas glosas.
Luis Alejandro Contreras
(*) El texto que se presenta como datos personales en este blog es el que abría la noticia bibliográfica objeto de estas apostillas, pero ese fragmento fue "podado" del corpus que se dispuso en la solapa del libro.
Caro lector: no he pretendido, en modo alguno, “ejercer” aquí una variante de crítica intelectual ni, mucho menos, una rara especie de exégesis poética. Son apenas cinco o seis imágenes obsesivas que se repiten incesantemente, cambiando el color y corte de sus trajes. No es un libro de hallazgos, en el sentido de superación personal, tan en boga en nuestros días; si -hoy por hoy- todavía puede tener algún valor la palabra de un hombre, la confesión, la declaración sincera, puedo decirte que esta colecta de dicciones y contradicciones no ha tenido, en su gestación y orquestación, ninguna intencionalidad dirigida. Si ha de tener alguna, quizás sea la de cierto culto maniático por la poda de las ideas, lo que se traduce en una poda de las palabras (siempre me he encontrado incómodo entre jardines edulcoradamente adornados, me siento como un perfecto farsante). El azar se roba el papel del más terrible seductor; así que siento más bien a este libro, como una reunión -acaso un diálogo- de sorprendimientos (espero sea dispensado por el trance de tener que apelar a palabra inexistente, mas no lo puedo expresar de otra manera); sorprendimiento de la imagen subrepticia, la idea que se impone a fogonazos; sorprendimiento del sueño en la vigilia y de la imago que sale a flote engarzada entre las redes del sueño. Sorprendimiento de un lenguaje que quiere crecer a su capricho, a pesar de unas bien afiladas tijeras. Obviamente, hay en él algo de pensamiento -perogrulladas, tal vez, acaso haya que volver a ellas- pero, ni lo guardo bajo custodia ni lo creo de mi exclusividad, por fortuna. Si tuviera que decir algo, en mi descargo, para complacer o soliviantar el ánimo de los practicantes de la crítica con lupa, los cazadores de analogías, les diría -a riesgo de parecer altaneramente afirmativo- que tengo la certeza de la existencia de coordenadas, correspondencias del espíritu y del pensamiento en la memoria y el olvido; correspondencias del sentido, es decir, del pensamiento vivido, vibrado y de la vida padecida en el alma; correspondencias del instinto bruto, sabiamente animal y del humano sentimiento. Sostengo que tales correspondencias no podrán nunca obedecer a un acto de voluntad individual y que, además, no puede uno decidir alistarse en tales o cuales coordenadas. Se nace siendo instrumento y aunque somos, también, melodía, ni somos el solista, ni el director del coro. Tampoco pongo en duda la existencia de la voz que nos habla quedamente desde el otro lado del frágil espejo que somos; la voz cuyo influjo Robert Graves atribuyó a una Diosa Blanca. Acaso, de este libro, mía sea tan sólo la letra. Pero ya basta. Más no te puedo apuntar, porque ello sería transgredir lo azaroso de su decir.
© Luis Alejandro Contreras. Contracorrientes (sentencias en incertidumbre), bid & co editor c. a., Colección Manoa, Caracas, 2006 .
Algunas panorámicas de la noche del bautizo (14-12-06). ¿Quién más podía oficiar de padrino, como no fuera mi compadre Mario Amengual?





Azul vastedad
Hacia la noche
millares de habitaciones son azules,
con nerviosos fogonazos
de violetas y naranjas
¿ Quién podría ser lírico
en un escenario como éste?
¿ Nos consolaría el asociarlas con los destellos
de las luciérnagas o las estrellas ?
Sabemos que no es así
Hacia la noche millares de habitaciones
son primorosamente azules
porque o aborrecemos o tememos a la noche,
la inmaculada exuberancia
de su insondable azul, azul sin fin
Hemos reinventado la noche,
reinterpretándola, reinstaurándola a nuestro capricho,
la hemos colmado del efectismo de nuestros miopes,
diurnos argumentos,
obviando su inquietante docilidad
Yo estoy solo, absolutamente solo;
y salgo por las calles a contemplar la azul soledad de los cuartos
donde se olvida la azul soledad de la noche
Un pistolero solitario mata a dieciséis niños y a su maestra
Luego se suicida
Las noches son áridamente azules
Un meteorito atraviesa el deportivo último modelo
de una ejecutiva newyorkina, incrustándose humeante
en el pavimento de la quinta avenida
Las noches son sedentariamente azules
Un poeta marginal publica sus obsesiones
entre los avisos clasificados de un diario comercial
Mas siguen siendo azules
(con enervantes fogonazos
de naranjas y violetas,
pero inapelablemente azules)
Salgo por las calles
y no tengo nada que ofrecer
Estoy vacío como un cuenco abandonado
en una cueva clausurada hace dos mil años
Seco, macerado, romo
Son azules
Lascivia fue un camino,
mas hastían las vaginas frígidas,
vaginas sin mujer,
vaginas con frenillos
Machos sin música
entre cánticos sin falo
en un cóctel de falos sin hogar
Y son azules
Soy un cuenco errante,
un reloj sin segundero,
un toro herido embistiendo el aire
entre risitas de fuego
Pero siguen siendo azules
Mas ¿ qué importancia tiene ?
También la guerra ha sido y es un camino
como lo son y han sido
la usura, la envidia, la inclemencia
los mecanismos de tortura,
los proselitismos,
la aristocracia quiromántica
las verbenas de impotencia,
los báculos sin hiedra,
el culto de las imprecaciones
Entre la azul soledad de los dormitorios
bajo la azul vastedad de la noche
(poema publicado en Voces Nuevas 1998-1999, Celarg; forma parte del libro Toma luz, toda la noche ©, Luis Alejandro Contreras, inédito)

Las vistas nocturnas de la luna y de la ciudad de Caracas las tomé, con sobre-exposición, una madrugada desde el taller de pintura de mi hermana, en Puerta de Caracas, El Avila, (lacl, DR). La vista de la luna sobre el mar la tomé, con sobre-exposición, una madrugada desde el techo de la casa que fue de Elisa Maggi y Salvador Garmendia en Villa Croacia, Litoral Central venezolano, (lacl, ©). Todas llevadas a scanner, pues he perdido los negativos.

La ceguera del espíritu
Luis Alejandro Contreras
I.
Imaginémonos a un hombre solitario, imbuido en sus pensamientos. Figurémonos que está sentado en un banco de una plaza saturada de gentes desempleadas u ociosas que se juntan para la conversa (los menos se dedican a ver cómo otras gentes cruzan la plaza atareadas, como presurosas y obsesas hormigas, sin detenerse); claro que el soledoso hombre podría estar también sentado en la acera de una calle poco transitada por citadinos peatones o, acaso, estar vagando por parajes y veredas silvestres, ausentes del bullicio de modernidad que alienta en las ciudades, y sin otra compañía que la de sus impresiones, ansiedades y sentimientos. Podría estar, si no, tumbado sobre un colchón devorando el techo con sus ojos o absorto sobre la hierba mientras disfruta los escarceos de las nubes. Supongamos, además, que esa soledad suya tiene su matriz en un despoblamiento, en su alma, hacia todo aquello que luce más despiadado que piadoso comercio de los hombres y que, por gracia de esa soledad, ha declarado para sí su desarraigo de ese mundo. ¿Tendría sentido para cualquier mortal, a estas alturas de la humilde, cuando no precaria historia de la humanidad, el que nos imagináramos a ese hombre -un individuo presumiblemente execrado por “su” tribu o, a lo menos, un ser degradado por los frígidos y comedidos cánones de eso que aún insistimos en llamar civilización- consumiéndose en un fuego de amor por lo gregario? A la luz de los patrones de barbarie que hoy tanto privilegian los hombres en toda latitud de ese “su” mundo signado por deidades tales como fraude & despojo, parecería un auténtico exabrupto, todo un canto a la desmesura, si respondiéramos de modo afirmativo a tal cuestión. Pero eso es lo que haremos aquí y ahora.
No porque el conjunto de la humanidad haya adoptado e instaurado la potestad de la ofuscación o de la inadvertencia ante la vida natural y mucho menos porque sumisamente se haya entregado al gobierno de una mefítica noción del poder y la autoridad de unos sobre otros (semejantes que se empeñan en verse como desemejantes, prójimos que se imponen el tratarse como contrincantes); no porque el común de la humanidad se haya impuesto el soslayo y la artería como una contrahecha norma de convivencia; no porque, en resumidas cuentas, se haya dado la espalda a sí misma o porque tan campantemente haya despachado al desván de los trastos inservibles todo culto por la mirada interior, ha de profanarse quien no está dispuesto a acoplarse con tal perversidad.
Nuestro ermitaño no se encuentra, anda un poco extraviado. No se halla porque no entiende que el hombre no se halle. Se pregunta por lo que ha de ser el mundo para el hombre, cualquier ser como él. ¿Un espacio habitable, un regalo milagroso o un marco que sirva de referencia a sus propios caprichos? Tiende a pensar, por su experiencia, que la suma de los hombres optará por lo último.
Si usted no está dispuesto a profanarse, ha de estar preparado para saber vivir al margen, lo que de ningún modo es lo mismo que vivir marginado.
El mundo presente está marcado por el malvivir del ser humano, pues éste se ha abrumado a sí mismo con una oleada de simulacros. Falsedades de todo cuño que han de ser defendidas a sangre, fuego, capa y espada. Las palabras clave son fanatismo e intransigencia. Sea que se apuntalen en razones políticas, raciales, religiosas, culturales, metafísicas, históricas o cualquier otra de suntuario o frívolo valor, fanatismo e intransigencia causan los más severos daños sobre las florestas del alma humana, que se ve continuamente sometida al fragor de una contienda indesmayable; resultado de ello es la embrutecedora masificación y perturbación en que se vive hoy. El común de los hombres no se atreve a visitar ni a reconocer los campos y praderas del alma antes, durante, ni después de la batalla que significa cada jornada diaria. Porque muy bien saben ellos contentarse con librar sus batallas en el campo de lo que es foráneo a su naturaleza espiritual; porque lograron implantar, como norma, una ilusión en torno al vivir: la de detener el péndulo de sus pulsaciones en un extremo del ámbito de lo que han preconcebido como “lo exterior”. Lo grave es que, al impulsar ese péndulo de vida hacia un preconcebido extremo, sus humanidades fueron arrastradas y condenadas a vivir en una dimensión de apariencias, un espejismo insubstancial. Pero deteniéndonos por un momento en este punto, ¿quién concibe que un péndulo pueda, por sí solo, perpetuarse en uno de dos extremos? A un primer vistazo, un péndulo no tendrá mucho sentido si no es en relación al movimiento. Yendo más allá les asociaremos con tiempo y espacio. Mas péndulo y movimiento, tiempo y espacio, considerados como ciegas y separadas entidades tampoco nos obsequiarán algo de luz en torno a la razón de su presencia. Un péndulo es y será un objeto hermoso si, y sólo si, lo imaginamos o, más bien, lo percibimos tocado de aliento en virtud de su correlación con el alma, ese animado animal que nos habita. Y las cosas, nuestras cosas, enseres de intasable valor -dado que su estimación nace de su correlación con nuestro vivir-, puede decirse que son, a su vez, depositarias del alma, en gracia de la relación de intimidad que establecen con nosotros sus usuarios, sus distraídos propietarios o, en demasiadas ocasiones, sus esclavos[1]. Sin esa relación, todo objeto, será una forma huérfana de vida. Pero esa correspondencia es a diario negada por nuestras humanas costumbres. Y así pues, el súmnum de los hombres vive en el afuera y al desamparo. Y, para colmo, se anda por el mundo sin tomarse el cuidado de reconocer el terreno que se pisa. Los hombres no aperciben que ese terreno que huellan las plantas de sus pies es, también, terreno del espíritu. No advierten que entre humus y piel lo que coexiste es una filiación de la carne, una de las tantas variantes de dicción exhaladas del juego de creación y caos que es el cosmos. No perciben que la genuina grandeza de la humana pequeñez, sólo llegará a ser “hallazgo” o “tesoro” por gracia de un acto de reconocimiento en todo aquello lo que no “se es”. Pero los hombres persisten en convencerse de que todas aquellas cosas o seres que “se encuentran afuera” de sus identidades de seres vivos, al no formar parte de la sublimada humanidad, son susceptibles de ser subordinados, domeñados, empadronados, alterados, tasados y vendidos. No prestan oídos al canto de filiación cósmica inmanente en todo lo creado y no se percatan que ellos son, también, parte medular del afuera.
De allí que el hombre moderno, grosso modo, no pueda vivir si no es aferrado a dogmáticos amuletos, como alguna creencia fundamental, una aherrojada declaración de fe, sea del tenor que sea es lo de menos; lo que le mueve y conmueve, lo que le agita e impulsa a seguir hacia adelante es creer ciegamente en algo, cualquier cosa. Y enseñan sus dientes, sacan a relucir sus sables, hacen rodar cabezas por defender lo que, aducen, son incuestionables credos e insobornables verdades; en realidad, no pasan de ser preceptos cimentados sobre farsas remendadas al exceso con el fin de conferirles su tufillo de sofocada veracidad. Lo cierto es que quienes se aferran a cerrados credos, sean de tinte político, religioso, racial u otro, padecen una fatídica ceguera. Quienes tan prestamente afirman estar dispuestos a preservar, hasta las últimas consecuencias, verdades acuñadas en monedas de una sola cara, no son capaces de distinguir ni, mucho menos, de gozar las múltiples coloraciones que nos depara la vida. Y cuando hablamos de ceguera lo hacemos para señalar una ofuscación padecida en los contornos del corazón y del espíritu.
Hoy se acusa ese padecimiento, de manera fehaciente, en prácticamente todo acto humano, pues en nuestras conductas priva la malevolencia: tanto en el más insignificante de los timos perpetrado por un individuo, acaso el último de la fila de una necrológica cadena de miseria, como en los más consumados artilugios de los enroques geopolíticos con que se busca mudar manoseados y acomodadizos principios en puntos de honor, bien sean éstos de amañado o intransigente corte religioso, moral o legal y que puedan servir de reivindicativo o justificativo para el empleo de las antediluvianas políticas del garrote. Acotemos que esta práctica del abuso de poder, eufemística y ancestralmente, ha sido disfrazada con una terminología inexorablemente formalista, mas no por ello, ha dejado de ser cabal y celosamente cultivada por quienes han sido bendecidos con la responsabilidad de detentar algún tipo de poder temporal sobre la masa; pues, con el fin de preservar algún pretendido statu quo y en nombre del colectivo, se ampararán en adulteradas y maleables legitimidades históricas y no dudarán de apelar a todo tipo de represión -sea policial, para-policial, delincuencial o psicológica-, si se ven en la extremosa necesidad de tener que defender y sostener un orden social que sempiternamente resulta ser autoritario y que, por alguna recóndita razón, jamás buscará tratar con el individuo de otro modo que no sea el ductor y paternalista. Pero lo más importante a remarcar es el hecho de que no media una gran diferencia en los motivos o causales que determinan la perversidad e inquina con que procede un avasallado individuo como en aquellos que determinan el proceder de las minorías que ejercen algún poder político.
Y allí está: hemos caído en el insoslayable tema del poder. Así pues, no lo evadamos. El poder ha sido imperecederamente ejercido por cerradas minorías. El hombre, en lo que respecta a vida social, no ha logrado avanzar mucho más allá de lo que él mismo cataloga como especies inferiores. Es un ser que no puede vivir con seguridad si no es en forma de clan o de sectas. Resulta irónico que viendo más allá en el horizonte, según preconiza, de lo que pueden ver otras especies vivas, no se atreva a vivir conforme a su visión. El hombre avasalla, somete, domestica y reduce no sólo a otras especies sino, incluso, a sí mismo; es un extintor de vida natural incapaz de ver las ingentes, formidables proporciones de su continuado asesinato. Es por ello que silenciosa o vocingleramente predica el clan, el don de sectas, el culto por las cofradías como medios para convivir; y pedimos excusas por la paradoja, pues ¿qué son los clanes de adoradores del poder sino un cenáculo de minorías? En lo que toca a vida colectiva, las minorías que persiguen el ejercicio del poder se distinguen porque todos sus integrantes profesan (y han de hacerlo obligatoriamente, so pena de la exclusión) un mismo credo; pero es éste un credo de connivencias antes que de convivencia, un credo de confabulaciones antes que de espíritu, un credo de solidaridades que apuntan a los objetivos de la agrupación de que se forma parte; a sus integrantes no les mueve el fondo sino la meta.
Cuando tales minorías se hacen con el poder, llegan a ser altamente seducibles por su afán de ejercer, a perpetuidad, el mando sobre la masa, pues llegan a representárselo como un bien inmanente a la naturaleza de su linaje. ¿Y quién puede negar que a lo largo de la historia se ha visto cómo se repite, una y otra vez, el caso de reinos, imperios, autocracias, dictaduras, pseudo-democracias (amparados todos bajo un común denominador plutocrático) y, lo más grave, el de pueblos enteros arrastrados al cataclismo por el capricho de unas absolutistas minorías supuestamente distinguidas con cualidades superiores a las del común de la gente, para gobernar en nombre de esa informe y por siempre anónima masa de conciudadanos?
Deseo intercalar un inciso que, pienso, abonará el camino para lo que se dirá luego, aun a despecho de que resulte ser una perogrullada: toda minoría está integrada por individualidades. E indicios no faltan para pensar que la base de los contrahechos sistemas de vida que conforman nuestras sociedades, se encuentra ya de suyo alojada en la psique de la individualidad humana, lo que agrava aún más el asunto y pudiera llevar a algunos a asumir una visión nihilista del vivir. Sin embargo, yo no puedo acogerme a tal enfoque y prefiero creer que, a pesar de tan sombrías conjeturas, el hombre, en y desde su individualidad, puede salvar grandes escollos; pienso, incluso, que a costa de sí mismo y en un largo proceso de metamorfosis verá cómo muda de piel; acaso se vea forzado a renacer de sus cenizas, así como impelido a derribar las estatuas de falsos dioses, antes de lograr constituirse en un ser más avanzado, entendiendo por ello a un ser más cooperador con sus prójimos, a un ser que finalmente aprenda a vivir en concordia. Cuántas lunas han de trenzar el cielo antes de que se opere tal cambio es un interrogante que nadie puede responder. Esperemos y confiemos en que pueda concluirse antes de que nuestra irracionalidad y bajas pasiones imperen y supriman todo vestigio de vida sobre el planeta. Acaso esa metamorfosis haya de comenzar en un punto equiparable al de aquel andariego solitario de que hablábamos al principio, desandando caminos…
II.
En la modernidad se ha instituido un culto al dios Sistema. Como si de un becerro de oro se tratare, los hombres han erigido a un impasible daemón para colmar sus vidas con algo que confiera sabor de contenido, un daemón que cambia de rostro a placer y cuyo mayor atributo es el don de la ilusión, bien lo saben los sacerdotes que se consagran bajo sus órdenes. Acá toma forma de sabio gorila, más allá viste piel de lobo democrático, acullá se disfraza de sanguijuela igualitaria. Quienes rinden culto al dios Sistema saben que, en sus misas, han de pintar lo efímero como una bienaventuranza. Este dios, engañosamente moderno, suele abrigarse en la nada moderna noción de “democracia” [2] y sus ministros bien saben cumplir sus oficios y rasgarse las vestiduras en nombre de tan venerable sacramento de la política. Saben que con el simple pero oportuno e histriónico pronunciamiento de este mágico vocablo logran imponer la eucaristía de su prédica política e inducen al noviciado para que tome sus hábitos, comulgue con su pan, adore a su dios. Y de este modo logran las intransigentes minorías, conquistar una limpidez inobjetable para su por siempre añorado y bruñido poder político y una sacralidad a toda prueba en la impartición y mando de los asuntos públicos de la congregación sobre la que gobiernan.

La epidérmica diversidad de sistemas que surge de esta idolatría del patrón Sistema es prácticamente incontable, pues habrá tantos sistemáticos cultos como congregaciones haya susceptibles de ser apadrinadas (o empadronadas). Y lo cierto es que, en la práctica, tales “sistemas” no se compadecen de las bellas palabras y los prometedores sueños de quienes detentan entre sus manos el cetro del guía, pues una fatalidad impone que tal cetro se transfigure en garrote y así, entre los clementes preceptores de toda polis resurge incansablemente el “saludable entretenimiento” del arte de los estacazos, ya para con sus propios conciudadanos o para con las naciones que adolecen de la “culpa” de ser menos afectas al uso de la violencia o de ser, llanamente, menos fuertes. 
Pero lo más importante a destacar es que este deporte de los vergajazos (virtuales o físicos, igual de dañinos a la postre) se practica sin descuidar las muy específicas direcciones y más determinados fines con que deben delinearse obligatoria y piramidalmente las pautas sociales que tratan sobre los deberes y derechos de los hijos de toda república, venerados conciudadanos y, muy especialmente, las normas que tratan sobre el manejo de los fondos públicos de las masas tuteladas, normas obvia y convenientemente manipuladas por quienes, por obra y gracia del espíritu santo, tienen la responsabilidad de cuidar los intereses de la colectividad. Sin el control de la hacienda no se puede garantizar el éxito de los predicadores políticos y es, obviamente, en el seno de sus conciliábulos donde se definen las directrices y fines para el manejo de la cosa pública; es allí donde se trazan los justificativos demagógicos; es allí donde sesudamente se pergeñan falacias vestidas de dictamen; es allí donde se diseña la utopía como una pesadilla para entregarla a la comunidad aderezada de toda suerte leyes y dispositivos que, al final, no harán otra cosa que mediatizar al individuo y favorecer al sempiterno cultor de la confabulación política.
El caso de Venezuela no escapa a la práctica de ese viejo y sano juego de las aspiraciones y transpiraciones que implica el deseo de transformar realidades y que caracteriza al ser humano. La cuestión es que, indefectiblemente, ese juego de transformación más se traduce, en éste como en otros pueblos, en un ejercicio de encasillado determinismo, en un sistematismo vacío de sentido, en un juego en el que las reglas no escritas predican, primeramente, que todo individuo ha de prepararse para conquistar y gobernar sobre una realidad extrínseca, siempre con la mira puesta en el influjo que pueda imponer su presencia -o la de su sombra- sobre la presencia de los demás mortales; se le conmina a perseguir el despunte o el descollamiento por encima de sus prójimos. Tal conducta rememora la ceguera de Narciso, pues ¿no hay una ceguera alojada allí, en la psique de quien sólo es capaz de verse a sí mismo como un arcángel triunfante que exhibe sus blasones, mientras su pie somete el cuello de un animal fabuloso, engendro que -no se ha percatado- es, ni más ni menos, tan hombre como él? En Venezuela, como en otras latitudes, padecemos una ceguera del alma y es, gracias a ello, que no salimos del encandilamiento en lo que toca a vida en comunidad. Si no estamos en condiciones de convivir siquiera con aquello que alienta en nuestro fondo, ¿en virtud de qué sino, hado o fuerza lo estaríamos para convivir con los otros y, más aún, con la esfera natural que nos circunda?
No hay tiempo ni razones para justificar discusiones bizantinas que tan sólo propician la confusión por todas partes, mas eso es lo que hacemos día a día. Tampoco tenemos tiempo ni razones para evadir un tema central de nuestra hora, cual es que, por un lado, un grupo de ciudadanos se uniforme, sectorice y forme línea tras las hueras consignas de una barnizada doctrina o las escurridizas promesas de un oficiante demagogo (otra de las vestimentas de que se sirve el dios Sistema) para lograr, como único objetivo, detentar la sombra del poder por el poder en sí y, por el otro, que otro grupo de ciudadanos esté deshojando la margarita para decidir a qué orilla del río les conviene colocarse, bien sea para salvarse de una presagiada crecida, bien sea para aprovecharse, luego, de la pesca en aguas revueltas. Y éste es el súmmum del tema: ni se piensa ni se siente en función del hombre –bien sea en el hombre fusionado o bien sea en el hombre individuado-, sino en función del más mediatizado y estrecho de los egos que pueda poseer un individuo; esto es, desde una individualidad envilecida.
Si bien es cierto que, como dijera Erasmo, no hay mayor síntoma de locura que el desamor por uno mismo, también es cierto que todo amor propio tiene un lindero. Si nos empeñamos en desestimar nuestro lindero personal por hacernos más extensos y ganar brillo a la vista del otro o de los otros, caeremos en el riesgo de perder la brújula de nuestra interioridad. Y ésa es la cruda realidad de nuestras andanzas en medio de la colectividad. Y no es otra la tesis que se ha predicado a los niños secularmente, por una inmensa mayoría de quienes han tenido la “misión de la enseñanza” en Occidente; tales misioneros creyeron y aún creen que comporta una sana y primordial doctrina la que predica el ejercicio de las inducciones sobre el individuo, como si la naturaleza no manifestara ya de suyo sus impulsos en la vida de cada uno de sus hijos[3]. Se vende a los niños, como razón de vida, la lucha por un puesto señero en el mundo. Mas, al final, lo que realmente tendrá cada persona que afrontar es un caso de honestidad para consigo misma: indagarse y encontrar cómo llegar a buen puerto ante el dilema de lo que se anhela ser -en y desde el fondo de sí mismo- y lo que hasta la saciedad se le ha predicado que “debe uno ser”, como parte de la sociedad. Realmente se trata de una lucha entre la libertad -en su sentido más pleno e irrevocable, entendida como el libre albedrío de toda interioridad- y el peso opresivo de un statu quo que concuerdan en sobrellevar algunos y en defender otros como colectividad, aún a costa de estar concientes de que ese peso es ya un padecimiento, una carga inllevable.
Y con esa presión extraordinaria que establece la plutocracia globalmente organizada, sea que se predique en regímenes abiertos o cerrados sobre sociedades e individuos (pues, paradójicamente, multitud y persona son tan semejantes como desemejantes y a toda plutocracia se le hace necesario atacar al hombre por ambos flancos), es sumamente improbable que se pueda lograr un desarrollo armónico en el seno del espíritu humano. Al final son voces aisladas, muchísimas de ellas respetables y señeras, intentando develar los ancianos males de la humanidad, intentando abatir al basilisco imperante en el sueño que llamamos realidad; acaso sea muy poco lo que logren incidir en el seno de la humana naturaleza, pues sus voces son y han sido ancestralmente mediatizadas con escarnio por un ideal crematístico que
se sustenta a sí mismo y que, inexplicablemente, todavía hoy defienden, como hipnotizados autómatas, las grandes masas de nuestras sociedades, desde aquellos que viven en la más paupérrima de las pobrezas -aunque en descargo de ellos hay que decir que no les queda otro remedio que ejercer su derecho a tal defensa, pues tienen que amoldarse a los “hechos” y buscar una vía para su humana subsistencia-, pasando por los ciudadanos que se encuentran en el medio de la escala plutocrática, acariciando el sueño de una Edad de Oro hipotecada, llegando hasta los que asumen una vida plena de comodidades y riqueza material como un regalo divino para el que hubieran estado predestinados desde el más allá.
La crisis del hombre moderno halla su razón de ser en el desgano de éste por respirar a su aire, pues relegó su alma a un escondrijo del lenguaje, siendo que ella le habita, con o sin su consentimiento, a trastiendas; es como si, por inadvertencia, un novicio desprevenido hubiere postergado el cuidado de un huerto sagrado y, luego, no hallara los medios para hacerlo florecer nuevamente. Los más grandes conflictos del hombre moderno deben su génesis a un desacato o desoimiento del alma individual, a una desatención de la cualidad vaporosa del espíritu y a un rechazo por todo lo volátil e incorpóreo; hallan razón de ser en una carencia y, es más, en ella se enquistan; y, aunque parezca extraño, es allí donde ganan todas las batallas los mecanismos del poder y sus dioses de aserrín; es por una carencia del espíritu que se imponen los patrones de conducta en los pueblos y es por esa misma carencia que se justifica todo exabrupto amparado en variopintos credos políticos, económicos o ideológicos. La pobreza -toda pobreza- nace y muere en nuestro pecho.
Septiembre 25 de 2006.-
[1] Cuánta sutileza encierra la palabra enseres, ese plural sustantivo derivado de en y ser. Nos lleva a presumir que hay un hálito de vida coexistiendo en aquellas cosas tocadas por mano del hombre; nuestras prendas personales se hayan pues en estado de ser.
[2] Me permito reproducir el término Democracia del Diccionario, tal como aparece en la apreciada página: La palabra del día, http://www.el-castellano.org/
Sistema político en el cual el pueblo ejerce el gobierno directamente o a través de sus representantes electos. Democracia proviene del latín tardío democratia y ésta del griego demokratía (gobierno del pueblo), formada por demos (pueblo) y kratein (gobernar), esta última proveniente de kratos (fuerza). En el siglo V A. C., durante el gobierno del estratega Pericles, surgió en Atenas un régimen político basado en decisiones populares. Los ciudadanos se reunían en la Ekklesia o "asamblea popular" para deliberar y decidir sobre las grandes cuestiones del gobierno. Sin embargo, la mayoría de los habitantes de Atenas eran esclavos o metekos (extranjeros), mientras que los ciudadanos que efectivamente participaban en la vida política ateniense no pasaban del diez por ciento de la población.
La democracia resurgió en Europa durante la Edad Media en lugares aislados, como en los cantones suizos y en algunas repúblicas alemanas o italianas, y el prestigio del término se fue fortaleciendo lentamente con el ascenso gradual de la burguesía. El primer registro de uso de democracia en español está datado en 1640; la palabra ya estaba incluida en el Diccionario de la Real Academia de 1732 (su primera edición, conocida como Diccionario de Autoridades). No obstante, la voz democracia se hizo más conocida en la Revolución Francesa (1789), con la caída de la monarquía en Francia y la posterior democratización de los regímenes monárquicos en la mayor parte de Europa.
Desde entonces, tanto los gobiernos basados en el capitalismo como los países comunistas de Europa y Asia, además de Cuba, se atribuyeron la calificación de "democráticos". Sin embargo, la democracia ejercida directamente por los ciudadanos -tal como en Atenas- parece no ser viable en nuestro tiempo debido a la complejidad del Estado, que adopta formas representativas mediante las cuales el pueblo ejerce su soberanía por medio de representantes electos. A partir de democracia se formaron palabras derivadas, tales como demócrata, democratizar y democratización.
Entre los peligros del régimen democrático se ha señalado el de la aparición de demagogos, vocablo formado por las voces griegas demos (pueblo) y agein (conducir). Los demagogos son líderes que seducen al pueblo con sus promesas y lo conducen por caminos equivocados. A pesar de este significado, demagogo fue inicialmente un título honorífico que se concedía en la ciudad griega a líderes populares y personalidades ilustres, como el reformador Solón, reconocidos por la forma en que conducían al pueblo.
[3] Sin dejar de anotar que, modernamente, el substrato filosófico de ciertas naciones del Oriente, tradicionalmente menos sustentado en lo deductivo-intelectivo que en lo sensitivo-contemplativo, ha cedido parte de esa virtualidad cósmica que innatamente ocupaba en el seno espiritual del individuo, para dar paso a un “metodismo de la idea” y, supremamente, a un culto exacerbado por la medición de todo acto humano, ambos originarios de Occidente. Y globalmente se ha venido imponiendo, con fuerza y velocidad inusitadas, un apego al vivir sobre la base de una consumación pragmática. Pero las ideas prevalecientes en Occidente, ésas que amenazan con atenazar al mundo, no son precisamente las nacidas en el lecho del espíritu. ¿Cómo podrían haber nacido en tal lecho esas Moiras que incitan al hombre a evadir su promesa de ser hombre? Las genuinas ideas de Occidente, aquellas que nacieron en el corazón y en el espíritu de sus hijos, viven errando entre catacumbas.
El primer fotograma ha sido tomado del film Clockwork Orange (Kubrik), los siguientes han sido tomados del film Baraka (Fricke), al igual que el video que reproducimos abajo.
Publicado previamente en: http://www.letralia.com/
http://es.geocities.com/revista_remolinos/
http://www.canasanta.com/
Baraka
http://www.youtube.com/watch?v=_Em7kb-v6R8
viernes 6 de julio de 2007
The White Goddess – La Diosa Blanca
Robert Graves, fragmento del prólogo de La Diosa Blanca (The White Goddess – A historical Grammar of Poetic Myth, 1948)
"¿Cuál es la utilidad o la función de la poesía en la actualidad?" es una pregunta no menos acerba porque la hagan con insolencia tantos estúpidos o la respondan con apologías tantos tontos. La función de la poesía es la invocación religiosa de la Musa; su utilidad es la mezcla de exaltación y de horror que su presencia suscita. ¿Pero "en la actualidad"? La función y utilidad siguen siendo las mismas; sólo la aplicación ha cambiado. Esta era en un tiempo una advertencia al hombre de que debía mantenerse en armonía con la familia de criaturas vivientes entre las cuales había nacido, mediante la obediencia a los deseos del ama de casa; ahora es un recordatorio de que no ha tenido en cuenta la advertencia, ha trastornado la casa con sus caprichosos experimentos en la filosofía, la ciencia y la industria, y se ha se arruinado a sí mismo y a su familia. La "actual" es una civilización en la que son deshonrados los símbolos los principales emblemas de la poesía. En la que la serpiente, el león y el águila
corresponden a la carpa de circo; el buey, el salmón y el jabalí a la fábrica de conservas; el caballo y el lebrel a las pistas de apuestas; y el bosquecillo sagrado al aserradero. En la que la Luna es menospreciada como un apagado satélite de la Tierra y la mujer considerada como "personal auxiliar del estado". En la que el dinero puede comprar casi todo menos la verdad y a casi todos menos al poeta poseído por la verdad.Digan, si quieren, que soy la zorra que ha perdido el rabo; no soy sirviente de nadie y he decidido vivir en las afueras de una aldea montañosa de Mallorca, católica pero anticlerical, donde la vida se rige todavía por el viejo ciclo agrícola. Sin mi rabo, o sea sin mi contacto con la civilización urbana, todo lo que escribo tiene que ser leído perversa o impertinentemente por aquellos de ustedes que están todavía engranados a la maquinaria industrial, ya sea directamente, en calidad de obreros, administradores, comerciantes o anunciantes, o ya sea indirectamente, en calidad de funcionarios públicos, editores, periodistas, maestros de escuela o empleados de una corporación de radiotelefonía. Si son poetas, se darán cuenta de que la aceptación de mis tesis histórica les compromete a una confesión de deslealtad que estarán poco dispuestos a hacer; eligieron sus tareas porque prometían proporcionarles un ingreso seguro y tiempo para prestar a la Diosa que adoran, un valioso servicio de media jornada. Preguntarán quién soy yo para advertirles que ella exige un servicio de jornada completa o ninguno absolutamente. ¿Y acaso les sugiero que renuncien a sus tareas y, por falta de capital suficiente, se establezcan como pequeños arrendatarios o se conviertan en pastores románticos –como hizo Don Quijote cuando no pudo ponerse de acuerdo con el mundo moderno- en remotas granjas mecanizadas? No, mi falta de rabo me impide hacer cualquier sugerencia práctica. Sólo me atrevo a hacer una exposición histórica del problema; no me interesa cómo se las arreglan con la Diosa. Ni siquiera sé si son serios en su profesión poética.
© Robert Graves, 1948
Las ediciones en español que conozco (y que, por fortuna, poseo) llevan un subtítulo diferente, aunque el traductor es el mismo, enmienda suya dada la distancia que media entre ambas ediciones. Son las siguientes:
- Graves, Robert. La Diosa Blanca, Gramática histórica del mito poético. Alianza Editorial S. A., Madrid, 1983
- Graves, Robert. La Diosa Blanca, Historia comparada del mito poético. Editorial Losada, S. A., Buenos Aires, 1961
The White Goddess
Created by Dylan Lewis and Don Searll, formed part of an exhibition on L'Ormerins wine estate in Franschhoek.

En la prisión, Francisco de Miranda - Memorial dirigido por el general Francisco Miranda a la audiencia de Caracas.
Nota introductoria: Al leer este memorial de nuestro muy querido y reverenciado Francisco de Miranda, no puedo dejar de pensar que nos encontramos (al menos, así me siento yo cada vez que lo leo) ante uno de los documentos más conmovedores y convincentes de esa fábula que nombramos país. Claro que Miranda no alcanzó a ver su suelo y sus gentes consumándose como nación. Pues ya en los albores de su nacimiento comenzaron a despuntar las infamias y degradaciones que, en el curso de las dos siguientes centurias, tan bien han caracterizado los más diversos intérpretes de nuestra hipotecada historia. Claro es, también, que las componendas de quienes, con ocultos fines, denodadamente se desviven por encarnar algún protagonismo o las de quienes se muestran inalterable y sumisamente solícitos para silenciosamente irse enroscando como víboras en el cetro del poder, datan de tiempos ancestrales. Los atavíos del poder siempre han desplegado un mágico encanto entre quienes se hallan fuera de sus entornos más íntimos. Tales atavíos son capaces de ensombrecer a la más límpida de las virtudes y de inducirle a transfigurar una perversidad en una elevación de espíritu, cuando -claro está- tal transfiguración se avenga a rendir algún beneficio sobre la humanidad del elegido. Raras son las individualidades que han señalado los lunares de la tribu. Y cuando lo han hecho, no pocas veces se les ha acallado, sentenciado y condenado a las penas más diversas. Miranda fue una de esas almas. Y es precisamente con este documento suyo con el que deseamos dar inicio a nuestro blog. Que haga las veces del guía, que tome el papel del visionario, de aquel que levanta la voz para hablar en nombre del hombre y no en nombre de patrañas tales como la de un ciego poder entronizado en el todopoderoso y acallador estado; de patrañas como
la de los fanatismos, vengan de donde vengan y vistan el atuendo que vistan. Ningún fanatismo ha de ser provechoso para el ser humano, pues los extremismos nos alejan de la silenciosa veracidad del corazón. Nuestro querido Miranda, quien tan pomposa y paradójicamente, es citado entre los círculos de nuestros politiqueros de oficio como el “Generalísimo”, es -acaso muy por encima de los motes ostentosos- nuestro más acabado ejemplo de mundial ciudadanía. Y de corazón espero que este memorial suyo de la hora traicionada más no doblegada, esta esclarecida demanda de quien ante todo fue un hombre de palabra, un caballero, de cara al abuso del poder y a la escondida inmundicia que se ampara bajo todo absolutismo, prolifere en toda hora y lugar; de corazón espero que sea desentrañado e interpretado más allá de nuestras tierras, que busque alojo en el pecho de todos -tanto de justos como de injustos-, pues en algo habrá de contribuir, en algo habrá de ayudarnos a ver, con mirada más prístina y menos engañosa, cuáles son los esenciales atributos de nuestra humana condición.lacl

En la prisión, Francisco de Miranda.
Memorial dirigido por el general Francisco Miranda a la audiencia de Caracas.
D. Francisco Miranda, natural de la ciudad de Caracas, con el debido respeto, a V. A. representa: Que después que por el largo espacio de cerca de ocho meses he guardado el silencio más profundo, sepultado en una oscura y estrecha prisión y oprimido con grillos: después que he visto correr la propia suerte a un número considerable de personas de todas clases y condiciones: después que ante mis propios ojos se han representado las escenas más trágicas y funestas: después que con un inalterable sufrimiento he sofocado los sentimientos de mi espíritu, y, finalmente, después que ya estoy convencido de que por un efecto lamentable de la más notoria infracción los pueblos de Venezuela gimen bajo el duro yugo de las más pesadas cadenas; parece es tiempo ya de que por el honor de la nación española, por la salud de estas provincias y por el crédito y responsabilidad que en ellas tengo empeñadas, tome la pluma en el único y preciso momento que se me ha permitido para reclamar ante la superior judicatura del país estos sagrados e incontestables derechos. Llenaría muchas páginas si fuese a ejecutarlo con la especificación de cuantos sucesos han ocurrido en esta ominosa época; así, sólo me contentaré con exponerlos breve y sucintamente, revestidos con los colores de la verdad y con la precisión que el asunto exige.
Acababan la capital de Caracas y algunas ciudades y pueblos del interior de experimentar la terrible catástrofe del terremoto del 26 de marzo del año próximo pasado, que sepultó entre ruinas y escombros más de diez mil habitantes, cuando, agitada la provincia y aterrados sus vecinos de un temor pánico con las frecuentes convulsiones de la naturaleza, buscaban en los montes y los campos un asilo que, aunque les preservaba su existencia de igual ruina, la exponía a los ardientes calores del sol, a la intemperie y a todos los desastres que son consecuentes, presentando a la humanidad el cuadro más lúgubre y sensible, de que no hay memoria en los fastos del continente colombiano. En estos mismos críticos momentos se internó en el país la expedición procedente de Coro, y aprovechándose de imprevistas circunstancias logró penetrar hasta esa ciudad de Valencia.
Son demasiado notorios los acontecimientos de esta campaña, que omito analizar; pero sí diré que conociendo Caracas el peligro inminente que corría entonces su seguridad, por un movimiento y acuerdo general y espontáneo de todas sus autoridades, y nombrado generalísimo de sus tropas y revestido de todas las facultades supremas que ellas ejercían y depositaron en mis manos, las desempeñé, me parece, con el honor y celo que estaban a mis alcances, poniendo en acción todos los resortes de mi actividad para la consecución de un feliz éxito; pero, sin embargo, de los ventajosos repetidos sucesos que obtuvieron nuestras armas en el puerto de Guayca y pueblo de la Victoria, como por otra parte estaba persuadido del calamitoso estado a que se hallaban reducidas la capital y puerto de La Guaira por la falta de víveres y por la incursión que rápidamente y al mismo tiempo hacían los esclavos de los valles y costas de Barlovento, estimulados con la oferta de su libertad que les hicieron nuestros enemigos, habiendo ya comenzado a acometer en Guatire y otros parajes los más horrendos asesinatos, me hicieron conocer la necesidad absoluta en que me hallaba de adoptar una medida que, cubriendo mi honor y responsabilidad, atajando tantos males trascendentales aun a los mismos que los fomentaban, restituyese a estos pueblos el sosiego y la tranquilidad, repararse en algún modo los desastres del terremoto y, en fin, reconciliase a los americanos y europeos, para que en lo sucesivo formasen una sociedad, una sola familia y un solo interés, dando Caracas al resto del continente un ejemplo de sus miras políticas y de que prefería una honrosa reconciliación a los azarosos movimientos de una guerra civil y desoladora.
Tan saludable idea fue aprobada y aplaudida por todos los principales vecinos de aquella ciudad, consultada con los europeos más juiciosos y sensatos y afianzada en razones de tal conveniencia, que a primera vista eran demostrables. Bajo tales auspicios promoví las primeras negociaciones con el jefe de la expedición de S. M. C.; envié a este objeto emisarios con las instrucciones competentes, y después de un corto armisticio, de algunas contestaciones y de sesgar cuantos obstáculos pudieron oponerse, se celebró por fin con los rehenes correspondientes y con cuantos ritos y formalidades prescribe el derecho general de la guerra, el tratado de capitulación que se manifestó por mí en Caracas, y después se imprimió y circuló en toda la provincia. Poco antes escribí a Cumaná y a Margarita, les participé mi resolución y los preparé a ratificar aquel contrato, que, en efecto, por mi recomendación y consejo sancionaron después ante los comisionados Jove y Ramírez.
En exacto cumplimiento de él se entregaron los pueblos al jefe español, deponen sus armas con prontitud y lealtad y se someten gustosos a un nuevo orden de cosas, que creyeron les produciría el sosiego y la tranquilidad; los más tímidos cobran vigor, y al leer la proclama del comandante general D. Domingo de Monteverde, de 3 de agosto, y la pastoral del M. R. Arzobispo, del 5, se apresuran todos a la regeneración del país y a una sólida pacificación, y nada falta para que la capitulación quede plena y satisfactoriamente cumplida por nuestra parte. ¡Con cuánto placer me lisonjeaba yo de haber llenado mis deberes con decoro e integridad, de haberme identificado con las benéficas intenciones de las Cortes generales de la nación española, de ver al jefe de la expedición fundar su allanamiento en la augusta mente de aquel gobierno legítimo y de observar a lo lejos un horizonte luminoso, cuyas luces vendrían al cabo a restablecer la paz y a unir recíprocamente los interés de ambos hemisferios!
Yo protesto a V. A. que jamás creí haber cumplido mis encargos con mayor satisfacción que cuando, en las desastrosas circunstancias que llevo referidas, ratifiqué con mi firma un tratado tan benéfico y análogo al bien general, estipulado con tanta solemnidad y sancionado con todos los requisitos que conoce el derecho de las gentes: tratado que iba a formar una época interesante en la historia venezolana: tratado que la Gran Bretaña vería igualmente con placer por las conveniencias que reportaba su aliada: tratado, en fin, que abriría a los españoles de ultramar un asilo seguro y permanente, aun cuando la lucha en que se hallan empeñados con la Francia terminase de cualquier modo. Tales fueron mis ideas, tales mis sentimientos y tales los firmes apoyos de esta pacificación que propuse, negocié y llevé a debido efecto.
Pero ¡cuál mi sorpresa y admiración al haber visto que a los dos días de restablecido en Caracas el gobierno español, y en los mismos momentos en que se proclamaba la inviolabilidad de la capitulación, se procedía a su infracción, atropellándose y conduciéndose a las cárceles a varias personas arrestadas por arbitrariedad o por siniestros o torcidos fines! Estos primeros excesos, cometidos contra la seguridad común y contra el pacto celebrado, agitaron las pasiones de los que sólo buscaban un apoyo para desahogarlas; se multiplican las denunciaciones, se califican por delitos de Estado opiniones políticas sostenidas antes y olvidadas por virtud de aquel contrato; y, en fin, enlazándose crímenes, se abren las listas de una proscripción casi general, que redujo a luto, llanto y desolación a los infelices habitantes que, habiéndose librado de los estragos del terremoto, se entregaron con generosidad y confianza a las seguridades y garantías tantas veces ratificadas.
Para estos procedimientos se pretextan nuevas conspiraciones, proyectos de revolución, juntas subversivas, y se movieron cuantos resortes estaban al alcance de la malicia; los arrestos se repetían y cada día era marcado con la prisión de diferentes personas. Todas estas víctimas fueron conducidas al puerto de La Guaira: unos, montados en bestias de carga con albarda, atados de pies y manos; otros, arrastrados a pie, y todos amenazados, ultrajados y expuestos a las vejaciones de los que los escoltaban, privados hasta de ejercer en el tránsito las funciones de la naturaleza, presentaban a la faz de los espectadores el objeto más digno de compasión y de interés.
Yo vi entonces con espanto repetirse en Venezuela las mismas escenas de que mis ojos fueron testigos en la Francia: vi llegar a La Guaira recuas de hombres de los más ilustres y distinguidos estados, clases y condiciones, tratados como unos facinerosos; los vi sepultar junto conmigo en aquellas horribles mazmorras; vi la venerable ancianidad, vi la tierna pubertad, al rico, al pobre, al menestral, en fin, al propio sacerdocio, reducidos a grillos y a cadenas y condenados a respirar un aire mefítico que, extinguiendo la luz artificial, inficionaba la sangre y preparaba a una muerte inevitable: yo vi, por último, sacrificados a esta crueldad ciudadanos distinguidos por su probidad y talento, y perecer casi repentinamente en aquellas mazmorras no sólo privados de los auxilios que la humanidad dicta para el alivio corporal, sino expirar en los brazos de sus socios, destituídos aun de los socorros espirituales que prescribe nuestra santa religión, hombres que estoy seguro hubieran perecido mil veces con las armas en la mano cuando capitularon generosamente antes que someterse a semejantes ultrajes y tratamientos.
En medio de este tropel de sucesos harto públicos, se promulga en Caracas la sabia y liberal Constitución que las Cortes generales sancionaron el 19 de marzo del año último: monumento tanto más glorioso y honorífico para los dignos representantes que lo dictaron, como que él iba a ser el iris de la paz, el áncora de la libertad y el primero pero el más importante paso que jamás había dado la metrópoli en beneficio del continente americano. Creían los venezolanos que al abrigo y protección de este precioso escudo todo terminaría, que las prisiones se relajarían, que se restablecería el sosiego y la mutua confianza y que un nuevo orden de cosas, un sistema tan franco y liberal, aseguraría perpetuamente sus vidas y sus propiedades.
Mas, ¡quién lo creería! En los actos mismos en que se juraba en los altares ante el Ser Eterno su inviolable observancia, se ejecutan nuevas prisiones del mismo modo que las anteriores, se continúan incesantemente por muchos días, y se llenan de presos las bóvedas de La Guaira y las cárceles de Caracas hasta el extraordinario número de mil quinientas personas, según estoy informado. Tales reveses no se limitaron sólo a esta provincia; Cumaná, Barcelona y Margarita, bajo los auspicios de la capitulación y a la sombra de magistrados rectos e imparciales, gozaban de una paz profunda, de una calma imperturbable, y de todos los bienes y felicidades que les atrajo el exacto cumplimiento de la capitulación y de aquel solemne pacto. De repente, se les presenta un comisionado de la capital, y a despecho de los jefes de aquellos partidos y con vilipendio de la buena fe, son arrestadas, embarcadas con prisiones, y sepultadas en las bóvedas de La Guaira y Puerto Cabello infinitas personas de todas clases y jerarquías, sin perdonar las respetables canas de la edad octogenaria, ni el venerable carácter del sacerdocio.
Vea, pues, aquí V. A. bosquejado el triste cuadro que presenta toda Venezuela en el día, y prescindiendo de cuantos acontecimientos han sido consecuentes, y que por mi situación no han llegado a mi noticia, me ceñiré sólo a inquirir si el estado de desolación y de conflicto general, en que se hallan estos habitantes es, o puede ser conforme en lo más mínimo a las benéficas intenciones de la Península. ¿El interés de ella es por ventura sembrar entre la América y la metrópoli las ruinas de un odio eterno y de una perpetua irreconciliación? ¿Es acaso la destrucción de los naturales del país, de sus hogares, familias y propiedades? ¿Es, a lo menos, obligarlos a vivir encorvados bajo un yugo mucho más pesado que el que arrastraban en tiempo del favorito Godoy? ¿Es, por último, que esta augusta, esta santa Constitución sea sólo un lazo tendido para enredar en él a la buena fe y a la lealtad?
Lejos de nosotros unas hipótesis tan degradantes e indecorosas al carácter, crédito e intenciones de la España. La representación nacional, muy distante de aplicar estas máximas, ha manifestado sus ideas diametralmente opuestas a cuanto se está efectuando en Venezuela. Ella ha invitado con la paz a la América; y Caracas, después de haberla estipulado, es tratada por bárbaros en que no se respetaba el derecho de las gentes como una plaza tomada por asalto en aquellos tiempos. Ella manda sepultar en un perpetuo olvido cuanto hubiese sucedido indebidamente en las provincias disidentes; y a los venezolanos se les atropella, arresta y enjuicia aún por opiniones meramente políticas, que ya estaban admitidas por bases de la nueva Constitución. Ella, en fin, toma un interés decidido por la reconciliación de la América, la llama, la convoca, la incorpora en la gran masa de la nación, la declara igual en derechos, en representación y en un todo a la Península, y le hace el bello presente de unas leyes constitutivas las más sabias y liberales que jamás adoptó la España; y Venezuela es declarada de hecho proscrita y condenada a una degradación civil y absoluta de estas inestimables prerrogativas; y lejos de disfrutar la igualdad que se le ofrece, es casi tenido por delito de Estado el haber nacido en este Continente.
La notoria autenticidad de estos hechos excluye toda prueba que los ratifique. No puede, pues, dudarse un momento que la capitulación ha sido pública y evidentemente violada: que ella debía ser observada con religiosidad por el interés de la España, por el bien del país, y en fuerza de la buena fe, su único garante: que aquel garante, en el concepto y opinión de todos los pueblos, en la inconcusa y no interrumpida práctica de todas las naciones civilizadas, y en la doctrina generalmente recibida de todos los pueblos clásicos, así extranjeros como regnícolas, es y debe ser válido, firme y subsistente. Que la Constitución que proscribe las cárceles insalubres y no ventiladas y toda especie de apremios, ha sido infringida en uno de sus principales fundamentos; que la suerte de tantos honrados ciudadanos que se ven hoy sepultados en bóvedas y oscuras mazmorras, no está de ningún modo asegurada, como debía estarlo en virtud de estos irrefutables documentos, sino que por el contrario se ve expuesta a todos los desastres que dictan las pasiones agitadas y tumultuarias; y por último, que el estado actual de estas provincias es la consecuencia inevitable de unos principios tan viciosos y opresores.
En tan críticas circunstancias, yo reclamo el imperio de la ley, invoco el juicio imparcial del mundo entero, y sobre todo me acojo respetuosamente a la autoridad de V. A., en cuyas manos reside exclusiva y constitucionalmente el superior poder judicial de este distrito, que es el órgano de las leyes y el instrumento de su aplicación: a V. A., repito, dirijo mis clamores por la primera vez en defensa de los habitantes de Venezuela, que no hayan dado motivo posterior a la capitulación para que se les trate como criminales. Así lo exige la rigurosa justicia, mi propio honor, comprometido altamente para con ellos en favor de su seguridad y libertad: lo enseña la sabia política, lo prescribe la sana moral y lo dicta la razón. De otra suerte aparecería yo el ente más despreciable a la vista de todo el universo que, juzgando imparcialmente de estas materias, me creería indigno de toda consideración por haber prestado una tácita deferencia a las repetidas infracciones que se han cometido y se están cometiendo, no sólo del solemne tratado celebrado entre mi y el comandante general de las tropas españolas, sino, lo que es más, de las leyes o decretos de las Cortes generales de la nación, de 15 de octubre y 30 de noviembre de 1810, ya citados, y de la Constitución publicada, jurada, circulada y mandada observar en estas provincias, que por sí sola me autoriza para reclamar su inviolable cumplimiento.
Con este objeto, pues, me presento a mi nombre y el de todos los habitantes de Venezuela por la vía que me permite mi situación oprimida, y en la forma que mejor haya lugar en derecho, haciendo la más vigorosa reclamación sobre las indicadas infracciones, y protestando cuanto de protestar sea, como y contra quien corresponda, todos los daños, perjuicios, atrasos y menoscabos que se han seguido y siguieren a cada uno de los presos en particular, y a todos en general, y elevar mis quejas hasta el trono augusto de la nación, a donde, si fuere necesario, pasaré yo mismo en persona a vindicar los ultrajes y agravios que hemos recibido. Suplico a V. A. se sirva, en mérito de lo expuesto y en uso de sus superiores facultades, mandar que se ponga en libertad inmediatamente a todos los que se hallan en prisión con este motivo, sin haberlo dado posteriormente a la capitulación celebrada por mí y por el comandante general de las tropas españolas, declarando que no ha habido causa para semejante procedimiento, y que en lo sucesivo no puedan ser molestados, ni perturbados en el goce de los derechos que respectivamente les concede la Constitución: y disponiendo se me comuniquen las resultas de esta reclamación para mi conocimiento y a los demás fines necesarios; y si por las circunstancias en que quizá podrán estar las cosas pareciese indispensable que afiancemos nuestra seguridad y conducta mientras varían, yo desde luego ofrezco dar a V. A. las cauciones que se pidan por mí, y por todos aquellos infelices que por sí no tengan quien los garantice. De esta suerte, creo, se cumple con la ley, se precaven los riesgos, se reparan en parte los males y perjuicios recibidos, se protege la inocencia, se castiga la culpa, y sobre todo, dará V. A. a los pueblos de Venezuela y al mundo entero un público testimonio de su imparcialidad y del carácter con que se halla revestida.
Bóvedas del Castillo de Puerto Cabello,
a 8 de marzo de 1813.
M. P. S.
FRANCISCO DE MIRANDA.
La primera imagen de Miranda data de 1806 y es de autor desconocido; la segunda, de Johann Rugendas, representa la llegada de Miranda a Caracas en 1.810. La tercera es acaso una de las más impactantes representaciones de Miranda, el genial lienzo de Arturo Michelena imaginando sus horas de reclusión en La Carraca, mazmorra española a la que fue convicto hasta el día de su muerte, en 1816.




